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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– ¡Márchate! ¡Saca el carro de ahí, o mandaré que te arresten!

Pasaron varios transeúntes -un edil a caballo, un sirviente cargado con un cesto de pan, una mujer desarrapada con cinco chiquillos sucios como ella- y se detuvieron para presenciar la escena. Era sábado a mediodía y en la ancha calle el paso de carruajes y peatones era incesante.

– ¡Pues manda que me arresten! -replicó mi padre a voz en cuello-. ¡Que todo el mundo sepa que los Médicis se creen con el derecho de apropiarse de todo, hasta de la hija de un pobre hombre! -Incluso a aquella distancia, veía la ira reflejada en su rostro, en su postura; había venido con tanta prisa que había olvidado la capa y el gorro. Sujetó la piedra y se irguió, dispuesto a lanzarla. El guardia se adelantó con la espada en alto.

Dos pisos por encima de ellos, me asomé por la ventana.

– ¡Quietos los dos! -ordené.

El guardia y mi padre obedecieron y me miraron; lo mismo hizo la multitud. Mi padre bajó el brazo y el guardia la espada.

Yo no tenía idea de qué iba a decir.

– Estoy bien -grité. Era horrible tener que comunicar asuntos privados de aquella forma. Los ruidos en la calle me forzaron a gritar con toda la fuerza de mis pulmones-. Si me quieres, padre, concédeme esto.

Mi padre dejó caer la piedra y se abrazó a sí mismo con mucha fuerza, como si quisiese contener la agonía en su interior; después levantó los brazos y los agitó hacia mí.

– Se han apropiado de todo, ¿es que no lo ves? -Su voz entrecortada sonaba como la de un loco-. Se lo han llevado todo, y ahora te quieren a ti también. ¡No lo permitiré, no consentiré que te tengan!

– Por favor. -Me asomé todavía más, y ante el riesgo de que pudiese caerme, Laura me sujetó de la cintura-. Por favor. ¿No puedes dejar que sea feliz?

– ¡Quédate con él, y será el comienzo de la desdicha para ti! -replicó mi padre. No era una amenaza; su tono solo reflejaba dolor. Tendió una mano hacia mí y acarició el aire, suavemente, como si fuese mi mejilla-. ¡Lisa! ¡Mi Lisa! ¿Qué debo decir para que me escuches?

Aquella mañana, al salir de la casa, había hecho acopio de todo mi odio hacia él para tener la fuerza de marcharme. Me recordé que él, mucho tiempo atrás, había sido el autor del golpe que había provocado la enfermedad a mi madre; él la había obligado a que fuese a ver a Savonarola, con el resultado de su muerte, y que, en la peor de las traiciones a su memoria, se había aliado con los asesinos.

Pero en aquel momento solo veía a un pobre hombre que, en su desesperada preocupación por mí, no había vacilado en exponerse al ridículo público. Contra mi voluntad, recordé el innegable amor en sus ojos cuando suplicó a mi madre que viese a fray Girolamo, con la ilusión de que la curaría. Contra mi voluntad, pensé en el terrible sufrimiento que había padecido al comprender que su insistencia la había conducido a la muerte.

– Por favor -gritó, sin bajar los brazos como si de algún modo pudiese tocarme-. ¡Aquí no puedo protegerte! ¡No estás segura, no estás segura! -Soltó un gemido-. Por favor, vuelve a casa conmigo.

– No puedo -respondí. Mis lágrimas cayeron sobre el pavimento-. Sabes que no puedo. Dame tu bendición; después podremos recibirte, y podrás alegrarte con nosotros. Es así de sencillo. -A mí me lo parecía. Mi padre no tenía más que entrar en el palacio, aceptarnos y abrazarnos, y mi vida estaría completa-. Padre, por favor. Entra y habla con mi marido.

Bajó los brazos derrotado.

– Niña, vuelve a casa.

– No puedo -repetí con la voz ronca, tan débil esta vez que no me escuchó con claridad. Pero comprendió lo dicho por el tono. Por unos momentos, permaneció silencioso y abatido, y luego subió al carro. Con una mueca de dolor que desfiguraba su rostro, urgió al caballo y se alejó a toda velocidad.

42

Laura cerró las persianas mientras yo me enjugaba las lágrimas con mi manga de brocado.

