El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
– ¡Oh, Dios, te he hecho daño! -dijo. Sus labios parecían henchidos y rojos después del largo beso, y le brillaban los ojos.
Me sentí obligada a disculparme.
– Es que me duele todo -dije.
– ¿Qué te han hecho? -preguntó-. ¿Algo más que unos bofetones en la cara?
Había pensado que mi maltrecha cara era mi problema más serio.
– Ojalá hubiera sido sólo eso -contesté, tratando de sonreír.
Adquirió un aspecto verdaderamente afligido.
– Y aquí estoy yo, enrollándome contigo.
– Bueno, yo tampoco te lo he impedido -dije dócilmente (me dolía todo demasiado como para luchar contra él-. Y tampoco he dicho: «No, señor, ¡cómo se atreve a forzar sus atenciones en mí!».
En cierto modo, Alcide parecía sorprendido.
– Volveré a pasarme pronto -prometió-. Si necesitas algo, llámame -se sacó una tarjeta del bolsillo y la depositó sobre la mesa que había junto al sofá-. Este es mi número del trabajo, y te voy a apuntar mi móvil y el de mi casa en el reverso. Dame el tuyo.
Obediente, le recité los números y él los apuntó en una pequeña libreta negra, no es broma. No tuve fuerzas para hacer el chiste.
Cuando se marchó, la casa se me antojó especialmente vacía. Alcide era tan grande y rebosaba tanta energía (estaba tan vivo), que llenaba amplios espacios con su personalidad y su presencia.
Era un día pensado para hacerme suspirar.
Después de hablar con Jason en el Merlotte's, Arlene se pasó por casa a las cinco y media. Me inspeccionó como si estuviera aguantándose muchos comentarios que realmente deseara hacer, y me calentó una sopa Campbell's. Dejé que se enfriara un poco antes de comerla con mucho cuidado y muy lentamente, y enseguida me sentí mejor. Metió los platos en el lavavajillas y me preguntó si necesitaba que me ayudase con cualquier otra cosa. Pensé en sus hijos esperándola en casa, así que dije que no. Me vino bien ver a Arlene, y saber que estaba luchando consigo misma para no hablar interrumpiendo a los demás, me hizo sentir incluso mejor.
Físicamente, me sentía cada vez más entumecida. Me obligué a levantarme y a caminar un poco (aunque apenas fuera sino a cojear), pero a medida que las magulladuras afloraban en su plenitud y la casa se enfriaba, empecé a sentirme mucho peor. Era en momentos así cuando vivir sola se me hacía tan cuesta arriba: cuando me sentía mal o enferma y no había nadie allí para cuidarme.
Si no me andaba con cuidado, podía caer en la autocompasión.
Me sorprendió que el primer vampiro en llegar al anochecer fuera Pam. Esa noche vestía una especie de camisón negro que le llegaba hasta los pies. Seguro que tenía que trabajar en Fangtasia. Por lo general, Pam detestaba el negro; era una mujer más de tonos pastel. No dejaba de tironearse las mangas de gasa con impaciencia.
– Eric dice que puede que necesites a una mujer para ayudarte -dijo, impaciente-, aunque no se me ocurre por qué demonios debería ser yo tu doncella. ¿De verdad necesitas ayuda o es que sólo trata de congraciarse contigo? Me caes bien, pero, al fin y al cabo, soy una vampira y tú una humana.
Esta Pam, qué cielo de chica.
– Podrías sentarte y hacerme compañía un rato -sugerí, poco segura de cómo proceder. Lo cierto es que me habría venido muy bien una ayuda para entrar y salir de la bañera, pero sabía que Pam se sentiría ofendida si se le pidiera realizar una tarea tan personal. Al fin y al cabo, ella era una vampira y yo una humana…
Pam se sentó en una butaca que había frente al sofá.
– Eric dice que sabes disparar una escopeta -dijo, más animada a la conversación-. ¿Me enseñarás?
– Será un placer, cuando me encuentre mejor.
– ¿De verdad le clavaste una estaca a Lorena?
Según parecía, las lecciones de tiro con escopeta eran más importantes que la muerte de Lorena.
