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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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El festejo estaba en pleno apogeo cuando Lucas propuso a su esposa que se retirasen.

– Más tarde los hombres estarán borrachos e insistirán en acompañarnos a la habitación nupcial -dijo-. Quisiera ahorrarnos sus obscenidades.

Gwyneira estuvo de acuerdo. Ya estaba harta de bailar y quería dar el asunto por zanjado. Oscilaba entre el miedo y la curiosidad. Según las indicaciones de su madre, le haría daño. Sin embargo, en las novelas baratas, la mujer se sumergía encantada en los brazos del cowboy. Gwyn se dejaría sorprender.

Los invitados al casamiento despidieron a la pareja con gran alboroto, pero sin lamentables y desvergonzados comentarios, y Kiri ya estaba en su puesto para ayudar a Gwyneira a quitarse el vestido de boda. Lucas besó con pudor a su esposa en la mejilla delante de sus aposentos.

– Tómate tu tiempo para los preparativos, cariño mío. Vendré cuando estés lista.

Kiri y Dorothy desvistieron a Gwyneira y le soltaron el pelo. Kiri rio y bromeó todo el tiempo mientras lo hacía, mientras que Dorothy sollozaba. La muchacha maorí parecía alegrarse con franqueza por Gwyn y Lucas y sólo mostraba sorpresa por el hecho de que hubieran abandonado tan pronto la fiesta. Entre los maoríes compartir el lecho con toda la familia era signo de que el enlace se había consumado. Cuando Dorothy se enteró, todavía se puso a llorar más.

– ¿Qué es lo que te da tanta pena, Dot? -preguntó Gwyneira irritada-. Parece un entierro.

– No lo sé, pero mi mamá siempre lloraba en las bodas. Tal vez traiga suerte.

– Llorar no traer suerte, ¡reír traer suerte! -la contradijo Kiri-. Bien, usted preparada, miss. Muy bonita. Nosotras irnos ahora y llamar puerta del señor Lucas. ¡Guapo hombre, el señor Lucas! Muy amable. Sólo un poco delgado. -Rio por lo bajo cuando tiró de Dorothy para salir.

Gwyneira se repasó de arriba abajo. Su camisón estaba confeccionado con unas puntillas sumamente delicadas, sabía que le quedaba bien. ¿Pero, qué debía hacer ahora? No podía recibir a Lucas ahí en su tocador. Y si había entendido bien a su madre, el asunto se desarrollaba en la cama…

Gwyn se tendió en ella y se cubrió con la colcha de seda. En realidad era una pena que no se viera el camisón. ¿Acaso Lucas retiraría la manta…?

Contuvo la respiración cuando oyó que se movía el pomo. Lucas entró con una lámpara en la mano. Parecía desconcertado porque Gwyn todavía no había apagado la luz.

– Cariño, creo que nosotros…, que sería más decente si bajáramos la luz.

Gwyneira asintió. Lucas tampoco era una visión especialmente sublime en camisa de noche larga. Ella siempre se había imaginado las camisas de noche de los hombres, bueno…, un poco más viriles.

Lucas se tendió junto a ella debajo de la colcha.

– Intentaré no hacerte daño -le susurró, besándola con suavidad en el cuello. Gwyneira se quedó quieta mientras él la cubría de besos y acariciaba los hombros, el cuello y los pechos. A continuación se subió la camisa. Respiraba más deprisa y también Gwyneira notó que la invadía la excitación, que aumentaba cuando los dedos palpaban esas zonas más íntimas de su cuerpo que ni ella misma había explorado todavía. Su madre siempre le había indicado que llevara una camisa incluso al bañarse y ella no había osado siquiera mirar con atención su vientre: el vello rojo y crespo, todavía más crespo que el de su piel. Lucas la acariciaba con suavidad y Gwyneira sentía un agradable, excitante hormigueo. Finalmente, él retiró la mano, se colocó encima de ella y Gwyneira sintió entre las piernas su miembro, que se hinchó y endureció y se introdujo en las profundidades de esas zonas del cuerpo que para ella eran todavía inexploradas. De repente Lucas pareció encontrar resistencia y relajarse.

