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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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Ausente Piero, la Signoria se sintió libre de manifestar su oposición más abiertamente. Siete emisarios acompañaron a Piero al norte con la intención de ir por delante de él y vigilar todos sus movimientos. Habían recibido la orden de comunicar al rey Carlos que, sin importar lo que pudiese decir Piero, Florencia daba la bienvenida a los franceses.

Para el 4 de noviembre, todos los ciudadanos sabían que Piero, sin que nadie hubiese tenido que convencerlo, había entregado las fortalezas de Sarzana, Pietrasanta y Sarzanella a Carlos. Mi padre estaba fuera de sí: «¡Cien años! -tronó, y descargó un puñetazo contra la mesa con tanta fuerza que saltaron los platos-. ¡Tardamos un centenar de años en conquistar esas tierras, y él las ha perdido en un día!».

También la Signoria se mostró furiosa. En la misma cena, me enteré de que los regentes de la ciudad habían decidido enviar a un reducido número de enviados a Pisa para que allí se encontrasen con Carlos. Piero no estaría entre ellos, pero sí fray Girolamo Savonarola.

Tales noticias me provocaron una gran ansiedad, pero mi decisión nunca flaqueó, ni tampoco cambié mi plan.

El 8 de noviembre salí sola en el carruaje, mientras Zalumma se quedaba en casa con la excusa de estar indispuesta. Mi padre, como hacían todos los respetables florentinos los sábados por la mañana, había ido a los baños públicos.

El cochero me llevó al otro lado del Arno a través del ponte Vecchio. Algunas de las tiendas estaban cerradas debido al embargo francés, pero otras exhibían orgullosamente sus productos a pesar de la inminente invasión; el puente se veía abarrotado de jinetes, peatones y carruajes como el mío.

Por fin llegamos al mercado, donde la multitud no era tan numerosa como era habitual; cada una de sus cuatro esquinas estaba delimitada por una iglesia. La cúpula de ladrillo de Brunelleschi se recortaba en el cielo cerca de la torre del palacio de la Signoria. Las amas de casa acompañadas por sus sirvientes iban de puesto en puesto, y los hombres acudían a los barberos. Yo vestía una sencilla túnica oscura, y el topacio en la garganta. Ocultos en el corpiño, como amuletos de la suerte, llevaba los medallones de oro. De mi brazo colgaba el cesto de Zalumma, aunque en ese día yo lo había forrado con una tela.

Allí se mezclaban los barberos, con las resplandecientes navajas y los boles de sanguijuelas; los boticarios, con sus polvos y ungüentos; los verduleros, que gritaban a voz en cuello las bondades de sus tentadores productos, y el panadero, con sus canastos de fragante pan caliente.

A lo lejos se divisaba el puesto del carnicero, con las liebres despellejadas y los pollos desplumados colgados por las patas.

Nunca un lugar tan conocido me había parecido tan extraño.

Al salir de casa, le había dicho al cochero que ese día iría a la carnicería, a pesar de que llevábamos un tiempo sin ir. Le expliqué que necesitaba huesos para el caldo.

Le pedí que me esperase en los puestos de verduras. El cochero detuvo los caballos y ni siquiera miró cuando me bajé y fui hacia la carnicería, que precisamente quedaba fuera de su campo de visión.

En realidad era algo muy sencillo; rápido, fácil, aterrador. El carnicero era un buen hombre, un hombre pío, pero los tiempos eran difíciles e inseguros. Tenía su precio, aunque pudiera sospechar acerca del origen de la bolsa de florines de oro.

Al acercarme, reía amablemente con una joven que yo había visto a menudo en el mercado, aunque nunca nos habían presentado formalmente. Tenía un rostro agraciado y se sonrojó mientras se llevaba una mano a la boca en un esfuerzo por ocultar que le faltaba uno de los dientes de delante.

Al verme, la sonrisa del carnicero se esfumó; se apresuró a envolver en una tela un grueso rabo de buey.

