El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
– Esos ordenadores son chismes peligrosos -dijo Eric. Su voz sonaba cansada, y me acordé de la sangre que manchaba su ropa. Le habían disparado dos veces por estar conmigo.
– Se le está hinchando la cara -dijo Bill con voz amable, a la par que airada.
– Eric, ¿estás bien? -pregunté, exhausta, suponiendo que podría transmitir la idea aun prescindiendo de una palabra.
– Me curaré -dijo desde una gran distancia-. Sobre todo después de haberme tomado toda esa deliciosa…
Y entonces me quedé dormida, o me desmayé, o una mezcla de las dos cosas.
El sol. Hacía tanto que no veía el brillo del sol que casi había olvidado lo bonito que es.
Estaba en mi cama, con mi camisón de nailon azul y envuelta como una momia. Tuve que hacer increíbles esfuerzos para poder levantarme e ir al cuarto de baño. Una vez me moví lo suficiente para hacerme una idea de lo horrible que sería caminar, lo único que me animó a salir de la cama fue mi vejiga.
Di pequeños pasos por el piso, que de repente se me antojaba tan grande y vacío como un desierto. Fui consumiendo la distancia doloroso centímetro a doloroso centímetro. Las uñas de los pies aún estaban pintadas de bronce, a juego con las de las manos. Tuve mucho tiempo para mirarme los pies mientras proseguía mi lastimosa peregrinación.
Gracias a Dios que contaba con grifería interior. De haber tenido que llegar hasta el jardín y a un retrete exterior, como le pasaba a mi abuela cuando era una niña, me habría rendido mucho antes.
Cuando completé el viaje, me puse una bata de lana azul. Atravesé como pude el pasillo para ir al salón y examinar el suelo. De camino allí, me di cuenta de que el sol brillaba con fuerza y que el cielo lucía un tono azul muy intenso. Había 6°C de temperatura, según el termómetro que me había regalado Jason por mi cumpleaños. Me lo había montado en el marco de la ventana para que pudiera leerlo con tan sólo echarle una mirada.
El salón tenía un aspecto estupendo. No estaba segura del tiempo que habría invertido la cuadrilla de limpieza vampírica la noche anterior, pero no había partes de cuerpo visibles. La madera del suelo brillaba y los muebles parecían impolutos. La vieja alfombra había desaparecido, pero no le di importancia. Tampoco es que fuera una insustituible reliquia familiar; simplemente era una bonita alfombra que la abuela había comprado en un mercadillo por treinta dólares. ¿Por qué me estaba acordando de eso? Poco importaba. Y mi abuela estaba muerta.
Sentí la repentina amenaza del llanto, pero le puse freno. No pensaba dejarme llevar por la autocompasión. Mi reacción ante la infidelidad de Bill se me antojaba ahora débil y lejana; tal vez me había convertido en una mujer más fría, o puede que mi coraza protectora se hubiera vuelto más densa. Ya no sentía ira hacia él, para mi sorpresa. La mujer, bueno, la vampira que creía que lo amaba le había torturado. Y lo había hecho por un beneficio económico, lo cual era aún peor.
De repente, me horroricé al revivir el momento en el que le clavé la estaca entre las costillas, y pude sentir el movimiento de la madera adentrándose en su cuerpo.
Llegué al cuarto de baño del pasillo justo a tiempo.
Vale, sí, había matado a alguien.
Una vez le había hecho daño a alguien que quería matarme, pero nunca me había afectado; bueno, sí, una o dos pesadillas. Pero el horror de clavarle una estaca a la vampira Lorena era algo mucho peor. Ella me habría matado mucho más deprisa, y estoy segura de que no hubiera supuesto ningún tipo de problema para Lorena. Probablemente se habría partido el culo de la risa.
Quizá fuera eso lo que me había afectado tanto. Tras hundirle la estaca, estoy segura de que tuve un momento, un segundo, un latido de tiempo en el que pensé: «Toma ya, zorra». Y fue un placer de lo más puro.
Un par de horas más tarde, descubrí que era la primera hora de la tarde de un lunes. Llamé al móvil de mi hermano y se pasó con mi correo. Cuando abrí la puerta, se quedó ahí de pie durante un buen minuto, mirándome de arriba abajo.
