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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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– No, era con usted con quien queríamos hablar, doctora. Sobre Claire Gilbert. Hemos sabido que se ha roto varios huesos recientemente. ¿No estaba usted preocupada por esta repentina tendencia a los accidentes?

La doctora acabó pausadamente su roast-beef y apartó su plato a un lado antes de responder.

– En serio, comisario, tendrá que hablar con Claire sobre su historial médico, no conmigo.

– Podríamos obtener una orden -dijo Kincaid-, y forzar la revelación, pero no me gustaría tener que recurrir a ello. Resulta muy desagradable para todos los implicados.

– No me gusta que me intimiden, señor Kincaid, por mucho que se exprese de un modo encantador. Deberá hacer todo lo que considere necesario, pero no voy a revelar por voluntad propia nada que sea confidencial sobre mi paciente. -La doctora cruzó los brazos por encima de su anodino suéter y cerró la boca formando una tozuda línea recta.

Kincaid hizo frente a su mirada.

– Mire, doctora, dejémonos de rodeos. Tenemos muy buenas razones para creer que Claire Gilbert estaba siendo maltratada por su esposo y creo que usted llegó a la misma conclusión. Ese día que Geoff la oyó discutir con Gilbert… se trataba de Claire, ¿verdad? ¿Le dijo lo que sospechaba? Seguro que no se tomó bien que usted se mezclara en sus asuntos.

– Admito que Alastair Gilbert podía ser difícil -dijo resuelta-, pero no discutiré nada sobre Claire con usted.

– Alastair Gilbert fue más difícil que nunca en las últimas semanas de su vida. Empezó a comportarse de forma desacostumbrada y creo que estaba tan consumido por los celos que había dejado de ser racional. Gilbert usaba su control, su apariencia de estar por encima de las emociones, como método de dominación. El hecho de que se dejara arrastrar a una pelea indica hasta qué punto había perdido los papeles. Seguro que se da cuenta de que es vital que sepamos la verdad sobre lo que pasó ese día.

– ¿Para que pueda presionar a Claire?

– Doctora, estamos hablando de un asesinato, y tengo el deber de hacer las investigaciones que considere necesarias para concluir este asunto. Tendré que interrogar a Claire de todas formas y preferiría hacerlo con el beneficio de su consejo. Estoy seguro de que no necesita que le recuerde que tiene tanta obligación de prestar asistencia como de guardar la confidencialidad.

La doctora cruzó una mirada con Kincaid, luego relajó la boca y sus hombros cayeron un poco.

– Claire es muy vulnerable ahora, señor Kincaid. Si va por ahí haciendo acusaciones sobre su marido le podría hacer mucho daño.

– Entonces ayúdeme. Niegue que cree que Claire Gilbert fue maltratada físicamente por su marido en algún momento y la dejaré en paz.

El silencio se alargó hasta que Kincaid pudo oír su propia respiración y el ruido áspero del tweed cuando Deveney cambió de posición en su silla. Esperó, y recordó la vez que de niño logró que un bulldog apartara la vista de sus ojos. La doctora miró hacia otra parte, pero siguió sin hablar.

Kincaid se levantó.

– Gracias, doctora. Ha sido muy amable. No hace falta que nos acompañe.

– He de admitirlo -dijo Deveney cuando llegaron al coche-. Ha sido muy hábil.

Kincaid sonrió y dijo:

– No hace que me sienta mejor. Pero la doctora es tan perspicaz como honesta, y si estaba realmente preocupada por Claire como para enfrentarse a Gilbert directamente, puedes estar seguro de que tenía un buen motivo.

– Ha obtenido la información que quería. -Deveney se acomodó en el asiento del pasajero.

– Sólo la confirmación de una sospecha, no la prueba.

– Aun así -dijo Deveney cuando Kincaid giró la llave de contacto-, la sospecha es suficiente para situar a Claire Gilbert directamente entre los contendientes.

