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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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A pesar de los nervios y su juventud, Giuliano era dueño de sí mismo; se volvió hacia Miguel Ángel con la seguridad de un hombre que ya ha asumido muchas responsabilidades en su vida.

– El anillo -dijo. No había podido ofrecerme el vestido, una gran catedral llena de invitados o la bendición de mi padre, pero se las había arreglado para darme todo lo que podía.

Miguel Ángel le dio el anillo. Había una confianza en su trato que me llevó a pensar que habían sido amigos íntimos, casi hermanos, durante un tiempo, dedicados ambos a las mismas causas, y compartido los mismos secretos. Esto también me preocupó.

Giuliano sujetó mi mano y deslizó el anillo en mi dedo. La sortija cumplía con la ordenanza de la ciudad referente a los anillos de boda, que debían ser delgados y carentes de cualquier adorno. Me iba grande, así que él cerró el puño sobre mi mano para mantenerlo en su lugar, y después me susurró:

– Tus manos son incluso más delgadas de lo que creía; haremos que lo retoquen.

Le hizo un gesto al sacerdote, y comenzó la ceremonia.

No recuerdo ninguna de las palabras que pronunció, pero Giuliano le respondió con voz clara y firme, mientras que yo tuve que aclararme la garganta y repetirlas para hacerme escuchar. Nos arrodillamos delante del altar de madera donde Cosme, Piero, Lorenzo y Juliano el mayor habían rezado. Yo recé, no solo por ser feliz con mi flamante esposo, sino también por su seguridad y la de su familia.

Acabó la ceremonia y me encontré casada -en extrañas e inciertas circunstancias-, al menos a los ojos de Dios, aunque no a los ojos de mi padre o de Florencia.

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Acabada la ceremonia, fuimos a la antecámara de los aposentos de Lorenzo donde, tres años atrás, el Magnífico me había animado a tocar la copa de Cleopatra. Aquella joya de la Antigüedad ahora había desaparecido, junto con casi todas las colecciones de monedas, gemas y estatuas. Solo quedaba una caja con camafeos y tallas; los cuadros aún colgaban en las paredes, y habían servido el vino en copas talladas en piedras semipreciosas con incrustaciones de oro.

En un rincón de la habitación, dos músicos tocaban el laúd; en la mesa adornada con flores había platos con higos, quesos, frutos secos y pasteles. Laura me sirvió un plato, que no pude probar, pero por primera vez en mi vida, bebí vino sin diluir.

Le pregunté de nuevo a Laura si ya había llegado Zalumma. Aquella era una modesta celebración en la que participábamos mi marido, Miguel Ángel y yo; el sacerdote ya se había marchado.

Torpemente, después de recibir un codazo por parte de Giuliano, Miguel Ángel levantó la copa -de la que aún no había bebido- y propuso un brindis.

– Por los flamantes esposos. Que Dios os dé un centenar de hijos sanos.

Durante una fracción de segundo, el escultor me sonrió tímidamente. Bebió un sorbo y dejó la copa. Yo también bebí; un buen trago. El vino, astringente en mi lengua, me calentó a medida que bajaba.

– Con vuestro permiso, dejaré a la feliz pareja -añadió el artista, y se marchó sin demora, obviamente ansioso por verse libre de las obligaciones sociales.

En cuanto salió, me volví hacia Giuliano.

– Le temo -dije.

– ¿Temes a Miguel Ángel? ¡Bromeas! -Mi esposo sonrió; había recuperado el control de sus nervios y hacía todo lo posible por parecer relajado-. ¡Nos criamos como hermanos!

– Eso es precisamente lo que me preocupa. Aumenta los peligros que te acechan. Tú sabes que mi padre me obliga, me obligaba, a asistir a los sermones de fray Girolamo. He visto al escultor presente en casi todos ellos. Es uno de los piagnoni.

Giuliano bajó la mirada; su expresión se volvió pensativa.

– Uno de los piagnoni -repitió en tono neutro-. Permíteme que te haga una pregunta: ¿Si te vieses amenazada por los piagnoni, cuál sería la mejor manera de protegerte de ellos?

