Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
– Esto es de lo más insólito -dijo cuando se presentaron-. No sé en qué puedo ayudarlos, pero disparen.
Gemma se acomodó en la dura silla y se sacudió la solapa de su chaqueta. Hizo caso de la leve indicación de Will y empezó a hablar:
– Me temo que se trata de un asunto algo delicado, señor Cokes. Verá, concierne a la investigación de un asesinato. Estoy segura de que se habrá enterado por los periódicos de la muerte del comandante Alastair Gilbert. -Gemma vio que los gruesos labios rosados del hombre se abrían como si fuera un pez y prosiguió-. Nos han informado de que la esposa del comandante, Claire Gilbert, tenía abierta una cuenta aquí, y creemos que puede haber algunas… irregularidades. Nos gustaría…
– ¡No me diga! La mujer de un comandante, una vulgar delincuente. Quién lo hubiera pensado. -Cokes sacudió la cabeza encantado e hizo un mohín de desaprobación-. Y una mujer tan educada.
Will respondió a la mirada inquisitiva de Gemma con una de incomprensión.
– ¿De qué está hablando, señor Cokes? -preguntó Gemma-. No hemos insinuado en absoluto que la señora Gilbert haya cometido ningún delito. Simplemente queremos aclarar algunos puntos sobre el señor Gilbert.
– Pero, el otro policía… -Cokes miró a Gemma y luego a Will-. El que vino la semana pasada…
– ¿Qué otro policía? -Will preguntó pacientemente.
– Deberían aprender a coordinar mejor sus esfuerzos -dijo Cokes con cierta petulancia, como si estuviera empezando a disfrutar de su malestar-. No me extraña que en la televisión hagan todos esos programas escandalosos donde ponen en evidencia a la policía.
– Quizás deberíamos empezar por el principio, señor Cokes. -Will se sacó la cartera y extrajo la foto que él y Gemma habían mostrado sin éxito en el centro comercial Friary-. ¿He de entender que ha conocido personalmente a la señora Gilbert?
– Sí, cuando abrió su cuenta. A menudo me encargo yo de las nuevas cuentas, así mantengo mi influencia y además me gusta conocer un poco a los clientes. -Cokes cogió la foto de Will y la examinó un instante antes de devolverla-. Sí, es la señora Gilbert. Es inconfundible. Por supuesto, me sorprendió que me pidiera que le enviara los estados de cuenta a su trabajo.
– ¿Al trabajo? -repitió Gemma-. ¿Explicó la razón?
– No se lo pregunté. Aquí respetamos la privacidad de nuestros clientes, pero me dijo confidencialmente que estaba ahorrando suficiente dinero para sorprender a su esposo con unas vacaciones. -El eco del encanto de Claire Gilbert resonaba aún en la voz del hombre y la expresión levemente nostálgica de su cara-. Podrán imaginar lo sorprendido que me quedé cuando vino el primer policía a hacer preguntas sobre ella. Incluso entonces no sabía que su esposo era un policía.
Will se sentó más hacia el borde de la silla para visitas que acabó crujiendo peligrosamente.
– Háblenos de ese otro policía, señor Cokes. ¿Cuándo lo vino a ver y qué quería saber de Claire Gilbert?
Cokes emitió una especie de zumbido mientras miraba con ojos entrecerrados en su agenda.
– La reunión habitual de sucursales fue el martes pasado, y creo que eso fue el día después. Eso sería el miércoles, justo antes de cerrar. Solicitó una entrevista personal conmigo, pero cuando estuvimos a solas me enseñó sus credenciales y dijo que estaba investigando algo muy secreto. -Cokes se inclinó hacia delante y bajó la voz-. Una red de cheques fraudulentos. Dijo que no tenían ninguna prueba para relacionar a nuestra clienta, pero una mirada a su expediente aclararía el asunto. Por supuesto, le dije que aunque deseaba ayudar a la policía de una manera u otra, también estaba obligado a no divulgar los detalles de la cuenta de un cliente. -Cokes mostró su desaprobación con un gesto.
– ¿Quiere decir que este policía no vio el expediente de Claire Gilbert?
