Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El secreto de Mona Lisa
El secreto de Mona Lisa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
1 ... 51 52 53 54 55 56 57 58 59 ... 118
Перейти на страницу:

Allí, esperándonos, estaba el conde Giovanni Pico. Su aspecto me conmocionó. Había ido casi cada noche a mi casa durante los últimos meses, pero no había salido de mis habitaciones para verlo. En aquel momento vi que había envejecido terriblemente; tenía la piel grisácea y su cuerpo se reducía a piel y huesos. Se apoyó en un bastón, en un intento por levantarse cuando nos vio, pero sus miembros temblaban tanto que abandonó el esfuerzo. Mi padre se sentó a su lado, y comenzaron a conversar en susurros. Mientras los miraba, atisbé una figura conocida detrás de ellos: Miguel Ángel. Vestido de negro, era obvio que se había sumado a las filas de los piagnoni. La severidad de su atuendo acentuaba la oscuridad de los ojos y del pelo, la exagerada altura de la pálida frente y su pequeña barbilla. Al verme, agachó la cabeza como si sintiese vergüenza.

No sé cuánto tiempo esperamos a que comenzase la misa; solo sé que me pareció una eternidad, y que recé muchas oraciones por Giuliano. Temía más por su vida que por la mía.

Por fin, comenzó la procesión. El humo del incienso se esparcía por el aire. Los fieles, el coro, incluso el sacerdote, parecían mareados. De forma mecánica fuimos siguiendo los pasos del oficio, murmuramos las respuestas sin escucharlas, sin pensar en su significado. Nuestras mentes estaban centradas en una única cosa: la aparición del profeta.

Incluso a mí -pecadora, escéptica, amante de los Médicis y su arte pagano- me resultó insoportable la agonía de la espera. Cuando por fin el profeta subió los escalones del púlpito, yo, Pico, mi padre, Zalumma, y todos los demás presentes en la catedral, incluido el sacerdote, contuvimos la respiración. El silencio que se hizo en aquel momento parecía imposible, dado que había más de mil personas apretujadas hombro contra hombro en el interior, y varios miles más en las escalinatas y la plaza; sin embargo, el único sonido, mientras Savonarola observaba a los reunidos, era el lejano rumor de los truenos.

Después de meses de soledad y ayuno, fray Girolamo estaba pálido como un fantasma y tenía los pómulos muy marcados. Ese día, no había confianza en sus grandes ojos, solo agitación y pesar; su sobresaliente labio inferior temblaba como si estuviese haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas. Tenía los hombros caídos, y sus manos se aferraban al borde del púlpito con desesperación, como si estuviese soportando un enorme peso.

Las palabras que estaba a punto de pronunciar eran, para él, una terrible carga. Se pasó los huesudos dedos por los desgreñados rizos negros y después los entrelazó con fuerza al tiempo que soltaba un gemido.

El largo silencio posterior se hizo intolerable. El profeta nos había hablado de Noé, nos había urgido a subir al arca de Dios para protegernos del inminente diluvio. ¿Qué nos diría ahora?

Finalmente abrió la boca, y gritó con una voz tan aguda como conmovedora:

– Ecce ego adducam aquas super terram. ¡Mirad, traigo una inundación sobre la tierra!

Los gritos resonaron en el inmenso santuario. Delante de nosotros, a los lados, hombres y mujeres se tambalearon en los asientos y cayeron al suelo. Zalumma buscó mi mano y la apretó hasta que me dolió, como si quisiese decirme: «No te dejes atrapar por esto. No te conviertas en parte de esta locura».

A mi derecha, mi padre y Pico comenzaron a llorar; mi padre en silencio, Pico en sonoros y desgarradores sollozos. No eran los únicos; muy pronto se les unió un coro de llantos y piadosas llamadas a Dios.

Incluso el profeta no pudo contenerse más. Se tapó el feo rostro con las manos y lloró; su cuerpo se convulsionaba por el dolor.

Pasaron varios minutos antes de que fray Girolamo y los feligreses recuperasen el control de sus emociones; no recuerdo qué dijo después. Solo sé que por primera vez tuve la certeza de que la Florencia que yo conocía podía desaparecer; y con ella, Giuliano.

