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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– ¿Qué hay de los piagnoni? -pregunté para volver al principio-. ¿Savonarola tiene objetivos políticos? ¿Quiere Florencia para él… y quizá también Milán?

Me miró con una expresión ceñuda.

– Es algo más complicado. Tengo agentes que tratan…

Uno de ellos era Leonardo.

– ¿Hasta qué punto es complicado? Tengo tiempo…

Nos interrumpió una llamada a la puerta del dormitorio, y una voz masculina.

– Ser Giuliano.

– ¿Sí?

– Tu hermano ha regresado de Sarzana. Te espera en el comedor.

– Dile que ahora mismo voy.

Yo ya había saltado de la cama y me estaba poniendo la camicia. Giuliano me miró; después miró las polainas y el farsetto, hechos un amasijo cerca del hogar, y otra vez a mí.

– Que vengan Laura y mi ayuda de cámara -ordenó-. Necesitamos ayuda para vestirnos.

44

Una vez vestidos, Giuliano me llevó escaleras abajo a través de la enorme y silenciosa casa; nuestras pisadas resonaban en el mármol reluciente. Los pasillos parecían más vacíos de lo que los recordaba. Se habían llevado la mayoría de las obras de arte.

– Quizá no debería ir -susurré, con mi brazo enlazado en el suyo-. Piero querrá hablar de asuntos políticos.

La verdad es que me inquietaba la perspectiva de conocerle. A pesar de las afirmaciones de Giuliano, no estaba muy segura de que el mayor de los hermanos Médicis hubiese aceptado totalmente nuestro matrimonio. Ya había tenido un desagradable encuentro con mi padre y no estaba de humor para soportar otro con Piero. Giuliano pareció leerme el pensamiento.

– Es verdad, al principio mi hermano no quiso ni oír hablar de nuestro casamiento. Pero insistí. Le convencí de su conveniencia política. Después de todo, los ciudadanos se quejaban de que Piero fuese hijo de una Orsini, y que también se hubiese casado con una. Le dije: «Ya tienes una fuerte alianza con los nobles Orsini, y Giovanni es cardenal. Cosa que convierte al Papa y a la Iglesia en nuestros aliados. Ahora es el momento de unirnos al pueblo para mostrar que no nos consideramos miembros de la realeza, como dicen». Finalmente me escuchó. Si bien Alfonsina y Giovanni no están de acuerdo, no tengo ninguna duda de que acabarás ganándotelos con tu encanto.

Nos detuvimos delante de una gran puerta de madera tallada. Giuliano la abrió y me invitó a pasar primera.

Me recibieron el calor y la luz. En la pared opuesta, un gran fuego ardía en la enorme chimenea; en la larga mesa de comedor había un candelabro con más de una docena de velas que llenaban el aire con el olor de la cera fundida. En todas las paredes había frescos con escenas bucólicas: Baco con racimos de uva, ninfas y sátiros que bailaban al son de la flauta de Pan.

Había dos hombres en la habitación. Uno se paseaba delante del fuego y acompañaba sus palabras con ampulosos gestos. Vestía como un príncipe, con una túnica de terciopelo color zafiro y vivos de satén rojo. Una enorme amatista colgaba de la gruesa cadena de oro que llevaba alrededor del cuello, y los diamantes en sus dedos resplandecían con la luz de las llamas. Tenía los hombros anchos, la cintura estrecha, y las polainas resaltaban los poderosos muslos y las musculosas pantorrillas. No costaba mucho imaginárselo jugando a la pelota en las calles.

– ¡Cómo se atreven a insultarme de esta manera! -protestó amargamente-. ¡Cómo tienen el atrevimiento cuando acabo de salvar a la ciudad! Merezco que me reciban como a un héroe, y en cambio… -Nos miró con una expresión ceñuda, molesto por la interrupción.

El segundo hombre estaba sentado a la mesa. Mostraba una expresión impasible mientras cortaba meticulosamente la carne de un faisán asado. Vestía la túnica roja de un cardenal, un gorro de seda roja, y en un dedo llevaba un rubí; cuando entramos, se volvió a medias en la silla para mirarnos mejor. Todo en él era grueso y grande: los dedos, los labios, la cabeza y el pecho. Dejó el cuchillo y se levantó.

