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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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—Fedder sugería que nosotros debíamos abrir la mina de Saint Larston.

Johnny me estaba mirando; vi cólera en su rostro y me sorprendió un poco que le importase tanto. Entonces oí su voz, que parecía estrangulada de furia.

—Supongo que le habrás dicho que no haríamos tal cosa.

—No me atrae la idea de que una mina funcione tan cerca de la casa —replicó Justin.

—Claro que no —rió Johnny, un tanto inquieto.

—¿Qué pasa? —inquirió mi suegra.

—Hablábamos de la mina, madre —repuso Justin. —Ay, cielos —suspiró ella—. Haggety, un poco más de borgoña.

Aquella cena parecía interminable. Pero por fin dejamos a Johnny y Justin con su oporto. Yendo a la sala, busqué una excusa para subir e ir derecho al cuarto de Fanny.

Me detuve unos segundos afuera, escuchando. Luego, cautelosamente, abrí la puerta y me asomé.

Yacía en su cama, totalmente embriagada. Al acercarme a ella sentí el olor a whisky.

Regresé de prisa al comedor, donde los dos hombres bebían su oporto.

—Disculpen, pero debo hablarles a los dos sin demora —dije—. Es necesario echar a Fanny enseguida.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Johnny con un destello de burla en la mirada, que siempre estaba allí cuando él creía que yo estaba jugando a dueña de la casa.

—Debemos ser francos entre nosotros —continué—. Judith ha estado peor desde que llegó Fanny. No me sorprende; Fanny la alentaba a beber. Ahora esa mujer yace en su cama… ebria.

Justin había palidecido; Johnny lanzó una breve risa. Sin hacer caso de mi maridó, me dirigí a Justin.

—Debe irse enseguida. Tú debes decirle que se marche.

—Ciertamente que debe irse —replicó Justin.

—Ve ahora a su cuarto y lo verás tú mismo —insistí.

Así lo hizo y vio. A la mañana siguiente hizo llamar a Fanny, quien recibió órdenes de preparar sus maletas sin demora.

—Pero ¿acaso no se alegró de que Fanny hubiese sido despedida?

Judith guardó silencio. Luego estalló:

—Estás contra mí… todos ustedes lo están.

* * *

El tema del despido de Fanny se discutía en la cocina. Pude imaginarme la excitación y lo que se estaba diciendo alrededor de la mesa.

—¿Fue Fanny quien descarrió a su señoría, o al revés, qué opinan?

—Bueno, no es de extrañarse que su señoría beba un poquitín de vez en cuando… si se piensa en lo que tiene que soportar.

—¿Creen ustedes que la señorita Martin lo convenció?

—¿Ella? Bueno, es posible. Colijo que la hija del párroco puede ser tan ladina como cualquiera.

Judith estaba desolada. Había llegado a confiarse en Fanny. Hablando con ella, procuré convencerla de que reaccionara, pero siguió estando melancólica.

—Era mi amiga —decía Judith—. Por eso la echaron…

—Se la echó porque fue descubierta borracha.

—Querían quitarla de en medio porque sabía demasiado.

—¿Demasiado sobre qué? —pregunté con aspereza. —De mi marido y esa muchacha.

—No debes decir tales cosas… ni siquiera pensarlas. Son totalmente falsas.

—No son falsas. Hablé con Jane Carwillen… y ella me creyó.

—Entonces fuiste a verla…

—Sí, ¿acaso no me dijiste tú que lo hiciera? Me dijiste que ella pregunto por mí. Yo le dije cuánto deseaba él a esa muchacha… cuánto ansiaba no haberse casado conmigo. Y ella me creyó. Dijo que ojalá yo nunca me hubiera casado. Dijo que ojalá estuviésemos juntas como antes.

* * *

Una semana después de marcharse Fanny, Judith fue en busca de whisky con una vela encendida. No llegué al escenario hasta que el drama estuvo en su culminación, pero más tarde descubrí que Judith, después de buscar en vano las botellas que Fanny había guardado en su alacena y que habían sido retiradas al despedírsela, había dejado la vela encendida abandonada en la antigua pieza de Fanny. Una puerta abierta, una corriente de aire repentina y las cortinas se incendiaron.

