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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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Uno tras otro nos adelantamos a dar los azotes y oímos gritar a la mujer hasta que perdió el conocimiento. Cuando hice restallar el látigo por quinta vez tenía la espalda completamente ensangrentada. Por el amor de Dios -si es que existía-, al menos me quedaba la esperanza de que alguno de los otros supiera hacer su emplasto.

Salta a la vista que yo no estaba a gusto en el sitio al que había ido a parar. Empecé por ir metiéndome en casa del arcipreste que, comparado con los demás, era de naturaleza más comprensiva. De este modo se dio cuenta con un punto de complacencia que yo tenía cierto talento para los idiomas, y que sabía garabatear con una caligrafía bastante legible. No me nombró nunca criado de la casa, pero a veces me sacaba del campo de caña de azúcar para copiar o pasar a limpio algún escrito. Me acuerdo todavía de una carta de la misión sobre un esclavo recién bautizado. En la carta, éste agradecía su salvación y pedía disculpas por no escribir la carta él mismo, cosa que no era de extrañar, ya que no tenía manos ni pies. Se los habían cortado por haberse escapado con los cimarrones.

¡Qué pedazo de imbécil!

Mi primer pensamiento fue sencillo: escaparme con un arma en la mano, robar una embarcación y salir de allí. Me hice imprescindible en todo un poco, pero los encargos siempre recaían en algún negro al que daban un salvoconducto que le autorizaba a transitar los caminos cuando era preciso ir a buscar víveres. Hay que decir en favor de los curas que engañarlos no era tan fácil como se pudiera pensar, al menos en lo tocante a tratar con cuidado a la gente como yo.

No había nada que hacer aparte de confiar en la Providencia, es decir, en mí mismo. Una vez más avivé con mi atizador el fuego del odio de los indígenas y bien pronto estuvieron al rojo vivo, dicho sea con perdón. Tal como corresponde en estas ocasiones, les prometí el oro y el moro y a las dos semanas estaban literalmente que echaban chispas, porque yo incendié la vivienda de los curas.

Mientras los hombres de sotanas negras corrían arriba y abajo como gallinas enloquecidas, olvidadas todas las oraciones, me hice con sus armas en la capilla. Me reservé tres pistolas y el resto las repartí entre los negros. No era gran cosa, porque la mayoría no sabía ni cómo se cargaban. Para dar más ímpetu a la situación derribé a uno de los curas de un tiro certero. No sé quién era, y tampoco importa mucho, pero surtió efecto porque los demás interrumpieron su afán por apagar el fuego y corrieron a la capilla como si el incendio estuviera allí.

Oímos sus descorazonados gritos cuando descubrieron que la armería de la capilla había sido tomada y después el silencio que se hizo cuando pensaron de qué manera les iba a ayudar Dios a salir de aquel atolladero. La vivienda quedó destruida rápidamente; las sombras de las llamas se proyectaban sobre la capilla. Les dije a los míos que disparasen en cuanto atisbaran cualquier sotana, y que yo me iría a la parte de atrás para ver lo que podía hacer. Si algo saliera mal, añadí, correríamos a las montañas, porque después de aquello nos colgarían. Me ofrecí sin embargo a que hicieran creer a los curas que todo aquello había sido idea mía. «De eso ni hablar», dijeron los negros: si hacía falta se echarían al monte.

Me despedí de ellos con un punto de solemnidad que siempre quedaba bien, por si acaso nos volvíamos a ver, y me dirigí sigilosamente hacia la capilla. Cuando miré al interior a través de los ventanucos de la parte posterior, vi a uno de los curas de rodillas, rezando, por si acaso, mientras los demás celebraban un consejo. Probablemente decidieron que Holt fuera en busca de ayuda, porque se dirigió a la puerta de la capilla, la abrió con cuidado y se encontró con tres tiros que dieron contra el muro. Holt cerró de un portazo atronador; me di cuenta de que estaba muerto de miedo. Ahora que no tenía ni al látigo ni a Dios de su parte se le habían bajado los humos.

– Estamos perdidos -gritó-. Nunca podremos salir de aquí a buscar ayuda.