– Sí. De lo contrario, ella me habría matado a mí.
– ¿Cómo lo hiciste?
– Llevaba conmigo la estaca que usaron contra mí.
Entonces Pam tuvo que escuchar la historia, y me preguntó qué se sentía, dado que era la única persona que conocía que había sobrevivido a una estaca. Finalmente, me preguntó cómo maté exactamente a Lorena, y ahí estábamos, de vuelta al tema de conversación que menos gracia me hacía.
– No me apetece hablar de ello -admití.
– ¿Por qué no? -Pam sentía curiosidad-. Decías que quería matarte.
– Y así era.
– Y después de haberlo hecho, habría seguido torturando a Bill hasta doblegarlo, y tú estarías muerta, y todo habría sido para nada.
La verdad es que no le faltaba razón, y asumí su idea como algo que debía tener en cuenta en lugar de abandonarme al reflejo de la desesperación.
– Bill y Eric no tardarán en venir -dijo Pam, mirando su reloj.
– Ojalá me hubieras dicho eso antes -dije, pugnando por levantarme.
– ¿Tienes que cepillarte los dientes y el pelo? -Pam se mostraba alegremente sarcástica-. Por eso Eric pensó que necesitarías mi ayuda.
– Creo que puedo hacerlo sola, si mientras no te importa calentar algo de sangre en el microondas… Para ti, por supuesto. Lo siento, no he sido muy amable.
Pam me miró con escepticismo, pero se fue a la cocina sin más comentarios. Escuché por un momento para asegurarme de que sabía manejar el microondas, y oí los pitidos mientras ella pulsaba sin titubeos los botones correspondientes.
Lenta y dolorosamente, me lavé, me cepillé el pelo y los dientes, y me puse un pijama rosa con una bata y unas zapatillas a juego. Ojalá hubiera tenido la energía para vestirme, pero me sentía incapaz de soportar ropa interior, calcetines y calzado.
No tenía ningún sentido maquillarse las magulladuras. No había forma de disimularlas. Me pregunté por qué me habría levantado del sofá para someterme a esa penitencia de dolor. Me miré al espejo y me dije que era una estúpida por querer acicalarme ante su llegada. Era sencillamente imposible. Dado mi lamentable estado general (físico y mental), mi comportamiento resultaba ridículo. Lamenté haber sentido el impulso, y lamenté más aún que Pam lo hubiera presenciado.
Pero el primero que apareció fue Bubba.
Estaba completamente ataviado con su ropa especial. Los vampiros de Jackson habían disfrutado de su compañía, eso era evidente. Bubba lucía un mono rojo con diamantes falsos engarzados (no me sorprendió demasiado que uno de los chicos juguete de la mansión tuviera uno), un cinturón ancho y botines. Tenía un aspecto estupendo.
Pero no parecía estar muy contento, sino más bien quería disculparse.
– Señorita Sookie, lamento haberla perdido la otra noche -dijo a la primera de cambio. Pasó rápidamente junto a Pam, quien pareció sorprendida-. Ya veo que le ha pasado algo horrible, y yo no estuve allí para evitarlo como me dijo Eric. Me lo estaba pasando bien en Jackson; esa gente sí que sabía montarse una fiesta.
Tuve una idea. Una idea deslumbrantemente sencilla. De haber sido un personaje de tira cómica, se habría manifestado como una bombilla encendida sobre mi cabeza.
– Me has estado vigilando todas las noches -dije con toda la amabilidad posible, esforzándome por desterrar toda la excitación de mi voz-, ¿verdad?
– Sí, desde que el señor Eric me lo ordenó -se puso más recto; llevaba la cabeza cuidadosamente peinada con gel con un estilo que me era familiar. Los chicos de la mansión de Russell se habían esmerado.
– Entonces, estabas cerca la noche que volvimos del club, la primera noche, ¿recuerdas?
– Claro que sí, señorita Sookie.
– ¿Viste a alguien fuera del apartamento?
– Por supuesto -parecía orgulloso.
Toma ya.
– ¿Iba vestida esa persona con ropas de cuero de una banda?