Cokes se aclaró la garganta y desplazó un milímetro el pisapapeles sobre la mesa.
– Bueno, no puedo estar completamente seguro… -dijo evitando sus miradas-. Tuve que salir un momento del despacho, un pequeño problema que exigía mi atención…
– No me lo diga -dijo Gemma-. Justo había dejado el dossier de Claire Gilbert encima de su escritorio. Demostró tener mucho tacto.
– Bueno, yo… -El labio superior de Cokes brillaba por el sudor-. En aquel momento me pareció la mejor solución.
– Seguro. -Gemma sonrió a Cokes y pensó que Claire Gilbert no habría visto su solución con los mismos ojos-. Este policía, señor Cokes, ¿cómo se llamaba?
Cokes se aclaró la garganta de nuevo.
– No me acuerdo. Sólo vi las credenciales un segundo y estaba tan asustado que se me olvidó enseguida.
– ¿En qué cuerpo dijo que estaba?
Cokes negó con la cabeza.
– No lo sabría decir. Lo siento.
Gemma insistió.
– Entonces díganos qué aspecto tenía, señor Cokes. Seguro que esto lo recuerda.
– Delgado y oscuro. -Se humedeció los labios antes de decir-: Había algo de rapaz en él.
Kincaid puso al día a Deveney mientras conducían a Holmbury St. Mary. La nubosidad de la mañana se había disipado y había dejado una bruma alta que transformó el paisaje. El resol quemaba sus ojos cansados y los tenía que entrecerrar.
– Claire Gilbert se rompió dos huesos durante el pasado año y quizás tenga otras heridas. La muñeca y la clavícula son simplemente los que he oído mencionar en conversaciones casuales. Es suficiente para plantear la posibilidad de abusos por parte de su marido.
– ¿Me está diciendo que piensa que el comandante Gilbert pegaba a su esposa?
Kincaid miró a Deveney.
– No ponga esa cara, Nick. Pasa muy a menudo.
Deveney hizo un gesto de incredulidad.
– Lo sé. Pero nunca hubiera pensado…
– ¿Cree que el uniforme y el rango de Gilbert le daban cierta clase de inmunidad automática?
– Creo que si quiere sacarle algo a la doctora Wilson, lo echará con cajas destempladas -replicó Deveney-. Pero tiene razón, le da a Brian Genovase un muy buen motivo para querer aplastarle la cabeza a Gilbert. Desafortunadamente todavía no hemos encontrado ni la más mínima prueba física que lo conecte con la escena del crimen.
– Los registros del servicio de Internet confirman lo que nos dijo Geoff, por cierto, y nuestras conversaciones con otros clientes que estuvieron en el pub aquella noche coinciden con el relato de Brian sobre sus movimientos. Eso tan solo nos deja un margen de menos de diez minutos para que Brian o Geoff pudieran cometer el crimen.
Kincaid redujo la marcha al entrar al pueblo.
– Así que ya sólo nos queda el asunto Ogilvie. Que me parta un rayo si sé cómo encaja él en todo esto, pero estoy seguro de que está metido. -Sonrió a Deveney-. Quizás debería aprender de Madeleine Wade.
– Parece que están destinados a pillarme siempre en mitad de mi almuerzo -dijo la doctora Wilson al abrirles la puerta-. En fin, supongo que no se puede evitar -añadió con resignación cuando se apartó para que Kincaid y Deveney entrasen a empujones en el hall lleno de botas de agua, correas de perro y bastones de paseo.
Al llegar a la cocina, Kincaid y Deveney pasaron de nuevo por el ritual de despejar un sitio donde sentarse mientras la doctora no perdía el tiempo y volvía a su almuerzo.
– Restos de ternera del asado del domingo. -Agitó su tenedor apuntando al plato cuando se acomodaron enfrente de la doctora-. Con rábano picante. Despeja la nariz. Paul ha ido a Londres todo el día, por cierto, si es que querían verlo a él. Se ha llevado a Bess.
Kincaid no se dejó engañar por la charla intrascendente. La mirada de ella indicaba otra cosa.