38

Aquella noche, cuando por fin me dormí, soñé que me encontraba en la basílica de San Marcos, cerca del altar donde Cosme estaba enterrado. En el templo no cabía nadie más; los fieles, impacientes por escuchar al profeta, los cuerpos apretujados, sudorosos, me aplastaban más y más, hasta que apenas podía respirar.

En medio de aquella terrible desesperación, me di cuenta de que el corpachón que se apoyaba contra mí por la izquierda era el de fray Domenico. Intenté apartarme llena de repugnancia y odio, pero unas formas sin rostros me empujaron, sujetaron mis miembros, me aprisionaron.

«¡Suéltalo!», exclamé, sin darme cuenta de que gritaba, sin comprender mis propias palabras hasta después de decirlas; porque fue entonces cuando vi a mi Giuliano, cargado sobre la gran espalda del monje, con la cabeza colgando casi hasta las rodillas de Domenico, y el rostro oculto.

Abrumada por el terror, oprimida por todos aquellos cuerpos, grité de nuevo a fray Domenico: «¡Suéltalo!».

Pero el gigantesco monje parecía sordo además de mudo. Mantuvo la mirada fija al frente, hacia el púlpito, mientras Giuliano -todavía suspendido cabeza abajo, con los cabellos colgando y las mejillas arreboladas- volvió su rostro hacia mí.

«¿Ves como todo se repite, Lisa? -Sonrió-. Todo se repite.» Me desperté aterrada. Zalumma, de pie a mi lado, susurraba palabras tranquilizadoras. Aparentemente, había gritado en sueños.

A partir de aquel momento, me sentí como Pablo de Tarso. Había caído la venda de mis ojos, y ya no podía fingir que no veía. La situación con Giuliano y su familia era muy precaria. Florencia se tambaleaba ante el abismo del cambio, y no podía esperar que llegasen circunstancias más propicias. Quizá nunca llegarían.

El alba me ofreció luz suficiente. Escribí otra carta; esta únicamente de dos frases.

Dime un lugar y una hora; o no, si no quieres tenerme. En cualquier caso, muy pronto iré a ti.

Esta vez ni siquiera a Zalumma le diría lo que había escrito.

Pasó una semana. Mi padre, que se deleitaba contándome los fracasos de Piero de Médicis, tenía noticias frescas que transmitirme: uno de los enviados de Carlos había llegado a nuestra ciudad para exigir de la Signoria que se le concediese al monarca francés paso libre a través de Florencia. Reclamó una respuesta inmediata, dado que el rey no tardaría en llegar.

La Signoria no podía dársela, puesto que sus miembros estaban obligados a obtener primero la autorización de Piero, pero este estaba todavía atrapado en la duda por culpa de los consejos contradictorios; no podía dar una respuesta inmediata.

El enviado se marchó furioso y, transcurrido un día, se prohibió la entrada a Francia a todos los comerciantes florentinos. Las tiendas de la vía Maggio, que dependían casi exclusivamente del comercio con Francia, cerraron de inmediato.

«La gente no puede alimentar a sus familias», dijo mi padre. No mentía. Nuestro propio negocio había sufrido muchas pérdidas; nos veíamos obligados a vivir con raciones más magras, a pesar de que hacía tiempo que habíamos renunciado a la carne. Sus trabajadores -los esquiladores, los cardadores, los peinadores, los hiladores y los tintoreros- pasaban hambre.

Todo era culpa de Piero de Médicis. Para prevenir una rebelión, había doblado el número de guardias que custodiaban la sede del gobierno, el palacio de la Signoria, y también la guardia de su propia casa.

Escuchaba pacientemente las quejas de mi padre. Escuchaba las protestas de los sirvientes, pero no me inmutaba.

Incluso Zalumma me miró significativamente y dijo: «En estos tiempos, no es seguro ser amigo de los Médicis».

No me importó. Mi plan estaba preparado, y no tardaría en llegar el momento de ponerlo en marcha.

39

A finales de octubre, Piero decidió finalmente hacer caso omiso de sus consejeros y viajó al norte durante tres días, acompañado por unos pocos amigos. Su destino era la fortaleza de Sarzana, donde había acampado el rey Carlos con su ejército. Inspirado por el difunto Lorenzo, que una vez fue solo a entrevistarse con el rey Ferrante y con su singular encanto evitó la guerra con Nápoles, Piero esperaba que su valiente gesto salvase a Florencia de correr el mismo destino que Rapallo.

1 ... 51 52 53 54 55 56 57 58 59 ... 118
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)