– Lo siento, cariño, pero ha sido un día muy agotador -se disculpó.

– Pero era muy bonito… -respondió con prudencia Gwyneira, y lo besó en la mejilla.

– Tal vez podamos intentarlo mañana otra vez…

– ¡Si así lo deseas! -contestó Gwyn, a un mismo tiempo desconcertada y aliviada. Su madre había exagerado en exceso el asunto de las obligaciones conyugales. Realmente, lo que había sucedido no era razón para compadecerse de alguien.

– Entonces me despido ahora -anunció Lucas, tenso-. Creo que dormirás mejor sola.

– Si así lo deseas… -dijo Gwyneira-. ¿Pero no es lo normal que un hombre y una mujer pasen juntos la noche de bodas?

Lucas asintió.

– Tienes razón. Me quedaré aquí. La cama es lo bastante ancha.

– Sí. -Gwyn le dejó sitio solícita y se acurrucó en el lado izquierdo. Lucas se tendió rígido e inmóvil en el derecho.

– Que pases una buena noche, cariño.

– Buenas noches, Lucas.

A la mañana siguiente, Lucas ya se había levantado cuando Gwyneira se despertó. Witi le había dejado un traje de mañana claro en el vestidor de Gwyn. El joven ya estaba vestido para bajar a desayunar.

– No me importa esperarte, cariño -dijo, y parecía incómodo al contemplar a Gwyneira, que se había levantado de la cama con su camisón de puntillas-. Pero tal vez sea mejor si soporto yo solo los comentarios sicalípticos de nuestros invitados.

Gwyneira no sentía en realidad ningún temor de volver a ver tan pronto por la mañana a los más empedernidos bebedores de la noche anterior, pero le dio la razón.

– Por favor, envíame a Kiri, y, si es posible, también a Dorothy para que me ayuden a vestir y a peinar. Seguro que hoy todavía tendremos que vestirnos de fiesta, así que alguien tendrá que encorsetarme -dijo afable.

Lucas pareció sentirse de nuevo mal con el tema del corsé. Pero Kiri ya esperaba delante de la puerta. Sólo había que llamar a Dorothy.

– ¿Y qué cuenta, mistress? ¿Ha sido bonito?

– Por favor, seguid llamándome miss, tú y las demás -pidió Gwyn-. Lo prefiero.

– Como guste, Miss Gwyn. ¡Pero ahora contar! ¿Cómo ha ido? Primera vez no siempre bonito. ¡Pero luego mejor, miss! -dijo Kiri con vehemencia, mientras preparaba el vestido de Gwyn.

– Bueno…, bonito… -murmuró Gwyn. También en este aspecto el asunto estaba sobrevalorado. No encontraba ni bonito ni espantoso lo que Lucas le había hecho por la noche. Aunque era práctico que un hombre no pesara demasiado. Se rio al pensar en Kiri, a quien le gustaban sin duda más los hombres gruesos.

Kiri ya había ayudado a Gwyn a ponerse un vestido de verano blanco con florecitas de colores, cuando apareció Dorothy. Ésta se encargó del peinado, mientras Kiri cambiaba la ropa de la cama. Gwyn lo encontró exagerado, a fin de cuentas sólo había dormido entre las sábanas. De todos modos no quiso decir nada, tal vez fuera una costumbre maorí. Dorothy había dejado de llorar, pero estaba silenciosa y no miraba de frente a Gwyn.

– ¿Se encuentra bien, Miss Gwyn? -preguntó preocupada.

Gwyn asintió.

– Claro, ¿por qué no? Qué bonito con el pasador, Dorothy. ¡Kiri, fíjate!

Kiri parecía estar por el momento ocupada en otros asuntos. Con expresión preocupada miraba las sábanas. Gwyn se percató cuando Dorothy salió de la habitación a ordenar el desayuno.

– ¿Qué pasa Kiri? ¿Qué buscas en las sábanas? ¿Ha perdido algo el señor Lucas? -Gwyn pensaba en un adorno o tal vez en la alianza. Era un poco grande para los delgados dedos de Lucas.

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