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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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Se me quedó mirando por un momento. Me encontré con su mirada.

– Vale -dijo lentamente-. Entonces alguien te debe un gran favor.

– Eso estaría más cerca de la verdad -dije, y me pregunté si estaba siendo sincera-. Gracias por guardarme el correo, mi gran héroe. Necesito meterme otra vez en la cama.

– De acuerdo. ¿Quieres ir al médico?

Negué con la cabeza. No podría con una sala de espera.

– Pues no dudes en llamarme si necesitas que te haga la compra.

– Gracias -dije otra vez, con más ánimo-. Eres un buen hermano-para sorpresa de ambos, me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla. Me rodeó torpemente con el brazo y me obligué a mantener la sonrisa en la cara en vez de hacer una mueca por el dolor.

– Vuelve a la cama, hermana-dijo, cerrando con cuidado la puerta tras de sí. Me di cuenta de que se quedó parado en el porche durante un largo minuto, contemplando toda esa grava de gran calidad. Luego, meneó la cabeza y volvió a su camioneta, siempre limpia y brillante, con sus llamas turquesas y rosas resaltando contra la pintura negra que cubría el resto de la carrocería.

Puse un poco la televisión. Traté de comer algo, pero la cara me dolía demasiado. Me sentí afortunada cuando descubrí que tenía algo de yogur en la nevera.

A eso de las tres, una gran camioneta se acercó por el camino. Alcide se apeó con mi maleta. Llamó a la puerta con suavidad.

Quizá se habría sentido mejor si no hubiese respondido, pero pensé que no era asunto mío procurar su felicidad, y abrí la puerta.

– Oh, Dios santo -dijo, sin ánimo de irreverencia, cuando me vio.

– Pasa -le ofrecí, con un dolor que casi me impedía mover las mandíbulas. Sabía que le había dicho a Jason que lo llamaría si aparecía Alcide; pero nosotros teníamos que hablar antes.

Entró y se quedó de pie, mirándome. Finalmente, llevó la maleta a mi habitación, me preparó un gran vaso de té helado con una pajita y lo depositó sobre la mesa junto al sofá. Los ojos se me llenaron de lágrimas. No todo el mundo se habría dado cuenta de que una bebida caliente habría empeorado el dolor.

– Cuéntame lo que ha pasado, cielo -dijo, sentándose en el sofá a mi lado-. Venga, levanta los pies mientras me lo cuentas -me ayudó a recostarme de lado y posó mis piernas sobre su regazo. Tenía un montón de almohadas a la espalda, y me sentí cómoda, o tan cómoda como podría estar durante un par de días.

Se lo conté todo.

– Entonces ¿crees que vendrán a por mí en Shreveport? -preguntó. No parecía culparme por echarle encima todos esos problemas, lo cual había esperado, al menos en parte.

Meneé la cabeza, impotente.

– No lo sé. Ojalá supiéramos lo que ocurrió de verdad. Quizá eso nos los quitaría de encima.

– Los licántropos son asombrosamente leales -dijo Alcide.

– Lo sé -dije, cogiéndole de la mano.

Los ojos verdes de Alcide me miraron fijamente.

– Debbie me ha pedido que te mate -dijo.

Por un momento, sentí un escalofrío recorrerme hasta el tuétano.

– Y ¿qué le has dicho tú? -pregunté con labios tensos.

– Le dije que podía irse a la mierda, disculpa el lenguaje.

– Y ¿cómo te sientes ahora?

– Entumecido. ¿No es una tontería? Pero me la estoy arrancando de raíz. Te dije que lo haría. Tenía que hacerlo. Es como quien es adicto al crack. Es horrible.

Pensé en Lorena.

– A veces -dije, e incluso a mis oídos les sonó triste-, las zorras ganan -Lorena estaba más que muerta entre Bill y yo, pero hablar de Debbie suscitó recuerdos igual de desagradables-. Eh, ¡le dijiste que nos habíamos acostado cuando os peleasteis!

Se mostró profundamente avergonzado, su piel oliva se enrojeció por momentos.

– Me avergüenzo por ello. Sabía que se lo había estado pasando bien con su novio; no dejaba de presumir de ello. Usé tu nombre en vano cuando perdí los estribos. Perdóname.

Podía comprenderlo, por poco que me gustara. Arqueé las cejas para denotar que no era suficiente.

