Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El secreto de Mona Lisa
El secreto de Mona Lisa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
1 ... 56 57 58 59 60 61 62 63 64 ... 118
Перейти на страницу:

La desconfianza hacia Florencia es el resultado de años de pacientes esfuerzos de sus consejeros y otras personas. Esto, junto con mis averiguaciones, me ha llevado a la irrefutable conclusión de que nuestro Ludovico está influenciado por los aliados con los piagnoni.

Me quedé sorprendida y confusa por la última frase. Los piagnoni, aunque fanáticos, eran cristianos sinceros. Era verdad que Savonarola creía que el rey Carlos era el escogido de Dios para castigar a Italia por su perversidad, pero ¿por qué querrían convencer al duque de Milán? ¿Por qué el autor de la carta creía que los piagnoni eran los responsables de que un consejero convenciese a Ludovico contra Florencia?

Me intrigaba todavía más la caligrafía: clara, absolutamente vertical, las efes y las eles largas y adornadas, las enes chatas y anchas. La ortografía un tanto insegura. Pasó un momento antes de que recordase donde la había visto por última vez.

Saludos, madonna Lisa, desde Milán. Nuestro buen Lorenzo me ha encargado que pinte tu retrato…

43

Alcé la cabeza al oír que se abría la puerta; no alcancé a dejar la carta en la mesa antes de que entrase Giuliano.

Con una mirada culpable, advertí tres cosas en éclass="underline" primero, que se obligaba a sonreír a pesar de que había tenido un desagradable encuentro con mi padre; segundo, que la sonrisa forzada se esfumó cuando sus labios y sus ojos se abrieron al verme vestida solo con la camisa, y tercero, que en cuanto vio la carta en mi mano, la preocupación y el enfado consigo mismo se impusieron sobre las otras dos emociones.

Me arrebató la carta de inmediato. Con una voz sin el menor rastro de acusación, me preguntó:

– ¿La has leído?

– ¿Por qué querrían los piagnoni convencer a Ludovico Sforza? Creía que les interesaba más Dios que la política.

Frunció levemente el entrecejo mientras doblaba la carta y la dejaba sobre la mesa.

– Fui un tonto al no ocultarla. Un tonto. Pero me llamaron de improviso. Y creí que regresaría antes de que tú entrases…

– Conozco la letra de Leonardo. -Estaba decidida a no ocultarle nada-. Ahora soy tu esposa, y no debes preocuparte por lo que sepa. Sé contener la lengua.

– No es eso. El duque de Milán siempre ha ayudado a nuestra familia. Siempre ha sido nuestro mejor aliado. Podíamos confiar en él para el envío de tropas. Cuando asesinaron a mi tío Juliano, mi padre escribió al duque para solicitar su ayuda, y la recibió de inmediato. En cambio… -Miró a lo lejos, con el entrecejo fruncido, y continuó en un tono sombrío-: Ahora, cuando más lo necesitamos, nos ha retirado su apoyo. -Exhaló un suspiro-. Te he metido en medio de todo esto.

– No lo has hecho. Hubiese venido de todos modos. -Con la barbilla señalé la mesa donde él había dejado la carta-. Si estoy en peligro, es por lo que soy ahora, no por los hechos que guarde en mi memoria. Esto no significará ninguna diferencia.

– Lo sé -admitió Giuliano con un rastro de tristeza-. Me he dado cuenta de que si de verdad quiero que estés segura, lo mejor es ponerte bajo mi protección. -Consiguió sonreír-. Eres incluso más empecinada que yo. Al menos sé dónde estás. Te das cuenta… Seguro que te das cuentas de que las cosas pueden empeorar. Quizá debamos abandonar Florencia por un tiempo. No me refiero solo a instalarnos en algunas de nuestras casas en el campo. He mandado sacar de la ciudad muchos objetos preciosos, e incluso tengo preparadas mis cosas como medida de precaución… -Se apartó para mirarme con los ojos brillantes de Lorenzo, aunque su mirada era un tanto más abierta que la de su padre-. Podríamos ir a Roma, donde Giovanni tiene buenos amigos, y contaríamos con la protección del Papa. Es muy diferente a Florencia, calurosa y más poblada.