– ¡Giuliano! ¿Quién es ella? -Se mostró sorprendido, pero no descortés. La voz era profunda y muy agradable, a pesar de su rostro feo y de la mirada suspicaz de sus ojos pequeños.

– ¿Quién es ella? -repitió Piero, como un eco de su hermano. Se acercó a la luz del candelabro, y vi su rostro, muy parecido al de su madre, con los labios delgados y la barbilla débil.

– Piero, te hablé de ella. Es mi esposa, madonna Lisa di Antonio Gherardini. Lisa, él es mi hermano Piero di Lorenzo de Médicis.

La respuesta de mi marido fue como un jarro de agua fría para Giovanni.

– ¿Antonio el comerciante de tejidos? ¿Se trata de una broma?

– No insultes a mi esposa -respondió Giuliano en tono amenazador-. Los Gherardini son una buena familia. Piero nos dio su permiso para casarnos hace ya tiempo.

Piero descartó la respuesta con un ademán.

– Te di permiso, pero no es este el mejor momento para conocer a la joven dama, cuando nos atacan por todos los flancos… -Me dedicó un saludo de trámite-. Perdónanos, madonna. Tenemos que hablar de cuestiones muy urgentes y privadas. Giuliano, nos la presentarás más tarde.

– Ella no va a ninguna parte, hermano. Pertenece a la familia. El sacerdote nos casó esta mañana.

Piero soltó una débil exclamación. Giovanni se dejó caer en la silla y se llevó una mano a su descomunal pecho. Fue el primero en hablar, con esa voz melodiosa que, a pesar de la agitación, resultaba grata escuchar.

– Tendrás que pedir la anulación. No puedes desperdiciar el semen de los Médicis con una plebeya.

Me sonrojé. La ira hizo que me olvidase de los nervios.

– No es una plebeya -replicó Giuliano, colérico-. Es mi esposa, y se queda aquí, bajo el techo de su marido. Se ha consumado el matrimonio, y no toleraré que se hable de nuevo de una anulación. -Se volvió hacia Piero-. En cuanto a nuestra conversación, ella ya lo sabe todo, así que se quedará. Ambos le daréis un beso y la bienvenida a la familia.

Giovanni se levantó y me miró con curiosidad mientras se acercaba y me cogía las manos; las suyas eran suaves y carnosas. Con un súbito y espontáneo encanto, me sonrió.

– Te daré un beso porque eres muy hermosa, Lisa. -Luego enarcó una ceja y, con una mirada a Giuliano, agregó-. Pero no me costaría nada hacer los arreglos…

– Ni lo menciones -le advirtió Giuliano.

– En ese caso -continuó Giovanni con una resignada diplomacia-, ven a sentarte a mi lado, Lisa. Tú también, Giuliano. Entonces, esta es vuestra fiesta de boda, ¿no? Después de la consumación, se impone una fiesta. Llamaré a los sirvientes. -Se levantó y tiró de un cordón que colgaba de una abertura en la pared, después volvió a sentarse y nos invitó con un gesto a que lo imitásemos.

Piero estaba demasiado nervioso para ofrecerme su mano o darme un beso. Permaneció en el lado puesto de la mesa mientras Giuliano y yo nos sentábamos junto al cardenal.

– Los saludos tendrán que esperar -manifestó-. Acabo de estar en la Signoria. -Abrió los brazos en un gesto de rabia, como si dijese: «Les he dado todo… ¿qué más quieren?»-. He salvado Florencia, la he salvado con el pequeño coste de unas pocas fortalezas y un puñado de ducados…

– ¿Cuántos? -preguntó Giuliano.

La voz de Piero bajó de volumen bruscamente.

– Doscientos mil.

Giuliano no reaccionó. Se limitó a mirar a su hermano fijamente; era obvio que ya lo sabía.

Giovanni dejó la copa en la mesa con tanta violencia que se derramó el vino.

– ¡Por los clavos de Cristo! -maldijo el cardenal-. ¿En qué estabas pensando? ¡No me extraña que la Signoria no quisiera hablar contigo! No me asombra en absoluto que enviasen a ese imbécil de Savonarola que no hace más que hablar del Juicio Final a Pisa. A Pisa.

Piero se volvió hacia él, desconcertado.

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