«Muy cierto», pensé: estaban prisioneros como ratas, porque la capilla sólo tenía una salida.

– ¡Eh, los de ahí dentro! -grité. Todos, incluso el cura que estaba rezando, dieron un respingo-. Soy John Silver.

Desde luego, este anuncio no tranquilizó a Holt.

– He podido escaparme de los malditos negros -dije-. Se les ha metido en la cabeza que van a matar a cualquier blanco que se les ponga a la vista. Puedo ir en busca de ayuda.

– ¿Seguro? -preguntó Martin.

– Sí. Por aquí no hay nadie. Los negros están en la puerta de la capilla, pero son tontos como gallinas. No entienden que podrían matarles a todos a través de los ventanucos. Sólo esperan a que salgan. No es difícil pasar por detrás de ellos, confíen en mí. Denme un salvoconducto para que me crean y me iré corriendo tan deprisa como me lleven las piernas, tan cierto como que me llamo John Silver.

Martin y sus compadres dudaron, claro está, sobre todo por las murmuraciones de Holt, que seguramente no me beneficiaban.

– Dense prisa -bramé con insistencia-. No tienen toda la noche si quieren ver de nuevo la luz del día.

Después pensé que tal vez aquél no fuera el mejor motivo para convencer a tipos como aquéllos, que no en vano tenían el futuro asegurado en el Cielo. Al cabo, Martin garabateó en un papel las codiciadas palabras.

– Si nos ayudas, Silver, te quedaremos eternamente agradecidos. Todos por ti rogaremos.

– Háganlo -contesté alegremente mientras agarraba el papel-. Hablen bien de mí en los cielos, que eso nunca va mal. En fin, ahora me voy. Están en buenas manos, hermanos.

Me retiré, aunque todavía no había terminado con ellos. Esperé un instante, volví al ventanuco y los vi a todos de rodillas, rezando como condenados. Apunté a Holt a la cabeza, disparé y me largué con el griterío de terror y el estruendo de los tiros disparados al azar por los negros.

Por fin, pensé cuando el fragor empezó a perderse a mis espaldas, podía sentirme contento conmigo mismo. No porque hubiera liberado al mundo de Holt, yo no era tan idiota, pues siempre habría otros dispuestos a pasar por la quilla al más pintado, igual que un capitán muerto por la clemencia infernal de Dios, que siempre era sustituido por otro antes de que te dieras cuenta; tampoco porque le hubiera dado a Holt su merecido castigo por todos sus latigazos, pues -¿quién sabe?- quizá ya lo hubieran acogido en el Cielo y en ese caso, ¿valía la pena mi castigo?; menos aún porque yo les hubiera dado a los curas una noche de insomnio haciéndoles creer que, a pesar de todo, los negros no eran tan lerdos como las gallinas. No, si estaba contento era porque les había tomado el pelo a todos, tanto a los negros como a los curas, en beneficio propio, de modo que era libre de nuevo, por primera vez desde hacía más de un año.

Con mi salvoconducto, me dirigí con prudencia hacia Charlotte Amalia en una noche cálida y estrellada, al arrullo de la apacible canción de las chicharras y el maldito zumbido de los mosquitos. Todavía estaba oscuro como la boca del lobo cuando llegué y esquivé a los guardianes del fuerte sin problemas. En el muelle había una yola perteneciente a alguno de los barcos mercantes fondeados. Me apropié del bote y, con las linternas de las anclas del barco como punto de referencia, pude pasar inadvertido hasta ganar el golfo y poner rumbo al este.

Que nadie piense que fue fácil recorrer yo solo cuatrocientas millas marinas en un barco descubierto, si bien saqué provecho de todo lo que Dunn nos había enseñado. Saber remontar una ola era imprescindible, porque en aquella época del año era cuando soplaban con más fuerza los alisios. Tan pronto dejé las islas que me abrigaban, me encontré con una fuerte marejada, con olas pesadas y estruendosas, coronadas de constantes crestas blancas. Tuve que guiar la yola con una mano y achicar el agua con la otra durante más de un día hasta que conseguí meterme en una bahía donde pude echar el ancla y dormir.

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