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El Jardinero Nocturno

Электронная книга - «El Jardinero Nocturno». Краткое содержание книги:

La obra maestra de pelecanos y la que le convirtió un Best-Séller en Estados Unidos.
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…
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Cook miró el mostrador. Tenía uno de esos pastilleros con compartimentos separados para los días de la semana. Dos pastillas en cada uno. Para que no se le olvidara tomar la medicación, o para que no se tomara doble dosis por equivocación. A eso había llegado. Si sobrevivía al siguiente derrame, seguramente acabaría convertido en uno de esos viejos que no se pueden ni mover. Entonces tendrían que mandarle a alguien que le bañara y le pusiera un babero para comer. Enviarían a alguna pobre inmigrante para que le lavara el culo a un viejo.

Antes se pegaría un tiro. Pero eso sería otro día.

Holiday le había llamado. Cook llamó a continuación a un viejo amigo del Distrito Cuatro, de quien había sido mentor a principios de los ochenta. Ahora era teniente. Cook le explicó que un oficial de la comisaría del Distrito Cuatro había tenido un detalle con su sobrina y la chica quería escribirle una carta de agradecimiento, pero que sólo se acordaba del número de su coche patrulla. Cook no tenía ninguna sobrina y, por la vacilación del teniente, supo que se había olido la mentira. Pero el hombre le pasó la información igualmente. Cuando Cook le preguntó por el horario del agente, el teniente le dijo, tras una larga pausa, que aquel día tenía el turno de ocho a cuatro.

Cuando Holiday llegara se pondrían a trabajar. El joven llevaba mucho equipaje a cuestas, pero tenía energía y pasión. Tal vez entre los dos dieran con la clave de aquel asunto.

Cook fue a su coche, un Mercury Marquis dorado con una pegatina de la estrella azul de la policía en el parabrisas trasero. Imaginaba que Holiday y él trabajarían hasta tarde y que llevarían dos coches. Abrió el maletero, a pesar de saber que sus cosas seguirían allí, que no las había movido, pero estaba algo nervioso y quería echar un vistazo de todas formas.

Allí guardaba los útiles del coche, el aceite, el anticongelante, cables, líquido de frenos, trapos, un juego de reparación de pinchazos y un gato. Una caja de herramientas y otra que contenía una cinta métrica de treinta metros, cinta adhesiva, prismáticos de 10 x 50, unas gafas de visión nocturna que no había usado jamás, una caja de guantes de látex, una porra extensible, unas esposas Smith and Wesson, varias pilas, una cámara digital que no sabía utilizar y una linterna de acero Streamlight Stinger recargable, que podía hacer las veces de arma. En el maletero también había una palanca de acero.

Todo estaba en su sitio. Holiday aún tardaría en llegar, de manera que volvió a su casa para sacar la treinta y ocho y el kit Hoppe. Había llegado el momento de limpiar su pistola.

Michael Mikey Tate y Ernest Nesto Henderson se encontraban en un bonito Máxima negro, el nuevo modelo con los cuatro tubos de escape, en un parking de la zona comercial de Riggs Road, en Northeast D.C., no lejos de la línea Maryland. Había un bazar, una casa de empeños, una tienda de licores, un bar mexicano, otro de bocadillos y comida china, un cajero automático y dos peluquerías, una especializada en uñas y la otra, llamada Hair Raisers, conocida por sus trenzas y sus extensiones. Chantel Richards trabajaba en Hair Raisers. Henderson la veía en el escaparate frontal, detrás de una mujer, ambas moviendo los labios mientras Chantel trabajaba. Era Henderson el que realizaba la mayor parte de la vigilancia. Tate hojeaba el último Vogue.

– Joder, sí que está buena -exclamó Henderson.

– Es mucha mujer. -Tate alzó la vista. Llevaba unos tejanos holgados, una camisa Lacoste de manga larga y zapatos a juego con cocodrilitos cosidos a los lados.

– Y muy alta. -Henderson llevaba una gorra azul de los Nationals, no porque siguiera el béisbol, sino porque el color hacía juego con su camisa. La gorra estaba ligeramente ladeada.

– Con ese pelo parece más alta. Además, llevará tacones. A las tías les gusta lo de hacerse más altas. Así parecen más delgadas.

– Pues tiene curvas donde hay que tenerlas.

– Viste bien para el tipo que tiene.

– ¿Dónde has leído eso, en una revista de tías?

– Yo sólo digo que ha conseguido el efecto que buscaba. -Tate se fijaba en la ropa de las mujeres, los zapatos y las joyas, su porte, todo eso. Le interesaba, nada más. Pero no hablaba mucho del tema con Nesto, que pensaba que leer revistas sobre esas cosas, o de hecho leer cualquier cosa, era de maricas.

– Me tienes preocupado, chaval.

– Sólo admiraba su estilo, nada más.

– Sí, ya, pues ya la hemos admirado bastante.

– No, si yo también estoy harto. Me duele el culo de estar aquí sentado.

– ¿Seguro que no te duele por otra razón?

– ¿Eh?

– ¿No será que alguien te ha estado metiendo su cosita?

– Vete a la mierda, tío.

– Te pasas la vida leyendo revistas de moda. Me preocupa.

– Yo por lo menos sé leer.

– Mientras te dan por detrás.

– Venga ya, Nesto.

Eran compañeros, pero tenían poco en común. Michael Tate consideraba que se encontraba en un punto transitorio hacia el lugar que le estaba reservado. Era como todos esos camareros de Nueva York sobre los que había leído, que no eran camareros de verdad, sino actores intentando alcanzar la fama en el cine o la televisión. Así se consideraba Tate. Claro que él no estaba dispuesto a trabajar por un sueldo mínimo hasta que pudiera triunfar. De ninguna manera iba a salir de casa sin un buen atuendo o dinero en el bolsillo. Él era así. Así que ahí estaba.

William, su hermano mayor, ahora en la cárcel, estaba en el bisnes con Raymond Benjamin cuando eran jóvenes, y cuando Benjamin salió de la cárcel, empleó a Michael.

Pero Michael Tate no era tonto y sabía que el dinero que hacían, aunque no estaba nada mal, no era más que calderilla comparado con lo que ganaban los diseñadores de moda. Qué coño, si unos raperos de mierda podían conseguirlo, ¿por qué no él?

La cuestión era: ¿cómo llegar de un punto al otro? Suponía que la manera de empezar era sacarse el certificado escolar. Pero ése era un tema sobre el que reflexionaría en otro momento.

Por ahora ahí estaba con Nesto Henderson, en un parking de mierda, vigilando a una tía que seguramente no había hecho daño a nadie. Aguantando que le llamara «maricón» un palurdo que no se comía una rosca y que le insultaba sólo por leer revistas. Y para colmo, se estaba muriendo de hambre.

– Tengo hambre.

– Pues vete a aquel bar y píllate una hamburguesa con queso o algo. Ya puestos, tráeme a mí una también.

– Pero ¿cómo eres tan gilipollas? No te puedes pedir una hamburguesa en un bar donde hay comida china. Y no se puede comer comida china en un bar que vende hamburguesas.

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