Justin estaba habituado a salir solo a caballo. Yo había supuesto que en algunas ocasiones él quería estar a solas con sus intranquilos pensamientos. A menudo me preguntaba si, durante estos solitarios paseos, él haría planes descabellados que, siendo el hombre que era, sabía que jamás llegaría a ejecutar. Tal vez hallara algún alivio en planear siquiera, aunque supiese que esos planes jamás llegarían a nada.

Imaginaba yo que, al regresar de uno de esos paseos, y después de dejar a su caballo en el establo, él se dirigiría a la casa a pie, sin poder impedir que sus ojos se desviaran hacia la ventana del cuarto que ocupaba Mellyora.

Y esa noche vio salir humo de ese lado de la casa en que ella dormía, y fue muy natural entonces que corriese a la habitación de ella.

Más tarde me contó Mellyora que había despertado y sentido olor a humo; se había puesto su bata de noche y estaba investigando cuando de pronto se abrió la puerta y apareció Justin.

En un momento así, ¿cómo podían ocultar sus sentimientos? Justin debe de haberla abrazado, y Judith, que andaba errante en busca de su consuelo, los sorprendió así, como con tanta frecuencia había procurado encontrarlos; Mellyora en bata de noche, con la rubia cabellera suelta; Justin, con sus brazos en torno a ella, atrapados cuando evidenciaban ese cariño que Judith había anhelado tan apasionadamente.

Judith empezó a gritar y nos despertó a todos.

Pronto fue apagado el fuego. Ni siquiera fue necesario llamar a la brigada; sólo se dañaron las cortinas y parte de las paredes. Pero quedó hecho un daño más grande.

Jamás olvidaré aquella escena, con todos los sirvientes congregados en sus ropas de dormir, con el acre olor en nuestras fosas nasales… y Judith…

Debe de haber tenido una pequeña reserva propia, ya que evidentemente había estado bebiendo, pero estaba lo bastante sobria como para escoger el momento en que estuvimos todos presentes, para que todos supiésemos. Se puso a gritar:

—Esta vez te atrapé. No sabías que te vi. Estabas en la pieza de ella. La tenías abrazada… la besabas… Crees que yo no lo sabía. Todos lo saben. Esto viene ocurriendo desde que ella llegó aquí. Por eso la tenías aquí. Deseabas haberte casado con ella. Pero eso no importa ya. No permites que un pequeño inconveniente así se interponga en tu camino…

—Judith, has estado bebiendo —le advirtió Justin.

—Por supuesto que he estado bebiendo. ¿Qué otra cosa me queda? ¿No beberían ustedes si…? —Clavó en todos nosotros su mirada vidriosa, agitando los brazos—. ¿No lo harían ustedes… si su marido tuviese a su amante aquí en la casa… si buscara todas las excusas para alejarse de ustedes… para ir en busca de ella…?

—Debemos llevarla enseguida a su pieza —dijo Justin. Como me miraba de modo casi implorante, me acerqué a Judith y tomándola de un brazo, dije con firmeza:

—Judith, no estás bien. Has imaginado algo que no existe. Ven, déjame llevarte a tu habitación.

Ella se echó a reír de manera violenta, demoníaca. Se volvió hacia Mellyora, y por un instante pensé que la iba a atacar; rápidamente me coloqué entre las dos y dije:

—Señora Rolt, Lady Saint Larston está indispuesta. Por favor, ayúdeme a llevarla a su cuarto.

La señora Rolt tomó un brazo de Judith, yo el otro, y aunque Judith procuró zafarse, éramos demasiado fuertes para ella. Tuve un atisbo del rostro de Mellyora, que estaba consternada; en el de Justin vi dolor y vergüenza. Imaginé que en toda la historia del Abbas nunca se había visto semejante escena… cuyo elemento de escándalo consistía, por supuesto, en que tenía lugar a la vista de todos los criados. Vi a Johnny, cuya sonrisa era socarrona; le regocijaba la confusión de su hermano y al mismo tiempo le enorgullecía que yo, la doncella de compañía, fuese quien se había hecho cargo de la situación, la persona en quien Justin confiaba para ponerle fin lo antes posible.

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