En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¡Yo también querré uno así cuando me case! -suspiró nostálgica, si bien ya no se desvivía por Jamie O’Hara, sino por el vicario Chester.
– ¡Te lo prestaré! -dijo Gwyn con generosidad-. ¡Y a ti también, Dot, por supuesto!
Dorothy se recogía el cabello en lo alto, lo que hacía mucho más hábilmente que Kiri y Moana, aunque no tan bien como Daphne. Dorothy no dijo nada sobre el generoso ofrecimiento de Gwyneira, pero Gwyn había advertido que observaba con interés al hijo más joven de los Candler. Ambos encajaban por la edad…, tal vez sucediera algo en unos pocos años.
Gwyneira fue una novia preciosa y Lucas no le iba a la zaga vestido para la ceremonia. Llevaba un frac gris pálido que conjugaba perfectamente con el color de sus ojos y, como era de esperar, su comportamiento fue impecable. Mientras que Gwyn se atascó dos veces, Lucas pronunció los votos de fidelidad al matrimonio con voz firme y sosegada, puso el valioso anillo en el dedo de su esposa y la besó tímidamente en la boca cuando se lo indicó el reverendo Baldwin. Gwyneira se sintió decepcionada de una forma rara, aunque se dominó de inmediato. Pues ¿qué esperaba? ¿Que Lucas la tomara entre sus brazos y la besara con pasión como hacían los cowboys con las felizmente salvadas protagonistas de las revistuchas?
Gerald no cabía en sí de orgullo por la joven pareja. Champán y whisky corrían a raudales. Los distintos platos que componían el menú estaban deliciosos, los invitados entusiasmados y llenos de admiración. Gerald resplandecía de felicidad, mientras que Lucas, sorprendentemente, mostraba indiferencia, lo que a Gwyneira la enojó un poco. ¡Al menos podría haber fingido que estaba enamorado de ella! Pero era algo que no se podía ni esperar. Gwyn intentó desprenderse de sus fantasías irrealizables y románticas; aun así esa calma indiferente de Lucas la irritaba. Por otra parte, ella parecía ser la única que percibía el extraño comportamiento de su esposo. Los invitados sólo tenían palabras elogiosas para ellos y ponderaban la buena pareja que hacían el novio y la novia. Tal vez ella esperase demasiado.
Gerald anunció por fin la demostración de los perros pastores y los invitados lo siguieron a la parte posterior de la casa, frente a los establos.
Gwyneira miró con melancolía a Igraine, que estaba con Madoc en un cercado, hacía días que no había logrado cabalgar y la situación no parecía que fuera a mejorar en el futuro. Como era costumbre ahí, algunos de los invitados permanecerían durante días en la casa y habría que hacerles los honores y entretenerlos.
Los pastores habían reunido un rebaño de ovejas para la demostración y James McKenzie se dispuso a impartir indicaciones a los perros. Primero, Cleo y Daimon tenían que salir en busca de las ovejas que pastaban en libertad por el terreno contiguo a la casa. Para ello se requería una posición de partida que se situaba exactamente frente al pastor. Cleo dominaba esta tarea a la perfección, pero Gwyneira se dio cuenta de que se colocaba demasiado a la derecha de McKenzie. Gwyn midió la distancia con la mirada y captó también la de su perra: Cleo la miraba esperando órdenes, no daba ninguna muestra de reaccionar a las indicaciones de McKenzie. En lugar de ello aguardaba las órdenes de su ama.
Bueno, esto no iba a ocasionar ningún desbarajuste. Gwyneira se colocó en la primera fila de los espectadores, no muy alejada de McKenzie. Éste dio la orden a los perros de hacerse cargo del rebaño, por lo general el punto crítico de tales demostraciones. Cleo formó su grupo con habilidad y Daimon colaboró de maravilla. McKenzie lanzó como de paso una mirada desafiante a Gwyneira y ella le contestó con una sonrisa. El capataz de Gerald había hecho un trabajo excelente en el adiestramiento de Daimon. La misma Gwyn no lo hubiera hecho mejor.
Cleo guio el rebaño hacia el pastor con una precisión modélica, así que, de momento, el hecho de que mirase a Gwyneira en lugar de a James no planteaba ningún problema. En el trayecto hacia ellos debía pasar obligatoriamente por un portón y las ovejas tenían que entrar. Cleo se movía a un tiempo regular y Daimon vigilaba a los animales que escapaban. Todo transcurrió a la perfección hasta que, pasado el portón, tenían que conducir el rebaño detrás del pastor. Cleo miró a Gwyneira con desconcierto. ¿Realmente tenía que guiar a los animales por todo ese gentío que se había colocado detrás de su ama? Gwyneira se percató de la desorientación de Cleo y supo que debía actuar de inmediato. Se arremangó con toda tranquilidad las faldas, dejó a los invitados y se encaminó hacia James.
