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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– ¿Savonarola? ¿A Pisa? ¡Ahora se burlan de mí abiertamente!

– ¿No has leído la carta que te envié? -preguntó Giuliano con hastío.

Una vez más, Piero desvió la mirada.

– No tienes idea de lo ocupado que estaba. No se me puede culpar por pasar por alto un detalle.

– No la has leído -afirmó Giuliano sin perder la calma-. Si lo hubieses hecho, te habrías enterado de que la Signoria no estaba de acuerdo con la entrega de las fortalezas y el dinero. Los franceses se ríen de nosotros, hermano. No esperaban conseguir Sarzana, y mucho menos Sarzanella y Pietrasanta, junto con una montaña de oro. La Signoria tiene motivos para mostrarse furiosa. En mi carta te pedía que volvieses aquí de inmediato para que pudiésemos elaborar la estrategia más adecuada para tratar con ellos.

Piero se vino abajo. No comprendía los matices de la diplomacia y la negociación; no obstante, mantuvo una actitud de inútil desafío.

– Hermano -replicó en voz baja-. Tenía que ir solo. Tenía que hacer esto a mi manera; de lo contrario, ¿quién me respetaría? No soy como padre…

– Ninguno de nosotros lo es -le interrumpió Giuliano amablemente-. Pero entre los tres podemos igualarlo. -Esto lo dijo en una muestra de generosidad, porque Giovanni había vuelto a ocuparse del faisán, y escuchaba con el distanciamiento de un observador.

Todos guardaron silencio cuando entró un sirviente. Giovanni le ordenó que trajese bebida y comida para «nuestros dos amantes». La conversación se reanudó en cuanto se hubo marchado el sirviente.

Piero volvió a mostrarse indignado.

– Me detuve delante de nuestra casa cuando regresé a la ciudad; no soy idiota. Había una multitud que esperaba en el porche, ansiosa por escuchar mis palabras. Les comuniqué la buena noticia, que todo estaba en orden con Carlos. Hice exactamente lo que me habías aconsejado. Ordené que repartiesen dulces y sirviesen vino a los presentes, tal como hizo padre cuando regresó de sus negociaciones con el rey Ferrante. Pero, aparentemente, nadie estaba de humor para celebraciones. Bebieron mi vino y comieron mi comida, mientras me miraban en silencio, como si hubiese hecho algo malo.

»Después fui al palacio de la Signoria. -Era habitual que los miembros del gobierno de Florencia residieran en el edificio durante su mandato; comían e incluso dormían allí-. ¿Sabéis qué hicieron? ¡Me echaron! Enviaron a un sirviente a la puerta para que me dijese: «Vuelve mañana. Están cenando». ¡Le indiqué con un gesto lo que pensaba de ellos! No soy tonto. Estoy enterado de las protestas. No correré ningún riesgo. Me he puesto de acuerdo con Paolo. Ochocientos soldados de los Orsini, quinientos a caballo y trescientos de infantería, están acampados ahora en la puerta de San Gallo y solo esperan mi señal si se producen disturbios.

– ¿Quién te dijo que lo hicieses? -Giuliano se llevó las manos al rostro en una muestra de incredulidad y agravio, pero las apartó rápidamente.

– Dovizi.

Ser Piero Dovizi era el consejero principal de Piero.

– No sé cuántas veces te lo he dicho. ¡No puedes confiar en Dovizi! No creo que siga actuando en defensa de nuestros intereses -declaró Giuliano-. ¿No ves lo que parece? La Signoria y el pueblo ya están sobradamente furiosos contigo por haber actuado sin su aprobación, y ahora has traído a un ejército contigo. ¿Qué les impide creer que pretendes hacerte con el poder absoluto?

– ¡Nunca haría tal cosa!

– Ellos no lo saben. Nuestros enemigos aprovechan todas las oportunidades para alimentar los rumores. Tenemos que ser muy cautos, pensar en las consecuencias que puedan tener nuestras acciones. Cualquiera que viva cerca de la puerta de San Gallo verá a un ejército acampado. Saben que vienen los franceses, y que aquí esperan los soldados de los Orsini. ¿Qué creerán? -Giuliano sacudió la cabeza-. ¿Sabes lo que predicó Savonarola? ¿La semana pasada, después de que todos supiesen que los franceses habían saqueado Fivizzano y derramado mucha sangre inocente?

