Deja en paz al diablo
- Автор: Вердон Джон
- Серия: Dave Gurney [es] #3
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
– Eso también es verdad. ¿En qué momento le vendría bien?
– La verdad es que en ninguno. Pero la conveniencia es una cuestión irrelevante. Resulta que estoy de vacaciones en mi casa familiar en el Adirondack. ¿Sabe dónde está el lago Sorrow?
– Sí.
– Es sorprendente. -Había algo esnob en su incredulidad-. Muy poca gente ha oído hablar de él.
– Mi mente está llena de datos inútiles.
Trout no respondió a una falta de respeto tan poco sutil.
– ¿Puede estar aquí mañana a las nueve?
– No. ¿Y el domingo?
Hubo otra pausa.
– ¿A qué hora puede estar aquí el domingo? -contestó Trout con voz mesurada. Era como si estuviera esbozando una medio sonrisa para disimular su rabia.
– A la hora que quiera. Cuanto antes mejor.
– Bien. A las nueve aquí.
– ¿A las nueve dónde?
– No hay dirección postal. Espere, mi asistente le proporcionará las indicaciones. Le aconsejo que las anote con cuidado, palabra por palabra. Las carreteras aquí son complicadas y los lagos son profundos. Y muy fríos. Será mejor que no se pierda.
La advertencia era casi cómica.
Casi.
Cuando terminó de anotar las indicaciones para llegar al lago Sorrow y volvió a la cocina, Kim y Kyle ya estaban bajando por el prado en la BSA. Un sol pálido que comenzaba a atravesar el cielo encapotado se reflejaba en el cromado de la motocicleta.
Empezó a darle vueltas a una serie de «y si…». El sonido de una percha al caerse en el suelo del vestíbulo le interrumpió.
– ¿Maddie?
– ¿Sí?
Al cabo de un momento ella apareció en la puerta del lavadero, vestida con un estilo más conservador de lo habitual, es decir, no como un arcoíris.
– ¿Adónde vas?
– ¿Adónde crees tú?
– Si lo supiera, no te lo preguntaría.
– ¿Qué día es hoy?
Dudó.
– ¿Viernes?
– ¿Y?
– ¿Y? Ah, sí. Uno de tus grupos en la clínica.
Madeleine le dedicó una mirada que era a la vez divertida, exasperada, amorosa y preocupada. Era típico de ella, algo que la hacía diferente.
– ¿Necesitas que haga algo en relación con el seguro? -preguntó-. ¿O quieres ocuparte tú? Supongo que tendremos que llamar a alguien.
– Sí. Supongo que a nuestro agente de Nueva York. Lo averiguaré. -Era una tarea simple que había recordado y había olvidado varias veces durante la tarde anterior-. De hecho, lo haré ahora, antes de que se me olvide.
Madeleine sonrió.
– No sé lo que está pasando, pero lo superaremos. ¿Lo sabes, verdad?
Gurney dejó las indicaciones para ir al lago Sorrow en la mesa y la abrazó. La besó en la mejilla y en el cuello y la atrajo hacia sí con fuerza. Madeleine le devolvió el abrazo, presionando su cuerpo contra el de él de una forma que hizo desear a Gurney que su mujer no tuviera que irse a trabajar.
Madeleine retrocedió, lo miró a los ojos y se rio; solo una risa breve, un murmullo afectuoso. Luego se volvió, recorrió el breve pasillo hasta la puerta lateral y se dirigió a su coche.
Gurney miró por la ventana hasta que el vehículo de su mujer se perdió de vista.
Entonces se fijó en un trozo de papel que estaba pegado con cinta adhesiva encima del aparador. Había una frase corta escrita a lápiz. Se acercó y reconoció la caligrafía de Kyle: «No olvides tu tarjeta de cumpleaños». Una pequeña flecha que señalaba hacia abajo. En el aparador, justo debajo, estaba el sobre azul que acompañaba el regalo de Gurney. El característico azul de Tiffany hizo que se sintiera incómodo: no entendía por qué su hijo necesitaba gastarse tanto dinero.
Abrió el sobre y sacó la tarjeta. Era sencilla pero de buen gusto, con solo unas pocas palabras en el anverso: «Una melodía especial para ti».