– No importa -dije con voz suave. Me acerqué a él. Era media cabeza más alto que yo, y su pecho más ancho que la distancia entre mis hombros. Seguía vestido con el ajustado farsetto de terciopelo rojo, que llevaba con la elegancia natural de un príncipe. No tenía la belleza clásica de su agente Leonardo. Su labio superior era delgado y tenía una pequeña cicatriz diagonal, consecuencia de alguna herida en la niñez; su barbilla sobresalía ligeramente, un esbozo de la deformidad de Lorenzo. El puente de la nariz era ancho y la punta ligeramente respingona; las cejas eran muy gruesas y oscuras. Cuando sonreía, se le hacía un hoyuelo en la mejilla izquierda. Se lo toqué con la punta del dedo, y él exhaló un largo suspiro.

– Eres increíblemente hermosa -declaró-. Aunque aparentemente parece que no lo sabes.

Apoyé mis manos en sus hombros.

– Tenemos todas las preocupaciones posibles: tu familia, mi padre, el rey Carlos, la Signoria, el duque de Milán, la propia Florencia. Ahora mismo, en este momento, no hay nada que podamos hacer al respecto. Solo podemos alegrarnos de que estemos juntos para enfrentarnos a ellas.

No tuvo más alternativa que inclinarse y besarme. Esta vez no nos retorcimos ni jadeamos en los brazos del otro, como habíamos hecho en el carruaje. Ahora éramos marido y mujer, por lo que nos acercamos el uno al otro con un sentimiento de gravedad. Me acostó cuidadosamente en la cama y se tendió a mi lado para deslizar sus manos por debajo de la camisa de seda y acariciar con sus palmas lentamente mi cuello, mis pechos, mi vientre. Temblé, y no fue solo por los nervios.

Con mucha osadía, pasé mis manos por sus hombros cubiertos con terciopelo, su pecho musculoso y la depresión en el centro. Entonces, deseando más, intenté torpemente quitarle el farsetto. Él se incorporó un poco.

– Por aquí -dijo, y acercó el cuello alto de la prenda.

Sin pensarlo, hice un chasquido con la lengua.

– ¿Qué te hace creer que sé cómo desabrochar una prenda de hombre?

– Habrás visto a tu padre…

– Lo viste su sirviente, no yo.

De pronto, se mostró encantadoramente tímido.

– Como hace el mío conmigo.

Nos echamos a reír.

Él miró hacia la puerta.

– Ah, no -le advertí-. Dijiste que soy más empecinada que tú. Deja que lo intente de nuevo.

Fue una larga batalla, pero al final, el farsetto se rindió, y también Giuliano.

En mi infancia, había tenido una experiencia de cariño, de entrega incondicional. Había estado gravemente enferma, hasta tal punto que los adultos a mi alrededor hablaban en voz queda de mi muerte. Recuerdo un peso terrible en el pecho, la sensación de ahogarme en mis propios fluidos, de no poder respirar.

Trajeron una tina de madera y calderos de agua caliente. Los vaciaron en la tina, y mi madre me metió en ella.

Una vez sumergida hasta el cuello en el agua, el vapor me acarició suavemente el rostro; su generoso calor penetró en mis huesos. Miré mi piel cada vez más roja, y pensé, como hacen los niños, que se fundiría a causa del calor. Cerré los ojos adormecida y sentí cómo mi piel se disolvía hasta que solo quedaba mi palpitante corazón y el agua. Todo el peso, toda la opresión había desaparecido en el aire.

Vivía. Respiraba.

Estar con Giuliano era lo mismo. Había calor; había entrega. Podía respirar.

– ¿Leonardo todavía está dispuesto a pintar mi retrato? -pregunté somnolienta, después de habernos agotado mutuamente. Yacíamos desnudos debajo de las finas sábanas y de una manta roja. Para entonces la tarde llegaba a su fin, y el sol de poniente se colaba entre las lamas de las persianas.

1 ... 56 57 58 59 60 61 62 63 64 ... 118
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)