Yo pensé de inmediato en Miguel Ángel sentado discretamente entre la multitud en San Lorenzo, con el oído atento a todo lo que se decía.

– Dijo a sus feligreses que él había anunciado la llegada de Carlos dos años atrás, cuando mencionó que la espada de Dios bajaría de los cielos para destruir a todos los pecadores de Florencia. En otras palabras, destruirnos a nosotros, y a cualquiera que no esté de acuerdo con fray Girolamo. ¿No ves que Savonarola se aprovecha de sus temores, les hace creer que Francia y Florencia irán a la guerra? Eso es lo que precisamente creerán cuando vean a la tropa de los Orsini en la puerta. ¿Por qué no consultas conmigo antes de tomar esas decisiones?

Piero agachó la cabeza, y después miró hacia el fuego, sin el menor rastro de arrogancia o enojo.

– He intentado ser lo que nuestro padre quería que fuese. Pero por mucho que lo intente, fracaso. Hice lo que me dijiste: intenté negociar un paso libre con el rey Carlos, y ahora Alfonsina está furiosa conmigo, ni siquiera me habla. Tengo la impresión de que se quedará en Poggio a Caiano para siempre. Tuve que mentirle a Paolo Orsini para conseguir las tropas; no sabe mis intenciones de dar paso libre a Carlos. El Papa nos aborrecerá cuando se entere. ¿Qué debo hacer?

– Para empezar, controla tu temperamento -dijo Giuliano con sentido práctico-. Se acabaron los gestos escandalosos. Esta noche hablaremos de cuál es el mejor modo de abordar a los miembros del gobierno, y mañana iremos juntos a la Signoria. Ya nos ocuparemos más tarde de buscar el perdón de Alfonsina, los Orsini y el Papa. Florencia es lo primero.

– Al menos, tú puedes mantener la cabeza serena -dijo Piero con anhelo, a modo de capitulación.

Llamaron a la puerta; entró una criada con el vino y las copas, a la cabeza de una procesión de sirvientes con platos de aves, liebre y venado, quesos, dulces y todas las exquisiteces imaginables. Piero acabó por sentarse y comer con nosotros, pero continuó preocupado, sin hacer ningún intento por sumarse a nuestra charla. Yo comí, pero como a Piero, me embargaba la preocupación, y mi mirada continuaba fija en Giuliano.

Aquella noche, esperé sola en el dormitorio de Lorenzo mientras mi marido conferenciaba con sus hermanos sobre la mejor manera de tratar con la Signoria. Yo estaba absolutamente agotada; no había dormido la noche anterior, y entonces tampoco conseguía conciliar el sueño. Además del pesar por mi padre, extrañaba terriblemente a Zalumma, y me volvía loca intentando adivinar qué castigo sería capaz de aplicarle por conspirar conmigo. También me preocupaba lo que pudiese pasarle a Giuliano cuando fuese con su hermano a la Signoria; había decidido convencerlo para que no fuese -al demonio con Florencia- o que me dejase acompañarlo. Me dominaba el miedo infantil de que si lo dejaba ir, quizá nunca volvería a verlo.

Permanecí arrebujada en la cama, con los ojos muy abiertos. La luz de la lámpara y de las llamas en el hogar proyectaban sombras en las paredes y en la pintura de la batalla de San Romano. Miré durante mucho rato al heroico capitán, de la misma manera que seguramente había hecho Lorenzo durante muchos años.

El fuego ardía con fuerza -los sirvientes de los Médicis no escatimaban la leña- y comencé a sudar debajo de las mantas de terciopelo y las pieles. Me levanté y fui a abrir la ventana.

En el exterior, las nubes ocultaban las estrellas; en el aire frío se olía la lluvia. Asomé una mano, y al retirarla, la tenía empapada.

«Ecce eso adducam aquas super terram», susurré inconscientemente. «Mirad, traigo una riada de aguas sobre la tierra.»

45

Giuliano volvió poco antes del alba. La lámpara continuaba encendida, y su luz alumbró las finas arrugas alrededor de sus ojos; unos ojos que podrían ser los de un hombre diez años mayor que él. No le hablé de política, de sus planes para tratar con la Signoria o de mi deseo de que no fuese. En cambio, lo tomé en mis brazos y lo amé. Era lo que merecía y necesitaba.

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