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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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– Sí.

La voz de Eric, de repente más cerca, preguntó:

– ¿La sangre es suya?

– Sí, parte de ella.

Lanzó un profundo y tembloroso suspiro.

– La suya es diferente.

– Sí -dijo Bill fríamente-. Pero seguro que ya estás lleno.

– Hacía mucho que no tomaba tanta sangre de verdad -dijo Eric, del mismo modo que mi hermano Jason habría dicho que hacía mucho que no se zampaba una tarta de moras.

Bill deslizó las manos por debajo de mí.

– Lo mismo digo. Tendremos que sacarlos a todos fuera -dijo como si tal cosa- y limpiar la casa de Sookie.

– Por supuesto.

Bill empezó a darme la vuelta y yo comencé a llorar. No pude evitarlo. Por muy fuerte que quisiera ser, sólo podía pensar en mi cuerpo. Si alguna vez os han dado una buena paliza, seguro que sabéis a qué me refiero. Cuando te han apaleado de esa manera, te das cuenta de que no eres más que un envoltorio de carne, un envoltorio fácil de penetrar que contiene un montón de fluidos y algunas estructuras rígidas, que a su vez pueden romperse y ser invadidas. Pensaba que lo había pasado mal hacía unas semanas en Dallas, pero esto dolía mucho más. Sabía que eso no significaba que fuese realmente peor, sino que esta vez me habían dañado muchos tejidos blandos. En Dallas me había fracturado el pómulo y me había torcido la rodilla. Pensé que quizá se habría vuelto a resentir la rodilla, y que alguna de las bofetadas me habría vuelto a romper el pómulo. Abrí los ojos, parpadeé y los volví a abrir. La vista se me aclaró al cabo de unos segundos.

– ¿Puedes hablar? -preguntó Eric al cabo de un instante muy largo.

Lo intenté, pero tenía la boca tan seca que no me salió nada.

– Necesita beber -Bill fue a la cocina, salvando todos los obstáculos que había por el camino.

Eric me acarició el pelo. Le habían disparado y quería preguntarle cómo se sentía, pero fui incapaz. Estaba sentado a mi lado, apoyado en los cojines de mi sofá. Tenía la cara manchada de sangre, y parecía más sonrosado que nunca, lleno de vida. Cuando Bill volvió con el agua (incluso había añadido una pajita al vaso), lo miré a la cara. El parecía incluso bronceado.

Me levantó la cabeza con cuidado y puso la pajita en mis labios. Bebí, y fue lo mejor que había saboreado nunca.

– Los habéis matado a todos -dije como pude.

Eric asintió.

Pensé en el círculo de rostros brutales que me habían rodeado. Pensé en el licántropo que me golpeó en la cara.

– Bien -dije. Eric pareció un poco divertido, al menos durante un segundo. Bill no mostró ninguna emoción concreta.

– ¿Cuántos?

Eric miró alrededor vagamente, y Bill los contó con un dedo en silencio.

– ¿Siete? -dijo Bill, dubitativo-. ¿Dos fuera y cinco en la casa?

– Yo diría que ocho -murmuró Eric.

– ¿Por qué habrán venido a por ti de esta manera?

– Jerry Falcon.

– Oh -dijo Bill con una variación en su tono de voz-. Oh, sí, lo conocí. En la sala de torturas. Es el primero de mi lista.

– Pues ya puedes tacharlo -dijo Eric-. Alcide y Sookie se deshicieron de su cuerpo en el bosque ayer.

– ¿Lo mató ese tal Alcide? -Bill bajó la mirada hacia mí y lo reconsideró-. O ¿fue Sookie?

– El dice que no. Encontraron el cadáver en el armario del apartamento de Alcide, y pergeñaron un plan para deshacerse de él -Eric lo dijo casi como si hubiese sido una monada por nuestra parte.

– ¿Mi Sookie escondió el cuerpo?

– No sé si deberías estar tan seguro sobre ese pronombre posesivo.

– ¿Dónde has aprendido esa palabra, Northman?

– Escogí inglés como segundo idioma en el instituto de la comunidad, en los setenta.

– Es mía-dijo Bill.

Me preguntaba si podría mover las manos. Sí que pude. Alcé las dos, dibujando el inconfundible gesto de enseñarles el dedo corazón.

