Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Aire muerto [Dead Air - es]
Aire muerto [Dead Air - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
1 ... 50 51 52 53 54 55 56 57 58 ... 95
Перейти на страницу:

—Me cago en Dios Todopoderoso. —Me dejé caer de espaldas sobre la cama. El corazón me martilleaba como un motor, respiraba como si acabara de correr una maratón—. Dios…

Jo me abrazó y me acunó.

—No pasa nada. Todo va bien. Tranquilízate, tranquilo…

—Oh…

—No eres tú.

—Joder.

—¿Ya está?

—Sí. Ahora sí. Ya estoy bien.

Solo que no estaba bien.

Jo se durmió enseguida pero yo me pasé mucho, muchísimo rato mirando el dormitorio a oscuras y ligeramente inclinado, tragando fuerte, oliendo la vaharada ocasional de aguas residuales y podredumbre que llegaba desde el lodo del canal, al acecho de burbujeos de mal augurio provenientes de la sentina, buscando a los matones escondidos entre las sombras y temblando mientras la capa de sudor de mi piel se iba secando.

Esperé tumbado la llegada del amanecer y la subida de la marea, esperé a que las aguas volvieran a subir y nivelaran de nuevo el Bella del templo, amortiguando el leve olor a muerte y restaurando el equilibrio.

—¿Hola?

—Hola, señora C.

—¡Oh! ¿Es el hombre de la radio? ¿Cómo estás, Kennit, cariño?

—Un poco resfriado, pero aparte de eso, bien. Y mucho mejor ahora que hablo con usted, señora C. ¿Cómo está? ¿Tan guapa y atractiva como siempre? ¿Tan guapa y atractiva como la última vez que la vi? Fue en la noria, ¿verdad?

—Ah, tesoro, mucho más. ¡Muchísimo más! Eres terrible. Se lo diré a mi hijo y, cuidado, que igual no me quedo en eso.

—No debe contárselo, señora C. La pasión incontrolada que siento por usted debe mantenerse en secreto, de lo contrario Ed podría sentirse terriblemente ofendido. Es decir, suponga que me seduce usted y luego se queda embarazada, ¿eh?

—¿Qué? ¿A mi edad? ¡Escúchate! ¡Granuja!

—Tendríamos que casarnos; me convertiría en el padre de Ed. Nunca me lo perdonaría.

—¡Basta! Me va a dar algo. ¿Y mi pañuelo? Ah, eres terrible. Yo misma me encargaría de que mi chico tuviera una charla contigo, pero ahora está en Francia o en Roma o en no sé dónde, tesoro, así que tendrás que llamarle al móvil.

—No importa, señora C. Ya sabía que no estaba; era una excusa para oír su voz.

—Ya está, ya estás siendo malo otra vez.

—No puedo evitarlo. Es el poder que ejerce sobre mí.

—Terrible, eres terrible, un pillo.

—Está bien, señora C. Llamaré al móvil de Ed. Ha sido un placer hablar con usted. Oh… También quería hablar con un amigo de Ed. Ah… ¿Robe? Sí, Robe. ¿No tendrá su número?

—¿Robe? ¿Para qué quieres hablar con él, cielo?

—… Perdón, me estaba sonando. Perdone, señora C.

—Perdonado, cielo. Bueno, y ¿qué es eso que tienes que hablar con Robe?

—Ah, sí; estuve hablando con un tipo. De una discográfica. ¿Ice House? Es bastante grande. Por lo visto la empresa, el sello discográfico, necesita guardias de seguridad; guardaespaldas, ese tipo de gente. Para cuando los artistas, los artistas de rap, viajan a Estados Unidos. Pensé que quizá a Robe le interesaría. O sea, esos tipos no son moco de pavo, muchos de ellos antes eran gángsteres; no sentirían el menor respeto por el típico blanco de espaldas anchas acostumbrado a no dejar entrar a la gente en la disco si no llevan el calzado adecuado. En cambio, con Robe se entenderían. Pero es un trabajo serio y bien pagado. Sé que Rob podría hacerlo. Y quién sabe adónde podría llevarle.

—Por lo que explicas suena mucho más respetable de lo que acostumbra a hacer Robe. Robe es un mafias, Kennit. Es peligroso. Demasiadas pistolas. En esta casa no es bienvenido. Que yo sepa, Ed ya no le ve.