Abrió la tarjeta. Esperaba escuchar otra irritante versión del Cumpleaños feliz. Pero durante tres o cuatro segundos no se oyó sonido alguno, quizá para darle tiempo a que pudiera leer un segundo mensaje en el interior. «Paz y felicidad en tu día especial».
Y entonces empezó a sonar la música, casi un minuto entero de un pasaje notablemente melódico de la «Primavera» de Las cuatro estaciones, de Vivaldi.
Considerando que el aparato que reproducía aquel sonido era más pequeño que una ficha de póquer, la calidad podía considerarse maravillosa. Aquella melodía le trajo un montón de recuerdos; fue como si cobraran vida.
Kyle tenía once o doce años y todavía acudía cada fin de semana desde la casa de su madre en Long Island al apartamento de Dave y Madeleine en Nueva York. Estaba empezando a mostrar interés por un tipo de música que a su padre le parecía criminal, cruda y completamente estúpida. Así que Gurney estableció una regla: Kyle podía escuchar la música que eligiera siempre y cuando concediera el mismo tiempo a un compositor clásico. Así limitó su exposición a la espantosa música por la que sus jóvenes oídos parecían sentirse atraídos, al tiempo que le forzaba a entrar en contacto con obras maestras que de otro modo no habría escuchado jamás.
Tuvieron sus dimes y diretes, pero Kyle, sorprendentemente, descubrió que le gustaba uno de los compositores clásicos que Gurney le hacía escuchar. Le gustaba Vivaldi. Sobre todo Las cuatro estaciones. Y de las cuatro, su preferida era la «Primavera». Escucharla se convirtió en el precio que estaba dispuesto a pagar por pasar horas con la basura cacofónica que, según él, era su música favorita.
Y entonces ocurrió algo, de un modo tan gradual que Gurney apenas lo notó: Kyle empezó a escuchar, de manera intermitente, no solo a Vivaldi, sino también a Haydn, Handel, Mozart o Bach. Ya no formaba parte del precio que tenía que pagar por escuchar basura, sino que lo hacía porque quería.
Años después le contó a Madeleine que la «Primavera» había abierto una puerta mágica para él. Confesó que aquella decisión de su padre fue una de las mejores cosas que había hecho por él.
Luego Madeleine se lo había contado a Gurney. Se sintió muy extraño. Contento, por supuesto, por haber hecho algo que había generado una reacción tan positiva, pero también triste de que fuera una cosa tan menor, algo que requería tan poco de sí mismo. Quizá Kyle valoraba tanto ese gesto paterno porque no había muchos más.
Sostuvo la tarjeta, emocionado. Aquella encantadora melodía barroca se fue apagando. Se dio cuenta de que otra vez estaba al borde de las lágrimas.
«¿Qué demonios me pasa? Joder, Gurney, contrólate.»
Fue al fregadero y se secó los ojos con papel de cocina. Había estado a punto de llorar más veces en los últimos dos meses que en todos sus años de vida adulta.
«Necesito hacer algo, lo que sea. Acción. Movimiento.»
Pensó que sería una buena idea hacer inventario de lo que se había perdido en el incendio. Estaba seguro de que la compañía aseguradora se lo pediría.
No tenía ganas de hacerlo, pero se obligó. Cogió una libreta amarilla y un bolígrafo del escritorio del estudio, se metió en el coche y condujo hasta las ruinas calcinadas del granero.
Al bajar del coche, le inundó el olor acre de las cenizas húmedas. A lo lejos se oía el aullido intermitente de una sierra mecánica.
Reticente, se acercó a los montones de tablones quemados que yacían entre la estructura retorcida pero todavía en pie del granero. En la zona donde habían estado los kayaks amarillo brillante, encima de un par de caballetes de serrar, había ahora una masa marrón llena de ampollas, endurecida e inidentificable del material del que habían estado hechos los kayaks. Nunca les había tenido mucho cariño, pero sabía que Madeleine sí: salir al río y remar bajo un cielo de verano era uno de sus placeres favoritos. Ver los pequeños botes destruidos -reducidos a una mucosidad petroquímica solidificada- lo entristeció y le dio rabia. La visión de la bicicleta de Madeleine fue peor. Los neumáticos, el asiento y los cables se habían fundido. Las llantas de las ruedas estaban combadas.