Eric se rió y Bill dijo: «¡Sookie!», en sorprendida exclamación.

– Creo que Sookie nos está diciendo que es dueña de sí misma -dijo Eric con suavidad-. Mientras tanto, para dar por terminada nuestra conversación, quienquiera que escondiera el cadáver en el armario de Alcide pretendía que le echaran las culpas a él, dado que Jerry Falcon le había faltado flagrantemente al respeto a Sookie en el bar la noche anterior y Alcide se había mostrado resentido por ello.

– Entonces ¿todo el montaje podría haber estado dirigido contra Alcide en vez de contra nosotros?

– Es difícil saberlo con seguridad. Evidentemente, por lo que nos dijeron los atracadores armados de la gasolinera, lo que quedaba de la banda reclutó a todos los matones que conocía y los repartió por la interestatal para interceptarnos en nuestro camino de vuelta a casa. De haberse salido con la suya, ahora no estarían en la cárcel sólo por robo a mano armada. Y estoy seguro de que es allí donde están.

– Y ¿cómo han llegado estos tipos hasta aquí? ¿Cómo han sabido dónde vivía Sookie y quién era en realidad?

– Usó su verdadero nombre en el Club de los Muertos. No conocían el nombre de la novia humana de Bill. Fuiste leal.

– No lo fui en otros sentidos -dijo Bill tristemente-. Pensé que era lo mínimo que podía hacer por ella.

Y ése era el tío al que le había enseñado el dedo. Por otra parte, era el tío que estaba hablando como si no me encontrara en la habitación. Y, lo más importante, era el tío que tenía a otra «querida» por quien había planeado abandonarme.

– Entonces puede que los licántropos no supieran que es tu novia; sólo sabían que se hospedaba en el apartamento de Alcide cuando desapareció Jerry. Saben que es posible que Jerry se pasara por el apartamento. Alcide dice que el líder de la manada de Jackson le dijo que abandonara la ciudad y no volviera en un tiempo, pero que creía que no había matado a Jerry.

– Ese Alcide… parecía tener una turbulenta relación con su novia.

– Ella se ha comprometido con otro. Cree que Alcide está con Sookie.

– Y ¿lo está? Ha tenido los huevos de decirle a esa matona de Debbie que Sookie es buena en la cama.

– Quería ponerla celosa. No se ha acostado con Sookie.

– Pero le gusta -Bill lo dijo como si fuese un crimen capital.

– ¿Acaso no le gusta a todo el mundo?

Con un gran esfuerzo, dije:

– Acabáis de matar a un puñado de tipos a los que no parecía gustarles un pelo.

Ya estaba harta de ellos, hablando de mí justo encima de mis narices. Me dolía todo el cuerpo como si me hubiesen atropellado, y mi salón estaba atestado de hombres muertos. Ya era hora de acabar con ambas situaciones.

– ¿Cómo has llegado aquí, Bill? -pregunté con voz de lija.

– En mi coche. Hice un trato con Russell, porque no quería tener que vigilar mis espaldas por lo que me queda de existencia. Russell estaba colérico cuando lo llamé. No sólo yo había desaparecido y Lorena se había esfumado, sino que los licántropos que tenía a sueldo le habían desobedecido y habían puesto en peligro los negocios que mantiene con el tal Alcide y su padre.

– ¿Con quién estaba Russell más enfadado? -preguntó Eric.

– Con Lorena, por dejarme escapar.

Aquello les provocó una buena carcajada, antes de que Bill continuara con su historia. Estos vampiros. Siempre de risas.

– Russell accedió a devolverme el coche y dejarme en paz si le contaba cómo me había escapado, para que pudiera poner remedio a ese fallo en la seguridad. Y me pidió un precio para compartir con él el directorio de vampiros.

Si Russell hubiera hecho eso desde el principio, habría ahorrado a todo el mundo un montón de sufrimiento. Por otra parte, Lorena seguiría viva. Igual que los matones que me habían pegado, y puede que Jerry Falcon también, cuya muerte seguía siendo un misterio.

– Así que -siguió Bill- fui a toda prisa por la autopista para deciros que los licántropos y sus secuaces os seguían los pasos, y que se habían adelantado por el camino para esperaros. Mediante los ordenadores, habían descubierto que la novia de Alcide, Sookie Stackhouse, vivía en Bon Temps.

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