—Lo comprendo. Ed y yo estuvimos charlando de él, no hace mucho. Por eso pensé que esto podría ser una manera de sacarle del tipo de vida que lleva. Pensé que tal vez si tuviera unas palabras con él…

—Bueno, creo que no tengo aquí su teléfono, pero supongo que podría conseguirlo.

—Sería estupendo, señora C. Por supuesto, entendería que no quisiera comentárselo a Ed. Es posible que todo esto quede en nada, pero por probar…

—Bueno, quizá sea un pérdida de tiempo, cielo, pero te honra que lo hayas pensado. Te volveré a llamar, ¿de acuerdo?

—Es usted una santa, y muy sexy. La adoro.

—¡Ah! ¡Basta!

Había llegado a la conclusión de que tal vez estuviera enamorándome de mi dentista. Por supuesto, no era verdad y lo sabía, pero la idea me parecía atractiva; tenía un no sé qué de relajante y despreocupado. Quizá se tratara de algún complejo freudiano, dado que mi padre era dentista, quizá se debiera a que Mary Fairley, licenciada en cirugía maxilofacial, era escocesa, de Nairn, y tenía el acento más dulce y las erres más maravillosas que había oído desde que me había mudado a Londres; quizá respondiera a todo eso de estar tumbado con la boca abierta, completamente en manos de una mujer mientras sonaba música suave y ella y su ayudante, casi igual de atractiva, hablaban en voz baja y tono profesional; pero, fuera lo que fuese, casi había llegado a convencerme de que sentía algo por ella. Mary era de constitución gruesa pero de tacto y movimientos delicados; tenía el pelo rubio rojizo, los ojos verdes grisáceos, una nube de pecas en la nariz y unos pechos que a veces se interponían muy ligeramente en su camino requiriendo un gesto rápido —el equivalente corporal de sacudirse el pelo de la cara— cuando se inclinaba sobre mí.

La miré a los ojos, deseando que las gafas protectoras no fueran necesarias. Aunque probablemente no fueran mala cosa, visto que había pillado el resfriado de Nikki; tuve que levantar la mano y detener el trabajo dental un par de veces para estornudar.

Era sorprendente lo seguro que me sentía en el sillón del dentista; siempre un poco a la que salta, a la espera de una punzada, pero a salvo. Mary era educada pero no charlatana, pese a la conexión caledonia. Muy profesional. Estar colado por una dentista desinteresada podría parecer frustrante y triste, pero también me sorprendió considerarlo algo inocente y puro, e incluso sano. Desde luego, muchísimo más sano que enamorarse perdidamente de la esposa de un gángster y planear acabar lleno de cables en un estudio de televisión.

Mary perforó un empaste viejo estropeado y el aire de mi boca se llenó de olor a muerte.

—Nuestro cliente sostiene que en el momento del accidente no estaba hablando por el móvil.

—Pues entonces su cliente miente.

—Señor, ah, señor McNutt, con todos mis respetos, solo pudo usted ver muy fugazmente el coche de nuestro cliente cuando…

—Mire usted… Perdón… ¡Achís!

—Jesús.

—Gracias. Perdón. Sí, lo que le iba diciendo; la señorita a la que llevaba a casa telefoneó a la policía para informar del accidente. Eso fue hacia las cinco, a lo sumo diez segundos después del choque. ¿Por qué no hablamos con su compañía telefónica y la de su cliente y comparamos las horas en que terminaron las dos llamadas? Porque, ahora que lo pienso, su cliente todavía tenía el móvil en la mano cuando bajó del coche y sospecho que no había colgado. Veamos si esa llamada y la de la señorita Verrin coinciden, ¿le parece?

El abogado y su aprendiz se miraron.

—Qué suerte tenéis. No solo me ha bajado el resfriado a la garganta, con lo cual mi voz es más ronca y sexy que nunca, sino que además acabamos de poneros a los Hives, los White Stripes y los Strokes; todos seguiditos sin ni siquiera una sílaba de tonterías que os estropeara la diversión. ¡Os estamos malcriando! A ver, Phil, ¿qué decías?

—Sí; no puedes lanzar una acusación como esa sin más.

—¿Te refieres a mi insinuación de que para un futbolista un cerebro a pleno rendimiento sería un lastre?

—Sí; ¿qué quieres decir? ¿Que en todos los vestuarios de los equipos de fútbol deberían colgar un cartel que dijera: «No hay que ser tonto para trabajar aquí, pero ayuda»?

1 ... 50 51 52 53 54 55 56 57 58 ... 95
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)