– Con guardias -respondí. Había bebido más vino de lo que solía, y la ansiedad me impedía pensar con claridad.

Las comisuras de los labios de Giuliano se curvaron.

– Sí, siempre se puede apelar a los guardias. Pero ¿no es mejor saber qué planean tus enemigos, y quizá encontrar el modo de utilizarlos a tu favor?

– Así que… -comencé, con la intención de decir despreocupadamente, «Miguel Ángel es tu espía». Pero llamaron a la puerta antes de que pudiese acabar la frase.

Esperaba que fuese Laura, que venía a comunicarme que había llegado Zalumma. Pero se trataba de un sirviente; su expresión era grave.

– Perdona la intrusión, ser Giuliano. -Su bien modulada voz apenas era audible-. Ha llegado un visitante. Se requiere tu presencia de inmediato.

Mi marido frunció el entrecejo.

– ¿Quién es? Ordené que no…

– El padre de la señora.

– ¿Mi padre? -Fue todo lo que pude decir antes de que el terror me dejase muda.

Giuliano le hizo un gesto al sirviente y apoyó un brazo sobre mis hombros para consolarme.

– No pasa nada, Lisa. Me lo esperaba, y estoy preparado para hablar con él. Lo tranquilizaré, y cuando se haya calmado, mandaré llamarte. -En voz baja, le ordenó al sirviente que se quedase conmigo hasta que volviese Laura, y la informase que debía hacerme compañía. Luego me dio un suave beso en la mejilla y se marchó.

No me quedó más remedio que pasear nerviosamente por la extraña y al mismo tiempo conocida habitación; bebí un último sorbo de vino de la hermosa copa de calcedonia, y la dejé en la mesa. La bebida no calmaría mi miedo. También me sentía furiosa, colérica porque no podía decidir mi propio destino y debía esperar a que los hombres discutiesen y decidiesen por mí.

Continué con ese ir y venir, acompañada por el susurro del roce de la falda contra el suelo de mármol. No sé cuántas veces recorrí la habitación de un extremo a otro antes de que se abriera de nuevo la puerta.

Laura cruzó el umbral. Su expresión era reservada, y después de que el sirviente le hubo transmitido la orden de Giuliano, se acentuó aún más. Se marchó el sirviente, y de inmediato le pregunté:

– Zalumma no ha venido, ¿verdad?

Ella me miró con desgana.

– No. A nuestro cochero lo enviaron de regreso sin ella. Perdóname por no habértelo dicho antes, madonna. Me enteré antes de la ceremonia, pero hubiese sido una crueldad inquietarte en ese momento.

La noticia me conmocionó. Amaba a Giuliano y no lo dejaría, pero no podía imaginar cómo sería mi vida si mi padre le prohibía a Zalumma reunirse conmigo. Había asistido a mi nacimiento, y era mi mayor vínculo con mi madre.

Transcurrió casi una hora. Me negué a comer y a beber mientras esperaba sentada en una silla con Laura a mi lado, que me susurraba palabras de aliento.

No las escuchaba; hablaba conmigo misma, muy severamente. Ahora tenía que pensar en los sentimientos de mi marido. Por el bien de Giuliano, me mostraría juiciosa, serena y cortés, con independencia de lo que pudiese suceder.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por un sonoro golpe: algo había golpeado las persianas de madera que cerraban la ventana. Laura se apresuró a abrirlas, y luego se apartó rápidamente cuando se escuchó otro fuerte golpe; esta vez en la pared, debajo de la ventana.

Me levanté y me acerqué a Laura para mirar al exterior.

Mi padre, con los cabellos todavía húmedos de los baños, se agachaba en plena vía Larga para coger otra piedra. Se había apeado del carro sin molestarse en sujetar las riendas. El caballo, confuso, avanzó unos pasos y después retrocedió: el cochero del carro que estaba detrás, maldijo sonoramente.

– ¡Eh, tú! ¡Deja paso, deja paso! ¡No puedes parar el carro en medio de la calle!

Mi padre no pareció verlo ni escucharlo. Mientras recogía la piedra, uno de los guardias del palacio le gritó:

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