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Los secretos de Oxford

Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:

Cuando Harriet Vane regresa a la Universidad de Oxford, encuentra a los profesores y alumnos de su college nerviosos por los extraños mensajes de un lunático. Con la ayuda de lord Peter Wimsey, Harriet empieza una investigación para desenmascarar al autor de las amenazas.
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
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– Es que no quiero -replicó Beatrice, muy segura.

Annie parecía irritada, pero se echó a reír cuando Harriet se rió.

– Ya lo comprenderá algún día, ¿no, señora?

– Es lo más probable -contestó Harriet.

Si aquella mujer mantenía la opinión de que lo más importante era encontrar marido a toda costa, no tenía sentido discutir. Y Harriet casi había adquirido la costumbre de rehuir las conversaciones que recayeran sobre los hombres y el matrimonio. Se despidió amablemente y siguió andando, un poco desanimada, pero no mucho. O te gustaba hablar sobre esos temas o no. Y cuando había terribles fantasmas acechando en tu interior, esqueletos que no te atrevías a mostrar a nadie, ni siquiera a Peter…

Bueno, precisamente a Peter menos que a nadie. Y al fin y al cabo, no había hueco para él entre las grisáceas piedras de Oxford. Él representaba Londres, el mundo rápido, ruidoso, inquieto y endiablado de la tensión y la barahúnda. Allí, en el centro calmo (sí, ese verso era bueno, sin duda), no tenía sitio. Apenas había pensado en él durante toda una semana.

Y después empezaron a llegar las profesoras, animadas tras sus actividades de las vacaciones y dispuestas a aceptar la carga del trimestre más riguroso, pero también el más bonito. Harriet las observaba, preguntándose cuál de aquellos alegres rostros ocultaría un secreto. La señorita De Vine había estado en una antigua ciudad flamenca, haciendo consultas en una biblioteca en la que se conservaba una excepcional correspondencia familiar sobre las condiciones comerciales entre Inglaterra y Flandes bajo el reinado de Isabel. Tenía la cabeza llena de estadísticas sobre la lana y la pimienta, y costaba trabajo conseguir que pensara en lo que había hecho el último día del trimestre anterior. Desde luego, había quemado algunos papeles, y entre ellos podía haber periódicos; por supuesto, jamás leía The Daily Trumpet y no podía arrojar ninguna luz sobre el periódico mutilado que habían encontrado en la chimenea.

La señorita Lydgate (tal y como se esperaba Harriet) había conseguido desbaratar por completo sus pruebas en el transcurso de unas semanas. Estaba contrita. Había pasado un largo fin de semana, sumamente interesante, con el profesor Nosecuántos, gran autoridad en materia de métrica griega, que le había hecho observar ciertos errores en varios párrafos y había arrojado una luz completamente nueva sobre los argumentos del capítulo siete. Harriet exhaló un gemido de desesperación.

La señorita Shaw había llevado a cinco alumnas suyas a una reunión de lectura, había visto cuatro obras de teatro nuevas y se había comprado un conjunto veraniego fascinante. A la señorita Pyke le había resultado apasionante ayudar al conservador de un museo provincial a reunir los fragmentos de tres vasijas decoradas y varias urnas funerarias que se habían encontrado en un prado de Essex. La señorita Hillyard estaba encantada de haber vuelto a Oxford; había tenido que pasar un mes en casa de su hermana, asistiéndola en el parto, y al parecer, cuidar de su cuñado le había agriado el carácter. Por otra parte, la decana había estado ayudando en la boda de una sobrina y el asunto le había resultado muy gracioso. «Una de las damas de honor se equivocó de iglesia y apareció cuando ya había acabado todo, y estábamos por lo menos doscientas personas apretadas en una habitación con capacidad para cincuenta. Solamente tomé media copa de champán y ni siquiera un trocito de tarta, así que el estómago golpeaba la columna vertebral. El novio perdió el sombrero en el último momento… ¡Y no se lo van a creer! ¡Todavía hay gente que regala latas para galletas!» La señorita Chilperic había ido con su prometido y la hermana de este a varios sitios muy interesantes para estudiar escultura doméstica medieval. La señorita Burrows había pasado la mayor parte del tiempo jugando al golf. También llegaron refuerzos en la persona de la señorita Edwards, la tutora de ciencias, que acababa de volver tras un trimestre de permiso. Era una mujer joven y dinámica, cuadrada de cara y de hombros, cabello a lo paje y actitud de no soportar estupideces. La única que faltaba era la señora Goodwin, cuyo hijo (un niño muy desdichado) había contraído el sarampión inmediatamente después de volver a la escuela y requería de nuevo los cuidados de su madre.