– Buon appetito, monna Beatrice; que esta carne mantenga a tu marido en buena forma. ¡Que Dios te bendiga! -Se volvió hacia la otra mujer que esperaba-. Mona Cecilia, perdóname, tengo que ocuparme de un asunto urgente, pero Raffaele te atenderá… -Su hijo dejó el cuchillo y se acercó para atender a la clienta. El carnicero dijo con una voz más alta de lo necesario-: Mona Lisa, tengo en la parte de atrás unos excelentes cortes entre los que podrás escoger. Ven conmigo…

Me llevó al otro lado de la cortina, manchada de sangre, que dividía el puesto. Afortunadamente, la luz era escasa, así que no vi las carcasas colgadas, pero escuché el cacareo de los pollos y las gallinas en las jaulas y pude oler la sangre y los desperdicios; era un olor tan fuerte que me tapé la nariz.

La salida estaba muy cerca. A la luz del sol, el pavimento brillaba con la sangre que se escurría del puesto, y que empapó el dobladillo de mi vestido. Pero mi enfado duró poco, porque unos pasos más allá esperaba otro carruaje negro y sin ningún escudo de familia que delatase quién era el propietario. Incluso así, reconocí al cochero, que me saludó con una sonrisa.

Aquellos pocos pasos -dada la gravedad y el significado de cada uno- me parecieron interminables; estaba segura de que acabaría tropezando y cayendo al suelo. Sin embargo, llegué hasta el carruaje. Se abrió la portezuela y, como por arte de magia, como un milagro, me encontré en el interior, sentada junto a Giuliano, con el cesto a mis pies en el suelo.

El cochero puso en marcha a los caballos. Las ruedas giraron y muy pronto avanzábamos a buen paso, lejos de la carnicería, lejos del cochero que me esperaba, lejos de mi padre y de mi casa.

Giuliano se veía magnífico, irreal y perfecto como una pintura. Vestía un farsetto de boda de terciopelo rojo bordado con hilos de oro, con un gran rubí que le abrochaba el cuello. Me miró con asombro -yo llevaba los cabellos peinados sencillamente, el velo negro, el vestido marrón oscuro con el dobladillo teñido de sangre- como si fuese algo exótico y extraordinario.

Me apresuré a decirle, con voz temblorosa:

– Tengo el vestido, por supuesto. Mandaré llamar a mi esclava en cuanto hayamos acabado. Está empaquetando mis pertenencias… -Mientras tanto pensaba: «Lisa, estás loca. Aparecerá tu padre y pondrá fin a todo esto. Piero regresará y te expulsará del palacio».

Podría haber continuado con la charla, impulsada por los nervios, pero él me cogió las manos y me besó.

Una nueva sensación se apoderó de mí; sentí calor alrededor de mi ombligo. El topacio, por fin puesto a prueba, fracasó. Le devolví el beso con la misma pasión, y para cuando llegamos al palacio, mis cabellos y mis prendas estaban desordenadas.

40

De haber sido mi vida como la de las demás muchachas, mi matrimonio habría sido arreglado por un sensale, un casamentero, muy probablemente el propio Lorenzo. Mi padre habría pagado como mínimo cinco mil florines, y el contable habría anotado la cantidad en el registro público como requisito indispensable para formalizar la unión.

Tras el anuncio del compromiso, mi novio habría agasajado con una comida a los amigos y familiares, y durante el ágape me habría entregado la alianza.

El día de mi boda vestiría un deslumbrante vestido diseñado, tal como exigía la costumbre, por el propio Giuliano. Escoltada por mis damas de honor a pie, cabalgaría en un caballo blanco a través del ponte Santa Trinità hasta la vía Larga y la casa de los Médicis. Habrían colocado a través de la calle una guirnalda de flores delante de mi nuevo hogar, que yo no me atrevería a cruzar hasta que mi futuro marido no rompiese la cadena.

A continuación, iríamos a la iglesia. Después de la ceremonia, regresaría a pie a la casa de mi padre y dormiría sola. Al día siguiente, tras el gran banquete de bodas, se consumaría el matrimonio.

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