– Si te ha hecho esto, me voy ahora mismo para allá con una antorcha y un mango de escoba afilado -dijo.
– No, no ha sido él.
– Y ¿qué ha pasado con los que te lo han hecho?
– Será mejor que no le des demasiadas vueltas.
– Al menos hace algunas cosas bien.
– No le voy a volver a ver.
– Oh, oh. Ya he oído eso antes.
Tenía razón.
– Por una buena temporada -dije con firmeza.
– Sam dijo que te habías ido con Alcide Herveaux.
– Sam no debió decirte nada.
– Demonios, soy tu hermano. Tengo que saber con quién te vas por ahí.
– Era un asunto de trabajo -dije, tratando de esbozar una tímida sonrisa.
– ¿Vas a meterte a constructora?
– ¿Conoces a Alcide?
– Y ¿quién no, al menos de nombre? Esos Herveaux son bien conocidos. Tipos duros. Currantes. Ricos.
– Es majo.
– ¿No se va a dejar caer más? Me gustaría conocerlo. No quiero pasarme la vida trabajando en una carretera del distrito.
Eso sí que era una novedad para mí.
– La próxima vez que lo vea, te llamaré. No sé si tiene pensado pasar por aquí en breve, pero si es así, serás el primero en saberlo.
– Bien -Jason miró en derredor-. ¿Qué ha sido de la alfombra?
Vi una mancha de sangre en el sofá, más o menos donde Eric se había apoyado. Me senté de modo que mis piernas la taparan.
– ¿La alfombra? Tiré un poco de salsa de tomate encima. Estaba comiendo espaguetis aquí fuera mientras veía la tele.
– ¿La llevaste a la lavandería?
No supe qué contestar. No sabía si eso era lo que los vampiros habían hecho, o si la habían quemado.
– Sí -dije con un titubeo-. Pero dicen que no saben si podrán quitarle la mancha.
– La nueva grava tiene buena pinta.
Me lo quedé mirando con la boca abierta.
– ¿Qué?
El me miró como si estuviese loca.
– La nueva grava del camino. Hicieron un buen trabajo allanándola. No tiene un solo desnivel.
Desterrada la mancha de sangre al olvido, me levanté automáticamente, aunque con cierta dificultad, y miré por la ventana, esta vez a conciencia.
No sólo habían arreglado el camino, sino que había un aparcamiento completamente nuevo delante de la casa. Estaba delimitado con maderos decorativos. La grava era de las caras, de las que se enclava bien y no se desplaza hacia donde uno no quiere. Me tapé la boca con la mano, como calculando lo que aquello habría costado.
– ¿Está así todo el camino, hasta la carretera? -le pregunté a Jason con voz apenas audible.
– Sí. Vi a la cuadrilla de Burgess e Hijos cuando pasé antes -dijo con lentitud-. ¿Es que no les llamaste tú?
Negué con la cabeza.
– Joder, ¿lo han hecho por error? -Jason, que es de ira fácil, empezó a ponerse rojo-. Llamaré a ese Randy Burgess y le patearé el trasero. ¡Ni se te ocurra pagar la factura! Esta es la nota que había pegada en la puerta -Jason se sacó un recibo doblado del bolsillo delantero-. Lo siento, iba a dártela cuando te vi la cara.
Desdoblé la hoja amarilla y leí la nota: «Sookie: el señor Northman dijo que no llamara a la puerta, así que te dejo esta nota. Puede que la necesites si queda algún defecto. No dudes en llamarnos. Randy».
– Está pagada -dije, y Jason se calmó un poco.
– ¿Tu novio? ¿Tu ex?
Recordé que le grité a Eric el asunto de mi camino.
– No -dije-. Otra persona -me pillé a mí misma deseando que esa persona hubiera sido Bill.
– Estás haciendo muchos amigos estos días -dijo Jason. No me estaba juzgando, tal como me esperaba, sino que había sido lo bastante avispado como para saber que no me podía tirar muchas chinas.
– Pues no -dije llanamente.