– Por supuesto, no puede evitarlo, pero es un fastidio, precisamente al principio del trimestre de verano -dijo la decana-. Si yo lo hubiera sabido, podría haber vuelto antes.

– ¿Y qué se puede esperar, si le da trabajo a viudas con hijos? -intervino la señorita Hillyard con seriedad-. Hay que estar preparadas para estas continuas interrupciones. Y por alguna razón, las preocupaciones domésticas siempre se anteponen al trabajo.

– Bueno, en caso de enfermedad grave, hay que dejar el trabajo a un lado -replicó la decana.

– Pero todos los niños pasan el sarampión.

– Sí, pero es que este niño no es muy fuerte. Su padre tenía tuberculosis, el pobre… de eso murió, y si el sarampión degenera en neumonía, como ocurre con frecuencia, las consecuencias pueden ser graves.

– Pero ¿ha degenerado en neumonía?

– Temen que pueda ocurrir. Lo ha agarrado muy fuerte, y como es una criaturita tan nerviosa, es natural que quiera estar con su madre. Y además, ella tendrá que estar en cuarentena.

– Cuanto más tiempo se quede con su hijo, más tiempo tendrá que estar en cuarentena.

– Desde luego, es una pena -dijo la señorita Lydgate gentilmente-. Pero si la señora Goodwin se hubiera aislado y hubiera vuelto con la mayor rapidez posible, como se ofreció a hacer, con mucha valentía, habría sufrido una angustia terrible.

– Muchas de nosotras tenemos que sufrir angustia de una u otra forma -replicó la señorita Hillyard con acritud-. Yo he estado muy angustiada por mi hermana. Tener el primer hijo a los treinta y cinco siempre crea una situación angustiosa, pero si hubiera dado la casualidad de que se hubiera producido durante el curso, tendría que haber sido sin mi ayuda.

– Siempre resulta difícil decidir qué obligación es la más importante -dijo la señorita Pyke-. Es una cuestión personal. Supongo que, al traer hijos al mundo, se acepta cierta responsabilidad hacia ellos.

– No lo niego -replicó la señorita Hillyard-. Pero si la responsabilidad doméstica tiene preferencia sobre la responsabilidad pública, habría que darle el trabajo a otra persona.

– Pero hay que dar de comer y vestir a los hijos -terció la señorita Edwards.

– Sin duda, pero la madre no debería ocupar un puesto de interna.

– La señora Goodwin es una secretaria excelente -dijo la decana-. Yo lamentaría perderla. Y preferiría pensar que podemos ayudarla en la situación tan difícil en que se encuentra.

La señorita Hillyard perdió la paciencia.

– Aunque no lo reconocerán jamás, lo cierto es que aquí todo el mundo tiene complejo de inferioridad respecto a las mujeres casadas y los hijos. A pesar de lo que dicen sobre la independencia y la carrera, en el fondo todas ustedes están convencidas de que deberíamos rebajarnos ante cualquier mujer que haya satisfecho sus funciones animales.

– Eso es completamente absurdo -dijo la administradora.

– Supongo que es natural pensar que las mujeres casadas tienen una vida más plena -empezó a decir la señorita Lydgate.

– Y más útil -le espetó la señorita Hillyard-. ¡Fíjense en lo mimados que están los «nietos de Shrewsbury»! ¡Fíjense en lo contentas que se ponen ustedes cuando se casan las antiguas alumnas! Es como si dijeran: «¿Lo ven? Al fin y al cabo, la educación no nos incapacita para la vida real». Y cuando una estudiante con un futuro académico realmente brillante lo tira todo por la borda para casarse con un coadjutor, ustedes dicen, sin pensárselo dos veces: «¡Qué lástima! Pero, desde luego, su vida es lo más importante».

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