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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Helen no conseguía ordeñar. Pero en ese momento, cuando tiraba desesperada de la ubre de la vaca, oyó una risita apagada procedente de la puerta del establo. Oyó unos cuchicheos. Helen se habría asustado si las voces no hubieran sonado claras e infantiles. Así que se limitó a ponerse en pie.

– Salid, os estoy viendo -advirtió.

Otra risita.

Helen fue hacia la puerta, pero sólo pudo distinguir a dos figuras pequeñas y oscuras que salían corriendo como un rayo por la puerta entreabierta.

De todos modos, los niños no irían muy lejos, eran demasiado curiosos.

– No os haré nada -gritó Helen-. ¿Qué queríais, robar huevos?

– ¡Nosotros no robar, missy! -protestó una vocecita escandalizada. Helen había herido en su honor a alguien. De detrás de la esquina del establo surgió una personita morena, vestida sólo con una falda.

– Ordeñar cuando señor Howard fuera.

¡Ajá! Helen debía a ambos la pelea del día anterior.

– ¡Pero ayer no ordeñasteis! -dijo con severidad-. El señor Howard estaba muy enfadado.

– Ayer waiata-a-ringa…

– Danza -completó el segundo niño, en esta ocasión varón, vestido con un taparrabos-. Todo el pueblo bailar. ¡No tiempo para vacas!

Helen renunció a explicarles que una vaca tenía que ordeñarse diariamente sin tener en cuenta las festividades. A fin y al cabo ella tampoco lo había sabido hasta el día anterior.

– Pero hoy podéis ayudarme -dijo en vez de eso-. Podéis enseñarme cómo se hace.

– ¿Cómo se hace? -preguntó la niña.

– Ordeñar. Lo de la vaca -suspiró Helen.

– ¿Tú no saber ordeñar? -De nuevo risitas.

– Entonces, ¿tú qué hacer aquí? -preguntó con una sonrisa irónica el niño-. ¿Robar huevos?

Helen tuvo que reír. El pequeño no había nacido ayer. Pero no podía tomárselo a mal. Helen encontró muy guapos a los dos niños.

– Soy la nueva señora O’Keefe -se presentó-. El señor Howard y yo nos hemos casado en Christchurch.

– ¿El señor Howard casar con wahine que no ordeñar?

– Bueno, tengo otras cualidades -contestó Helen riendo-. Por ejemplo sé hacer caramelos. -En realidad no sabía, pero siempre había sido el último recurso para convencer a sus hermanos de que hicieran algo. Y Howard tenía en casa sirope. Con los otros ingredientes tendría que improvisar, pero en ese momento debía atraer a los niños al establo-. ¡Claro que sólo para niños buenos!

El concepto de «bueno» no parecía significar mucho para los dos maoríes, pero sí conocían la palabra «caramelos». El pacto no tardó en cerrarse. Helen también se enteró de que se llamaban Rongo Rongo y Reti y que procedían de un poblado maorí situado junto al río. Los dos ordeñaron la vaca en un abrir y cerrar de ojos, encontraron huevos en lugares donde Helen no había buscado y luego la siguieron curiosos al interior de la casa. Como confitar el sirope para los caramelos hubiera durado horas, Helen decidió servir a los niños crepes de sirope. Los dos contemplaron fascinados cómo movía la masa y le daba la vuelta en la sartén.

– Como takakau, pan sin levadura -observó Rongo.

Helen vio su oportunidad.

– ¿Sabes hacerlo, Rongo? Me refiero al pan sin levadura. ¿Me enseñas cómo se hace?

En realidad fue fácil. No se necesitaba más que cereal y agua. Helen esperaba que esto satisficiera las exigencias de Howard, al menos era algo de comida. Para su sorpresa, también encontraron algo comestible en el abandonado huerto de la parte posterior de la casa. En la primera inspección, Helen no había descubierto nada que se ajustara a su idea de verdura, pero Rongo y Reti removieron la tierra sólo un par de minutos y mostraron con orgullo unas raíces indefinibles. Helen preparó un potaje con ellas que sabía sorprendentemente bien.

Por la tarde, la joven limpió la habitación mientras Rongo y Reti inspeccionaban la dote. Los libros despertaron especialmente su atención.

