El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
– ¡Es lo más extraño con lo que podía esperar encontrarse, y aun así ha salido intacto! -Dio un manotazo al fajo de notas-. Bien, doctor, ha logrado usted que aumente mi apreciación del caso. Supongo que eso será para usted una prueba de su valor científico. Pero ahora ¿qué es lo indicado? ¿Cómo tratamos la afección y no solo el síntoma?
Weber hizo una mueca.
– Me temo que no conozco la diferencia. En la literatura médica no hay estudios de tratamiento sistemático. Los orígenes psiquiátricos ya son bastante raros. Los casos inducidos por un trauma son casi de ficción. Si quiere saber qué opino…
El neurólogo le mostró las palmas: no ocultaban ningún utensilio cortante.
– En medicina no hay territorios particulares, como bien sabe.
Si Weber sabía algo tras una vida entera de investigación era precisamente lo contrario.
– Yo recomendaría una terapia cognitiva conductual intensiva y persistente. Es un enfoque conservador, pero vale la pena adoptarlo. Déjeme que le muestre un artículo reciente.
Hayes enarcó una ceja.
– Supongo… supongo que incluso podríamos lograr una mejoría espontánea.
Weber contraatacó.
– Eso ha ocurrido. En la terapia cognitiva conductual hay antecedentes de delirios. Cuando menos, puede ayudar en el tratamiento de la ira y la paranoia.
Hayes irradiaba un sano escepticismo. Pero la primera regla de la medicina era hacer algo. Había que actuar, al margen de que fuese útil o no, intrascendente o improbable. Hayes se puso en pie y le tendió la mano a Weber.
– Con mucho gusto lo transferiré al departamento de psicología. Y esperaré con ilusión su obra. No se olvide de escribir mi apellido con una «e».
Solo quedaba despedirse. Cuando Weber llegó a Dedham Glen, Mark ya había recibido la terapia física de la tarde. Karin estaba presente, por lo que el doctor podría despedirse de ambos. Los vio desde lejos, delante del edificio: Karin tendida en la hierba, a cincuenta metros de distancia de su hermano, como una canguro en cuarentena, mientras que Mark se sentaba en un banco metálico bajo un álamo de Virginia, junto a una mujer a la que Weber reconoció al instante sin que la hubiera visto nunca en persona. Bonnie Travis llevaba una blusa azul celeste sin mangas y una falda tejana. Mark se había quitado el gorro de lana y ella le estaba poniendo una guirnalda de dientes de león entrelazados alrededor de la cabeza. Le colocó una ramita en las manos, un cetro de Zeus de jardín. Mark se lo estaba pasando en grande. Miraron a Weber cuando este se les acercaba por el césped, y Bonnie sonrió de una manera solo posible en un estado con menos de catorce habitantes por kilómetro cuadrado.
– ¡Vaya! Le conozco. Tiene el mismo aspecto que en su fotografía.
– Tú también -respondió Weber.
Mark se partió de risa. Si no se hubiera agarrado a Bonnie, se habría caído del banco.
– ¿Qué? -rogó Bonnie, sumándose a la risa-. ¿Qué he dicho?
– Los dos estáis chalados -dijo Mark, amenazándoles con el cetro.
– Explícate, Markie.
– Bueno, en primer lugar, una foto es plana y tiene este tamaño.
Bonnie Travis se desternilló de risa. Weber cayó en la cuenta de que habían estado tomando algún estimulante antes de su llegada, aunque no notaba ningún olor. Karin se puso en pie y fue al encuentro de Weber, la sospecha reflejada en su rostro.
– Es eso, ¿verdad?
Mark se tambaleó.
– ¿Qué pasa? ¿La ha desenmascarado? ¿Va a detenerla?
Weber se dirigió a Karin.
– He hablado con el doctor Hayes. Te enviará a terapia cognitiva conductual intensiva, tal como hablamos.
– ¿Va a hacer que la encierren? -Mark asió el antebrazo de Bonnie-. ¿Lo ve? ¿Qué le decía yo? Usted no me creía. Esta mujer tiene un problema.
– Estará implicada en el proceso -le dijo Weber a Karin, una promesa que no podía ser más débil.
Karin le interrogó con la mirada.
– ¿No va a volver?