Me senté, abrumada. Me había concentrado tanto en la alegría de ver a Giuliano, en el miedo a que mi fuga fracasara, que me había olvidado de mi amor a mi padre. A pesar de sus críticas a la gestión de Piero, a su fidelidad a las enseñanzas de Savonarola, aún me quería. No sabía cómo no había comprendido que herirlo era como herir mi propia carne.

Laura apareció a mi lado con una copa de vino; la rechacé con un gesto y me levanté. El pobre Giuliano no tardaría en aparecer después de un desagradable encuentro con mi airado padre. Ya había sido muy duro para él conseguir el permiso de Piero para casarse conmigo, y aún debía obtener la aprobación de su hermano Giovanni. Pero ya estábamos casados, y solo se me ocurría un modo de alegrar a mi esposo a centrarse en la alegría de estar juntos. Miré el rostro preocupado de Laura.

– ¿Dónde está la alcoba nupcial?

Me miró un tanto sorprendida. Después de todo, aún era de día.

– Aquí, madonna. -Señaló la puerta que comunicaba con la habitación interior.

– ¿El dormitorio de Lorenzo? -Me asusté un poco.

– A ser Piero le inquietaba dormir allí. Como sabes, tu marido era el favorito de su padre, y creo que le consuela ocupar los aposentos de Lorenzo. Duerme aquí desde que él murió.

Dejé que Laura me condujese a la alcoba. La habitación era espaciosa, con el suelo de mármol claro y las paredes cubiertas con magníficas pinturas. No obstante, comparada con el resto de la casa, tenía un aspecto un tanto espartano. Me dio la impresión de que, como en la antecámara, se habían llevado muchos objetos valiosos para guardarlos en alguna otra parte.

Aquel día estaba ausente el fantasma de Lorenzo. Habían esparcido rosas secas sobre la cama, y su deliciosa fragancia impregnaba el aire. En una mesa había una frasca de vino color rubí, y dos copas de oro con intrincados relieves, junto con un plato de almendras y frutas confitadas.

– Ayúdame a desvestirme -le pedí a Laura. Si le sorprendió mi demanda, lo disimuló muy bien. Me quitó el gorro y las mangas, y después desabrochó el vestido; me quité la pesada prenda, y miré a Laura mientras la doblaba y la guardaba con mis otras cosas en un armario de madera oscura donde estaban las prendas de Giuliano.

En ese momento no vestía nada más que la camicia, delicada y transparente como una telaraña. Zalumma habría hecho todo lo posible para prepararme para mi noche de bodas, pero yo continuaba esforzándome para controlar mis nervios.

– Ahora me gustaría estar sola -dije-. ¿Le dirás a mi marido que lo espero aquí?

Laura cerró la puerta silenciosamente al salir.

Me acerqué a la mesa, me serví una copa de vino y bebí un sorbo. Lo saboreé a fondo, en un intento por evocar con su sabor el sentimiento de alegría y placer adecuado para recibir a Giuliano. Junto a la frasca había una pequeña bolsa de terciopelo. Al recogerla, palpé algo duro; una joya, me dije, y pensé que era un regalo de mi marido. Sonreí.

Sin embargo, mientras estaba junto a la mesa, no pude evitar advertir que había algo fuera de lugar, como si alguien hubiese sido reclamado súbitamente. Habían roto el sello de lacre verde, así que la carta estaba abierta a medias. Podría no haberle hecho caso, pero bastó un mínimo atisbo de una letra conocida para que se despertase mi curiosidad. Incapaz de resistirme, dejé la copa y cogí la carta.

No llevaba firma alguna ni tampoco el nombre del destinatario.

Agradezco tu voluntad de librarme de cualquier obligación de encontrar al penitente; aquel a quien tu padre se refería como el tercer hombre. Pero estoy obligado moralmente a continuar la búsqueda, a pesar de que cada vez hay menos posibilidades de que este hombre aún viva.

Todos mis esfuerzos para conseguir que Milán se ponga de tu parte han fracasado. Esta es la verdad sobre la muerte del duque Gian Galeazzo: los asesinos actuaron obedeciendo las órdenes de Ludovico Sforza quien, sin molestarse en guardar el luto por el fallecimiento de su hermano, ya se ha proclamado duque, a pesar de la existencia de un legítimo heredero: el hijo de Gian Galeazzo. Con Ludovico en el poder, Milán ya no es tu amiga; esto lo sé de boca del nuevo duque, que me otorga su máxima confianza. Ha vuelto a Carlos y a sus embajadores contra ti, y ahora se prepara para traicionarte con la esperanza de conseguir todavía más poder.

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