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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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Pareció sorprenderse.

– Sí, señorita, era el hombre que le hizo daño en el bar. Lo vi cuando el portero lo echó por la puerta de atrás. Algunos de sus compañeros se reunieron con él allí y hablaron de lo que había pasado. Así fue que supe que la habían ofendido. El señor Eric me dijo que no me acercara a ninguno de los dos en público, así que no lo hice. Pero les seguí al apartamento, en esa camioneta. Apuesto a que ni siquiera se dieron cuenta de que iba detrás.

– No. Por supuesto que no lo sabía. Fuiste muy listo. Ahora dime, cuando viste al licántropo más tarde, ¿qué estaba haciendo?

– Había forzado la cerradura del apartamento cuando me puse detrás de él. Pillé a ese capullo a tiempo.

– ¿Qué hiciste con él? -le sonreí.

– Le rompí el cuello y lo metí en el armario -dijo Bubba, orgulloso-. No tuve tiempo de llevar el cuerpo a ninguna parte, y supuse que usted y el señor Eric sabrían qué hacer con él.

Tuve que apartar la mirada. Era tan sencillo. Tan directo. Resolver el misterio sólo había requerido hacer la pregunta adecuada a la persona adecuada.

¿Cómo es que no se nos ocurrió? Era de esperar que Bubba adaptara las órdenes recibidas a las circunstancias. Con toda probabilidad, me había salvado la vida al matar a Jerry Falcon, ya que mi dormitorio habría sido el primero que registrara el licántropo. Estaba tan cansada cuando me metí en la cama, que probablemente me habría despertado cuando fuera demasiado tarde.

Pam había estado mirándonos a uno y a otra con una interrogación en su expresión. Levanté una mano para darle a entender que se lo explicaría más tarde, y me obligué a sonreír a Bubba y a decirle que había hecho lo adecuado.

– Eric estará muy contento -dije. Y contárselo a Alcide sería una experiencia interesante.

La expresión de Bubba se relajó. Esbozó esa sonrisa suya que le hacía levantar un poco el labio superior.

– Me alegra de que lo piense -dijo-. ¿Le queda algo de sangre? Me muero de sed.

– Claro -dije. Pam estaba demasiado pensativa para coger la botella, y Bubba le echó un buen trago.

– No es tan buena como la de gato -constató-, pero viene igual de bien. Gracias, muchas gracias.

15

La noche se ponía acogedora por momentos; conmigo y cuatro vampiros, después de que Bill y Eric llegaran, cada uno por su lado, pero casi a la vez. Ahí estaba yo, con mis colegas los vampiros, pasándolo bien en mi casa.

Bill insistió en trenzarme el pelo, con tal de demostrar lo familiarizado que estaba con mi casa, yendo al cuarto de baño y trayendo mi caja de accesorios para el pelo. Luego me sentó en un diván frente a él y se sentó detrás de mí para cepillarme y arreglarme el pelo. Siempre me ha parecido un proceso muy relajante, y me trajo a la memoria otra noche en la que Bill y yo empezamos casi de la misma manera y que culminó con un final de fábula. Por supuesto, Bill era muy consciente de que estaba sacando a flote esos recuerdos.

Eric observaba la escena como quien toma nota, mientras que Pam se mofaba abiertamente. Yo era incapaz de comprender por qué tenían que estar todos en mi casa, y cómo era que no acababan hartos unos de otros (y de mí), y se marchaban. Tras unos minutos de sentirme acompañada por lo que, comparativamente, era un gentío, volví a anhelar la soledad. ¿Por qué habría pensado yo que me sentía sola?

Bubba se marchó bastante pronto, ansioso por cazar algo. No quise pensar en ello con demasiado detenimiento. Cuando se fue, pude decirles a los demás vampiros lo que le pasó realmente a Jerry Falcon.

Eric no pareció demasiado molesto por que sus indicaciones a Bubba hubieran resultado en la muerte del licántropo, y yo ya me había admitido a mí misma que tampoco podía lamentarlo demasiado. Si había que elegir entre él y yo, pues, francamente, me prefería a mí. Bill se mostró indiferente ante el destino de Jerry, y a Pam todo ese asunto le pareció divertido.