Él adoptó la expresión de amistoso respeto que le había valido la confianza de centenares de personas alteradas, ansiosas, la tranquilidad que la noche anterior había perdido.
– ¿Se marcha? -le preguntó Bonnie haciendo un mohín. En realidad, no se parecía nada a su imagen en la foto-. Pero si acaba de llegar.
Mark se irguió bruscamente.
– Espere. No, loquero, no se vaya. ¡Se lo prohíbo! -Señaló a Weber con su tridente imperial-. Dijo que me sacaría de este tugurio. ¿Quién me sacará de aquí si usted no lo hace? -Weber arqueó las cejas, pero no respondió-. ¡Escuche! He de volver a casa. Ese empleo es lo único bueno que he tenido jamás. Si sigo más tiempo aquí, me darán una patada en el culo.
Karin se dio unas palmaditas en las sienes.
– Ya hemos hablado de esto, Mark. Estás incapacitado. Si los médicos consideran que necesitas más terapia, el seguro de la empresa…
– Lo que necesito no es terapia, sino trabajo. Quiero que los médicos me dejen en paz de una vez. No lo digo por usted, loquero. Usted, por lo menos, tiene la cabeza en su sitio.
Mark había aceptado a Weber tan espontáneamente como había rechazado a su hermana. Nada que Weber hubiera hecho merecía semejante confianza.
– Sigue ejercitándote, Mark. -El sonido de sus propias palabras hizo estremecerse a Weber-. Muy pronto estarás en casa.
Mark desvió la vista, abatido. Bonnie se inclinó hacia él y lo rodeó con un brazo. El emitió un sonido que evocaba a un perrito faldero.
– ¡Devolverme a ella! Y después de que he demostrado…
– Disculpa -le cortó Weber-. Antes de irme debo tratar unos asuntos con el personal.
Regresó al edificio, cuyo vestíbulo parecía la línea de partida de una carrera de sillas de ruedas. Weber se acercó al mostrador y preguntó por Barbara Gillespie. La aceleración de su pulso revelaba una vaga sensación de culpabilidad. La recepcionista llamó a Barbara por megafonía. La mujer se presentó y, al ver a Weber, pareció inquieta. En sus ojos había aquella expresión de alerta verde: márchate ya. Trató de adoptar una actitud desenfadada.
– Vaya, si está aquí la autoridad médica.
Él descubrió que deseaba responder con otra broma, así que no lo hizo.
– He estado hablando con el departamento de neurología del Buen Samaritano.
– ¿Ah, sí?
Su tono se volvió profesional de inmediato. De alguna manera sabía lo que Weber andaba buscando.
– Han aceptado someterle a TCC, y quisiera pedirle su ayuda. Usted tiene una relación tan buena con Mark… Es evidente que él la adora.
Ella se mostró cauta.
– ¿TCC?
– Perdone. Terapia cognitiva conductual. -Era extraño que ella no lo supiese-. ¿Le interesaría?
Barbara sonrió a pesar de sí misma.
– Algunos días, sí, desde luego.
Él se rió discretamente.
– Estoy de acuerdo con usted. Con frecuencia, yo…
Ella asintió. Le entendía a la primera sin necesidad de que le diera explicaciones. Él volvió a pensar en lo absurda que era su categoría laboral. Sin embargo, ella era excepcional en su trabajo. ¿Quién era él para promoverla más allá de su vocación? Hubo un momento de nerviosismo compartido, ambos buscando el detalle final y olvidado. Pero ese detalle no existía, y él no iba a inventarlo.
– Bien, entonces, gracias y cuídese -le dijo ella.
Las palabras eran irremediablemente del Medio Oeste, pero su voz era tan de la costa…
Él se apresuró a decirle:
– ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿Ha leído, por casualidad, algo mío?
Ella miró a su alrededor, en busca de apoyo.
– Vaya. ¿Es esto un examen?
Weber retrocedió.
– Por supuesto que no.
– Porque si lo es, primero tendría que estudiar.
Él se excusó con un gesto de la mano, musitó su agradecimiento y se encaminó a la salida. Imaginó la mirada de ella fija en su espalda mientras se alejaba, y tuvo una sensación que no solía experimentar, la de que había echado algo a perder. La náusea de la mañana le siguió a lo largo del camino.