– Vale, fue algo muy ruin. Dobles disculpas y prometo que no volveré a hacerlo nunca.

Asentí. Aquello era aceptable.

– Lamento que tuvierais que salir tan precipitadamente de mi apartamento, pero no quería que os viese a los tres, en vista de las conclusiones que podría haber sacado. Debbie puede enfadarse mucho, y pensé que si te veía con los vampiros, quizá lo encajaría con el rumor de que Russell había perdido a un prisionero y acabara sacando conclusiones. Hubiera sido capaz de llamar a Russell.

– Viva la lealtad entre los licántropos.

– Es una cambiante, no una licántropo -dijo Alcide al momento, y mi sospecha se vio confirmada. Empezaba a creer que Alcide, a pesar de su declarada determinación por mantener su gen licántropo aislado, jamás sería feliz con nadie que no fuese de su especie. Suspiré: traté de que se percibiera como un suspiro agradable y tranquilo. Quizá estuviera equivocada después de todo.

– Al margen de Debbie -dije, agitando la mano para escenificar lo lejos que estaba ella del interés de mi conversación-, alguien mató a Jerry Falcon y lo metió en tu armario. Eso me ha causado a mí (y a ti también) muchos más problemas que la misión original, que era buscar a Bill. ¿Quién haría algo así? Debe de haber sido alguien realmente malicioso.

– O alguien realmente estúpido -dijo Alcide justamente.

– Sé que no fue Bill, porque estaba cautivo. Y juraría que Eric decía la verdad cuando aseguró que él tampoco lo hizo -dudé, detestando tener que volver a sacar el nombre a colación-. Pero ¿qué me dices de Debbie?

Es… -me mordí la lengua para no decir «una auténtica zorra», porque sólo Alcide podía tildarla de tal-. Estaba muy enfadada contigo porque tenías una cita -dije con suavidad-. ¿Crees que sería capaz de meter a Jerry Falcon en tu armario para causarte problemas?

– Debbie es mala y puede causar muchos problemas, pero nunca ha matado a nadie -dijo Alcide-. No tiene las…, las agallas, el valor. La voluntad de matar.

Vale, llamadme maniática.

Alcide debió de leer el desaliento en mi cara.

– Eh, soy un licántropo -dijo, encogiéndose de hombros-. Lo haría si fuese necesario, sobre todo cuando la luna estuviera en el momento adecuado.

– Entonces ¿puede que un compañero de manada se lo cargara, por razones que desconocemos, y decidiera que te culparan a ti? -era otra posibilidad.

– No acaba de encajarme. Otro licántropo habría…, bueno, el cuerpo habría tenido otro aspecto -dijo Alcide, tratando de no entrar en demasiados detalles. Quería decir que el cuerpo habría sido hecho jirones-. Además, creo que habría olido a otro licántropo en él. Aunque en realidad tampoco me acerqué tanto.

Se nos habían agotado las ideas, aunque si hubiese grabado esa conversación y luego la hubiese reproducido, habría dado fácilmente con otro candidato a culpable.

Alcide me dijo que tenía que volver a Shreveport, así que moví las piernas para que pudiera levantarse. Lo hizo, pero luego se arrodilló junto al extremo del sofá para despedirse. Le dije todas esas cosas amables, lo agradable que había sido por facilitarme un techo, lo bien que me había caído su hermana y lo divertido que había sido esconder el cuerpo con él. No, la verdad es que no dije eso, pero se me pasó por la cabeza mientras ejercía la cortesía como me la había enseñado mi abuela.

– Me alegro de haberte conocido -dijo él. Estaba más cerca de mí de lo que había creído, y me dio un pico en los labios a modo de despedida. Pero después del pico, que estuvo bien, volvió para dedicarme una despedida más prolongada. Sus labios eran tan cálidos, y, al cabo de un minuto, su lengua se antojó más cálida si cabe. Giró la cabeza levemente para conseguir un mejor ángulo, y luego volvió al ataque. Su mano derecha planeó sobre mí, buscando un lugar donde posarse que no me produjera demasiado dolor. Finalmente me cubrió la mano izquierda con la suya. Oh, Dios, cómo me lo estaba pasando. Pero sólo mi boca y mi baja pelvis estaban contentas. El resto me dolía. Su mano se deslizó, como si lanzara una pregunta, hasta mi pecho, y yo di un respingo.

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