14

Gemma hizo que Will la dejara en Holmbury St. Mary de camino a la comisaría. Kincaid le había dicho que se encontrara con él en el pueblo. Eran casi las dos de la tarde y finalmente el cálido sol había penetrado a través de la bruma matinal. Permaneció un rato junto al prado comunal después de que Will se marchara y giró la cara hacia la luz hasta que empezó a ver lucecitas a través de los párpados cerrados. Casi nunca era la segunda quincena de noviembre tan generosa y Gemma esperaba que el buen tiempo durase. Hoy era un día para hacer navegar los barquitos de vela en el lago Serpentine, un día que debería guardar en la memoria para poder aguantar los largos días de invierno que todavía habían de llegar.

Oyó el ruido de neumáticos en el pavimento y al abrir los ojos se encontró que el coche que había parado delante de ella era un pequeño y alegre Vauxhall rojo. La mujer al volante bajó la ventanilla y se asomó.

– Parece algo perdida. ¿Puedo ayudarla? -Tenía una voz levemente ronca aunque melodiosa, llevaba una melena color platino y tenía la nariz más grande que Gemma jamás había visto.

Se sintió avergonzada por haber sido pillada soñando despierta como una idiota y tartamudeó:

– Yo no… Es decir, estoy bien. Gracias. Sólo espero a alguien.

La mujer la estudió hasta que Gemma apartó los ojos de su penetrante mirada.

– Usted debe de ser la escurridiza sargento James. He oído hablar de usted a Geoff, entre otros. Soy Madeleine Wade. -Sacó la mano por la ventana y Gemma notó unos dedos tan fuertes como los suyos propios-. Si busca a su comisario, no lo he visto últimamente. ¡Hasta luego! -Con un saludo puso la primera y arrancó dejando a Gemma boquiabierta.

Cerró la boca con un chasquido y se preguntó por qué se sentía como si la hubieran abierto y vuelto a cerrar. ¿Y había notado el énfasis puesto en el su delante de comisario o estaba imaginando cosas? Atónita, cruzó la calle y rodeó el aparcamiento del pub, pero no vio el Rover.

Despacio se dirigió al camino y miró la casa de los Gilbert. ¿Le estaría ganando una mano a Kincaid si aprovechaba la oportunidad para charlar con Claire Gilbert? Sintió que ella y Claire habían establecido una relación y quizás ella sola tendría más posibilidades de ganar la confianza de Claire.

Abrió la puerta de la verja y pasó de largo ante la austera puerta principal que le parecía que simbolizaba la presencia de Alastair Gilbert en la casa. Tomó el sendero que llevaba al jardín trasero.

Lo que vio entonces podría haber adornado la tela de un pintor. Alguien había colocado una silla blanca de hierro forjado en un rincón soleado del césped. En ella estaba sentada Claire, que llevaba una blusa victoriana de cuello alto y una falda que parecía un montón de flores silvestres. Lucy estaba sentada en el suelo junto a ella, con la cabeza apoyada en la rodilla de su madre. Lewis retozaba con una pelota de tenis en la boca y que soltó rápidamente para poder saludar a Gemma con entusiasmo.

– Sargento -dijo Claire mientras Gemma cruzaba el césped-, coja una silla y venga. Este tiempo es indecente para noviembre, ¿no cree? -Volvió la palma de la mano hacia el perfecto cielo azul-. Tome limonada. Está recién exprimida, no es de la que venden embotellada. Lucy la ha preparado.

– Iré a buscarle un vaso -dijo Lucy con una sonrisa y se levantó con elegante facilidad-. No, Lewis -lo reprendió mientras traía una silla para Gemma-. No quiere jugar contigo ahora, bobo. -El perro ladeó la cabeza y jadeó. La rosada lengua contrastaba con su oscuro hocico.

– Me siento una holgazana total -dijo Gemma un poco avergonzada, aunque se sentó agradecida en la silla.

Claire cerró los ojos.

– A veces es la mejor opción y no la aprovechamos a menudo.

– Todo el mundo me dice hoy lo mismo. ¿Acaso hay una conspiración?

Claire se rió.

– ¿También la educaron machacándole lo de «las manos ociosas son instrumento del diablo»? Es gracioso lo difícil que es deshacerse de estos lastres.

Lucy volvió con un vaso de limonada para Gemma y regresó a su sitio junto a la silla de su madre.

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