– ¡Esto es magia! -dijo Reti con gravedad-. No coger, Rongo, o tú ser devorado.

Helen rio.

– ¿Cómo se te ocurre algo así, Reti? Sólo son libros que contienen historias. No son peligrosos. Cuando hayamos acabado aquí, os leeré algo en voz alta.

– Pero las historias están en la cabeza de kuia -dijo Rongo-. El contador de cuentos.

– Bien, pero cuando se sabe escribir, las historias fluyen de la cabeza por el brazo y la mano hacia el libro -dijo Helen-, y todo el mundo puede conocer la historia, no sólo aquel a quien el kuia se la cuenta.

– ¡Magia! -concluyó Reti.

Helen sacudió la cabeza.

– Que no. Mira, así se escribe tu nombre. -Cogió una hoja de papel de cartas y escribió primero el nombre de Reti y luego el de Rongo. Los niños la contemplaban boquiabiertos-. ¿Veis?, ahora podéis leer vuestros nombres. También podemos escribir todo lo demás. Todo lo que sabemos decir.

– ¡Pero entonces tienes poder! -dijo con seriedad Reti-. ¡El contador de cuentos tiene poder!

Helen rio.

– Sí. ¿Sabéis una cosa? Os enseñaré a leer. A cambio, vosotros me enseñaréis cómo ordeñar la vaca y lo que se cultiva en el huerto. Le preguntaré al señor Howard si hay libros en vuestra lengua. Yo aprendo maorí y vosotros mejoráis vuestro inglés.

5

Gerald acabaría teniendo razón. La boda de Gwyneira sería el acontecimiento social más esplendoroso que las llanuras de Canterbury habían conocido jamás. Los invitados de granjas alejadas e incluso de la División de Dunedin se pusieron en marcha días antes. La mitad de Christchurch también estaría presente. Las habitaciones de invitados de Kiward Station pronto se llenaron hasta los topes, pero Gerald mandó levantar tiendas alrededor de la casa para que todos tuvieran un sitio confortable en el que dormir. Contrató al cocinero del hotel de Christchurch para ofrecer a los invitados una cocina que les resultara familiar pero que al mismo tiempo fuera selecta. Mientras, Gwyneira debía enseñar a las chicas maoríes a servir a la perfección, algo que superaba sus conocimientos. Entonces se le ocurrió que con Dorothy, Elizabeth y Daphne habría personal bien formado en el entorno. La señora Godewind puso de buena gana a Elizabeth a su disposición; los Candler, los señores de Dorothy, estaban invitados y podían llevar a la muchacha con ellos. Gerald no tenía ni idea de dónde se encontraba la granja de los Morrison, así que no había esperanzas de ponerse en contacto con Daphne. La señora Baldwin aseguraba, sin embargo, que lo había intentado, pero que no había recibido respuesta de los Morrison. Gwyneira volvió a pensar con pena en Helen. Tal vez ella sabía algo de su discípula perdida. No obstante seguía sin tener noticias de su amiga y tampoco ella había tenido ni el tiempo ni la oportunidad de seguirle la pista.

Al menos Dorothy y Elizabeth daban la impresión de estar contentas. Con los uniformes azules para la boda, con delantales de puntillas y la cofia, estaban guapas y aseadas, y tampoco habían olvidado ni una pizca de su formación. Aun así, Elizabeth dejó caer dos platos de valiosa porcelana a causa del nerviosismo, pero Gerald no se dio cuenta, a las chicas maoríes les daba igual y Gwyneira miró hacia otro lado. Le preocupaba más Cleo, que obedecía con reservas a James McKenzie. Esperaba que todo saliera bien en la demostración de los perros pastores.

Hacía un día espectacular, por lo que el enlace se celebró en un baldaquín construido para la ocasión en el jardín donde todo reverdecía y daba flores. Gwyneira conocía la mayoría de las plantas de Inglaterra. La tierra era fértil y, a ojos vistas, estaba preparada para abrirse a toda la nueva flora y fauna que los inmigrantes le aportaran.

El vestido de boda inglés de Gwyneira atrajo miradas y comentarios elogiosos. Elizabeth en particular estaba entusiasmada.

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