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Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
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—Sería muy ingenioso, Phil. Pero no.

—Pero afirmas que los futbolistas tienen que ser tontos.

—No, solo digo que puede serles de ayuda.

—¿Por qué?

—Piénsalo. Estás jugando al tenis; ¿cuál es la jugada que por lo visto confunde a todo el mundo? La que consigue que incluso los profesionales hagan el ridículo de vez en cuando. En este último Wimbledon ocurrió al menos una vez.

—Habríamos encontrado la fuente de la aparente estupidez de los futbolistas, si en esa situación creyeran estar jugando al fútbol; pero por lo visto nos hemos pasado al tenis.

—Tener una única red en el centro en lugar de dos en cada extremo podría dar lugar a confusiones, pero no me refería a eso. A ver si me sigues, Phil. En el tenis, ¿qué jugada parece la más sencilla pero aun así la gente se equivoca? Venga, piensa. La buena gente del mundo de la radio confía en ti.

—Ah. Un smash alto, cuando la pelota sale disparada hacia el cielo y parece que tengas que esperar media hora junto a la red a que caiga.

—Exacto. ¿Y por qué la gente falla cuando parece tan fácil?

—¿Porque juegan mal?

—Ya hemos quedado en que incluso los mejores jugadores del mundo la fallan, de modo que no, no es por eso.

Phil se encogió de hombros. Yo gesticulaba con una mano por encima de la mesa, como si intentara atraer a mi nariz el aroma de un plato de comida. A veces ensayábamos un poco estas situaciones, otras veces no, y simplemente le dejaba caer las cosas y confiaba en la suerte y en el hecho de que a estas alturas ya nos conocíamos bastante bien. Phil asintió.

—Tienen demasiado tiempo para pensar.

—Exactamente, Phil. Como la mayoría de los deportes, el tenis es un juego de movimientos veloces, reacciones rápidas y una buena coordinación entre la vista y las manos; bueno, en el caso del fútbol sería coordinación vista-pies, pero captas la idea, y la gente a menudo juega mejor cuando no tiene tiempo de pensar. Pensar el servicio se vuelve en contra de tipos como Sampras o Rusedski. Ocurre lo mismo en el criquet; los científicos coinciden en que no debería ser posible que el bateador golpee la pelota porque no pasa suficiente tiempo entre que un buen lanzador la tira y la bola alcanza el bate. Desde luego, un bateador como Dios manda habrá interpretado primero el lenguaje corporal del lanzador. Lo mismo vale para un tenista al que se le da bien devolver los lanzamientos potentes; sabe adónde irá la pelota antes de que le lancen el servicio. La cuestión es que todo ocurre demasiado deprisa para que el cerebro participe; no hay tiempo para pensar, solo para reaccionar. ¿Estamos?

—Ajá.

—Ahora el fútbol.

—Bien, volvemos al tema.

—En el fútbol a menudo tienes mucho tiempo para pensar. Otras veces no, claro: llega una pelota volando, levantas la pierna, le das a la primera y se aleja, y ya estás corriendo hacia la banda con la camiseta por encima de la cabeza y los brazos en cruz. Pero si estás en una escapada, recibes la pelota en el medio campo, solo tienes que batir a un defensa y no hay ningún compañero de apoyo, te encuentras con lo que parece muchísimo rato para correr y pensar, y desde luego no estoy acusando a los futbolistas de ser incapaces de hacer ambas cosas a un tiempo. Así que bates al defensa; ya solo falta el portero y vuelves a tener tiempo de pensar. Y ahí es cuando ves a algunos tipos, incluso entre la elite, que se hacen un lío porque han tenido demasiado tiempo para pensar. Todo su córtex frontal o lo que sea ha tenido tiempo de plantearse: Hum, bueno, podríamos hacerlo así o asá o del otro modo. Pero para entonces ya es demasiado tarde porque el portero se ha adelantado y le lanzas la pelota directa a las manos o a las ovaciones irónicas de los aficionados del equipo contrario o has optado por un globo y titubeas y el portero ha tenido tiempo de lanzarse a tus pies y robarte el balón. Esto les ocurre a jugadores profesionales, muy bien pagados y de gran calidad, y en cierto sentido no es ningún deshonor, es solo que son humanos. Sin embargo, si nos fijamos en un jugador particularmente espeso…

—Vas a meterte otra vez con el pobre Gascoigne, te veo venir.