– Que te haya seguido hasta Jackson, cuando sus instrucciones se limitaban a aquí, y para una noche… ¡Que hubiera seguido con las mismas instrucciones, por encima de cualquier cosa! No es muy vampírico, pero sin duda es un buen soldado.

– Habría sido mejor que le hubiera dicho a Sookie lo que había hecho y por qué lo había hecho -comentó Eric.

– Sí, una nota habría estado bien -dije, sarcástica-. Cualquier cosa habría sido mejor que abrir ese armario y encontrar un cadáver metido.

Pam se echó a reír. Sí que había dado con su vena humorística. Maravilloso.

– Me imagino tu cara -dijo ella-. Y ¿el licántropo y tú tuvisteis que esconder el cuerpo? Eso no tiene precio.

– Ojalá hubiera sabido todo esto cuando estuvo Alcide hoy aquí -dije. Cerré los ojos cuando el efecto del cepillado de mi pelo me relajó por completo. El repentino silencio fue toda una delicia. Al fin conseguía algo de placer para mí misma.

– ¿Alcide Herveaux ha estado aquí? -preguntó

Eric.

– Sí, vino a traerme mi maleta. Se quedó a echarme una mano y comprobar cómo me habían dejado.

Cuando abrí los ojos, porque Bill había dejado de cepillarme, me crucé con la mirada de Pam. Me guiñó. Le sonreí.

– Te he deshecho la maleta, Sookie -dijo Pam con mucha suavidad-. ¿De dónde has sacado ese maravilloso chal de terciopelo?

Apreté los labios con firmeza.

– Bueno, el primero que llevé al Club…, quiero decir al Josephine's, quedó destrozado. Alcide tuvo la amabilidad de sorprenderme regalándome uno nuevo… Dijo que se sentía responsable por lo del primero -me sorprendió gratamente haberlo llevado al apartamento desde su sitio en el asiento delantero del Lincoln. No recordaba haberlo hecho.

– Para ser un licántropo, tiene un gusto excelente -concedió Pam-. Si te tomo prestado el vestido rojo, ¿me prestarás también el chal?

No sabía que Pam y yo habíamos llegado a la fase de prestarnos la ropa. Sin duda estaba metida en su papel travieso.

– Claro -le dije.

Poco tiempo después, Pam anunció que se marchaba.

– Creo que correré por el bosque hasta llegar a casa -dijo-. Me apetece disfrutar de la noche.

– ¿Harás todo el camino hasta Shreveport a pie? -pregunté, asombrada.

– No sería la primera vez -dijo-. Oh, por cierto, Bill, la reina ha llamado a Fangtasia esta noche para saber por qué te habías retrasado con su trabajito. Dijo que había sido incapaz de localizarte en tu casa varias noches seguidas.

Bill reanudó el cepillado de mi pelo.

– La llamaré más tarde -dijo-. Desde mi casa. Se alegrará de saber que lo he terminado.

– Casi lo pierdes todo -dijo Eric, dejando a todos alucinados con su repentina intervención.

Pam se deslizó fuera por la puerta después de dedicar sendas miradas a Bill y a Eric. Eran esas miradas que me ponían los pelos de punta.

– Sí, soy muy consciente de ello -dijo Bill. Su voz, siempre fría y dulce, salió absolutamente helada. Eric, por su parte, transitaba por un tono más fogoso.

– Fuiste un idiota al volver con ese demonio de mujer -insistió Eric.

– Eh, chicos, que estoy aquí delante -dije.

Ambos me agujerearon con la mirada. Estaban determinados a acabar con esa disputa, así que pensé que lo mejor sería dejarlos hacer. Cuando estuvieran fuera. Aún no le había dado las gracias a Eric por las reformas en el camino de acceso a mi casa. Quise hacerlo, pero puede que esa noche no fuera el mejor momento.

– Vale -dije-. Esperaba evitar esto, pero… Bill, te rescindo mi invitación a mi casa -Bill empezó a caminar hacia atrás, en dirección a la puerta, con una mirada impotente y mi cepillo aún en la mano. Eric le dedicó una malévola y triunfante sonrisa-. Eric -dije, y su sonrisa se esfumó-, te rescindo mi invitación a mi casa -y marcha atrás se fue también, saliendo por la puerta y quedándose en el porche. La puerta se cerró de golpe detrás (aunque quizá sería más apropiado decir delante) de ellos.

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