– ¡Aquí, Cleo!
La perra guio de inmediato el rebaño a la cerca que se había instalado a la izquierda de James. Ahí, el perro tenía que separar del rebaño a una oveja previamente señalada.
– ¡Ella primero! -le susurró Gwyn a James.
Él había estado casi tan desconcertado como la perra, pero sonrió cuando Gwyneira se le acercó. Silbó a Daimon y le indicó una oveja. Cleo se quedó obedientemente sentada, mientras el joven perro sacaba a la oveja. Daimon cumplió bien con su tarea, pero tuvo que hacer tres intentos.
– ¡Ahora yo! -gritó Gwyn en el ardor de la competición-. ¡Shedding, Cleo!
Cleo saltó y separó su oveja en el primer intento.
El público aplaudió.
– ¡Hemos ganado! -exclamó Gwyn riendo.
James McKenzie contempló su rostro resplandeciente. Las mejillas estaban sonrosadas, los ojos brillaban triunfales y la sonrisa era arrebatadora. Antes, en el altar, su expresión no reflejaba ni la mitad de felicidad que ahora.
También Gwyn percibió un destello en los ojos de McKenzie y se sintió confusa. ¿Qué era? ¿Orgullo? ¿Admiración? ¿O justo aquello que durante todo el día echaba en falta en la mirada de su esposo?
Pero ahora los perros tenían una última tarea que cumplir. Al silbido de James guiaron las ovejas a un corral. McKenzie tenía que cerrar el portón detrás de ellas y la labor habría concluido.
– Entonces, ya me voy -dijo Gwyn afligida cuando él se puso en camino hacia el portón.
McKenzie sacudió la cabeza.
– No, eso le corresponde al vencedor.
Cedió el paso a Gwyneira, que ni siquiera se dio cuenta de que el borde de su vestido se arrastraba por el polvo. Cerró la puerta triunfal. Cleo, que hasta el final de su tarea estaba esperando y vigilando responsablemente las ovejas, se arrojó a Gwyneira pidiendo indicaciones. Gwyneira la elogió y se percató, sintiéndose culpable, que eso había dado el golpe de gracia al vestido de novia.
– No ha sido muy convencional -observó Lucas de mal humor cuando su esposa por fin regresó a su lado. Era evidente que los invitados se lo habían pasado en grande y la colmaron de elogios, pero su esposo no parecía muy impresionado-. ¡Estaría bien que en adelante te comportaras más como corresponde a una dama!
Entretanto había refrescado demasiado para permanecer en el jardín, aunque ya era hora de abrir el baile. Un cuarteto de cuerda tocaba en el salón, Lucas se percató de que se deslizaban frecuentes errores en la interpretación. Gwyn no se dio ni cuenta. Dorothy y Kiri habían limpiado a toda prisa el vestido y dejó que Lucas la condujera a través de las notas de un vals. Como era de prever, el joven Warden era un bailarín consumado, pero también Gerald se deslizaba con agilidad por la pista. Gwyn bailó primero con su suegro, luego con Lord Barrington y el señor Brewster. Los Brewster habían llegado esta vez con su hijo y su joven esposa, y la pequeña maorí era, en efecto, tan cautivadora como la habían descrito.
Entretanto, a Lucas volvía a tocarle el turno, y en algún momento a Gwyn le empezaron a doler los pies de tanto bailar. Al final le pidió que la acompañara a la terraza para tomar un poco de aire fresco. Dio un sorbo a una copa de champán y pensó en la noche que le esperaba. El asunto no podía postergarse más ahora. Hoy pasaría lo que «te hacía mujer», como su madre le había dicho.
De los establos también salía música. Los trabajadores de la granja estaban de fiesta, aunque no con un cuarteto de cuerda y un vals, ahí el violín, la armónica y el tin whistle interpretaban alegres danzas populares. Gwyneira se preguntó si también McKenzie tocaba uno de esos instrumentos. Y si era bueno con Cleo, que esa noche permanecía encerrada. Lucas no estaba entusiasmado con el hecho de que la perrita anduviera pegada a los talones de su esposa. Tal vez le habría permitido un perrito faldero, pero, según su opinión, el establo era el lugar de una perra guardiana de ganado. Esa noche Gwyn cedía; pero mañana volverían a repartirse las cartas. Y James cuidaría bien de Cleo…, Gwyn pensó en sus manos fuertes y morenas acariciando suavemente el pelaje de la perra. Los animales lo querían…, y ella ahora debía ocuparse de otros asuntos.