—Hombre, venga ya; el tío es tan burro que no podría fingir que toca la flauta con los dedos sin liarse. Pero sí: Gazza es el mejor ejemplo. Es, bueno, era un gran futbolista con mucho talento pero de inteligencia tan limitada que ni siquiera en todos esos segundos de carrera hacia el portero le daba tiempo de pensar. O si estaba pensando, pensaba más o menos: Guau, tío, qué buena está la churri esa de detrás de la portería. Y ahí radica la diferencia; cuanto más tiempo te mantengas sin pensar, mejor futbolista serás.

Phil abrió la boca para hablar, pero añadí:

—Eso explica además por qué el billar y el golf son tan diferentes, son juegos de concentración y temple, no de habilidad para reaccionar.

Phil se rascó la cabeza. Apreté el botón de efectos especiales correspondiente.

—Bueno, un buen sermón de resumen —dijo. Yo ya había metido la siguiente pista, con la intro baja. Faltaban quince segundos para que empezaran a cantar—. Hemos empezado por el fútbol, nos hemos desviado hacia el tenis, luego hemos tocado el criquet y finalmente hemos retomado el bello deporte del… pero en el último minuto hemos virado bruscamente hacia el golf y el billar. Menudo lío.

—¿Tú crees? —Miré el segundero.

—Sí.

—Pareces un poco tonto. ¿Has pensado en hacerte futbolista profesional?

—¿De modo que es definitivo? —preguntó Debbie.

—Sí —respondió Phil.

—¿Hasta qué punto?

—Bueno, hasta el punto definitivo —dijo Phil con torpeza.

—Sí, pero ¿cómo de definitivo? ¿Bastante definitivo? ¿Muy definitivo? ¿Absolutamente ciento por ciento definitivo?

—Bueno, no, no es tan definitivo —concedió Phil.

—Por Dios, creía que este constante ir y venir de luz verde y parones solo ocurría en el cine. No es más que un programa de la tele, joder, no la trilogía del Señor de los Putos Anillos —dije.

—Es delicado —contestó Phil.

—Como mi cabeza un sábado por la mañana —murmuré—, y no monto tanto lío.

El nuevo despacho temporal de Debbie estaba casi tan abajo como el nuestro. Eché un vistazo a las baldosas blancas del patio de luces. Parecía que fuese a llover pero no estaba claro. Era viernes; la grabación de Última hora estaba programada para el lunes. Otra vez. Mi gran enfrentamiento con el asqueroso que negaba el Holocausto, Larson Brogley o no sé qué, volvía a estar en marcha. De hecho llevaban ya un mes sin cancelar la cita, con lo que probablemente se había establecido algún récord. Era posible que llegara a celebrarse. Estaba nervioso.

Pues claro que estoy nervioso, pensé, mientras la directora de la emisora y el productor seguían discutiendo acerca de hasta qué punto era definitivo como un par de obispos tratando de establecer cuántos ángeles pueden bailar en la punta de una aguja. A ellos ya les iba bien; pensaban que el único peligro era que me pusiera en ridículo o que desacreditara a la emisora y, por extensión, a sir Jamie; no tenían ni idea de lo que planeaba (si la hubiesen tenido, se habrían horrorizado, claro, y habrían tratado de disuadirme —y quizá habrían advertido al equipo de producción de Última hora— o habrían cancelado el acuerdo y habrían amenazado con despedirme si insistía en seguir adelante sin su beneplácito. Es lo que yo haría de encontrarme en una situación similar… es decir, si el talento en cuestión hubiese sido tan tonto como para contarme lo que pensaba hacer).

Típico; normalmente estas oportunidades televisivas se presentaban y ocurrían a gran velocidad. Si hubiese tenido mi brillante pero peligrosa idea para cualquier otra aparición o incluso propuesta de aparición, todo habría terminado ya meses atrás y haría mucho que estaría cargando con las consecuencias, cualesquiera que hubieran sido. Por razones varias, pero, sobre todo, debido al 11 de septiembre, esta aparición se iba posponiendo y me estaban dando tiempo de sobra para macerar la idea.

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