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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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– ¿Pero por qué dejarse llevar por el pánico? -Gemma trazó un círculo en el polvo que había sobre la mesa de Kincaid. Luego dibujó otro-. A menos que hayamos removido el fango más de lo que suponíamos. Pero en ese caso, ¿quién lo ha avisado? -Conectó los círculos con una línea ondulada y luego se limpió el polvo del dedo.

– Podría ser algo tan sencillo como su secretaria, la agradable señora como-se-llame, que le ha debido explicar que estamos investigando sus movimientos de la noche en que murió Gilbert. Pero habría esperado una respuesta más impasible de un poli experimentado como Ogilvie, como mínimo un buen farol.

Gemma asintió.

– Ogilvie. La impasibilidad personificada. ¿Pero qué hay de…?

– ¿Talley? Un converso, diría yo. Los del comité empezarán hoy con él y ellos aprietan bien los tomillos. Pero, mientras tanto, no es que podamos hacer mucho por ese lado. -Kincaid bostezó.

– ¿Qué hacemos ahora, jefe? -preguntó Gemma.

– Puedes preparamos un café, anda, sé buena chica -dijo Kincaid sonriendo.

Era una broma habitual entre ellos y esta mañana Gemma no se sentía inclinada a defraudarlo.

– Puede prepararse su maldito café usted mismo, señor -respondió sin poder aguantar la risa-. Pero me voy a preparar uno para mí, y si me tratas bien igual te traigo una taza. -Se levantó de la silla y añadió-: Pero en serio…

– De vuelta a Surrey, creo. ¿Quieres ir con Will a entrevistar al director del banco en Dorking?

Era más una petición que una orden y este gesto la emocionó más de lo que esperaba.

– Está bien. -Se sentó en el brazo de la silla-. ¿No quieres preguntarle a Claire primero? Podría haber una explicación muy sencilla.

Kincaid negó con la cabeza mientras se masajeaba la zona en tensión entre los ojos.

– No. -Dejó caer la mano y miró a Gemma sin rastro de la picardía que había mostrado hacía un momento-. Claire no nos lo está explicando todo, Gemma. Estoy seguro de ello y no me gusta nada. Creo que es hora de que tengamos otra charla con la doctora Gabriella Wilson.

* * *

Después de echarle una buena mirada al estado de su jefe en el aparcamiento de Scotland Yard, Gemma insistió en conducir ella el Rover que habían solicitado. Kincaid se quedó dormido antes de cruzar el puente de Westminster y nada perturbó su sueño mientras avanzaron lentamente por el clamor del tráfico de Londres. Gemma lo miró mientras esperaba ante otro semáforo interminable y pensó en la última vez que lo observó dormir, indefenso como un niño, y por primera vez le asaltaron las dudas. ¿Debería haber escuchado como mínimo su versión de las cosas?

Kincaid se movió y abrió los ojos por un momento, como si la conciencia de la mirada de Gemma hubiera llegado allá donde el ruido de las bocinas y el chirrido de los frenos no podían llegar.

Gemma agarró con fuerza el volante y se concentró en la conducción.

* * *

– ¿Le apetece comer primero? -preguntó Will Darling mientras le arrebataba una plaza de aparcamiento a otro conductor impaciente.

Gemma y Kincaid se habían cambiado los coches tan pronto llegaron a la comisaría de Guildford. Gemma se fue con Will, y Nick Deveney y Kincaid se quedaron con el Rover.

– Todavía no son las doce. -Gemma ofreció al conductor frustrado una sonrisa de disculpa mientras salía del coche y se dirigía a la acera, donde la estaba esperando Will.

– Dígaselo a mi estómago. -Will la cogió por el codo y la condujo a la calle principal-. Conozco un pub.

– De alguna manera no me sorprende. Pero nada de pescado con patatas -amonestó Gemma recordando la última vez que comieron juntos. Mientras caminaban por la concurrida calle, procurando esquivar la aglomeración de gente que iba de compras a mediodía, Gemma se dio cuenta de que tenía hambre. No pudo recordar si había comido desde que supo lo de Jackie el día anterior por la mañana, pero supuso que lo había hecho de manera mecánica.

Se trataba de un pub realmente agradable y un lugar favorito entre los lugareños tal como demostraba la clientela temprana. Después de pedir en la barra del bar, se fueron con sus bebidas a una mesa situada en una esquina. Will dijo:

– ¿Sabe la primera norma del buen policía? Primero, comer bien. Nunca se sabe cuándo va a tener uno otra oportunidad.

– Se lo ha tomado muy en serio.

– Supongo que el ejército tiene algo que ver. -Will se quedó mirando por la ventana mientras sorbía la espuma de su pinta-. Vivir al límite hace que tendamos a reconocer más fácilmente las prioridades.

– ¿Al límite? -repitió Gemma, desconcertada.

– Estuve destinado en Irlanda del Norte durante dos años.

La camarera les trajo la comida: patatas asadas y ensaladilla de langostinos para Gemma y pollo asado para Will. Mientras mezclaba la ensaladilla con las patatas, Gemma miró a Will a través del vapor que emanaba de su plato. Se lo imaginó en uniforme y botas, con ese aspecto de mofletudo granjero de Surrey.

– Cuando fui era tan ambicioso como usted -prosiguió Will tragándose un bocado de pollo-. No se moleste en discutirlo -añadió con una sonrisa-. Las mujeres de la metropolitana no llegan a su rango de otro modo. Quiere llegar a agente de la división de investigación criminal, o incluso comisario, ¿no? -Agitó una patata frita para poner énfasis-. Yo también entonces, sólo que yo tenía puestas mis esperanzas en un cuerpo comarcal, preferentemente éste.

Gemma se llevó el tenedor a la boca y paró en seco.

– No lo entiendo, Will. Seguro que no es demasiado tarde. Sólo tiene, ¿cuántos…? -Recordó lo que dijo sobre su cumpleaños y calculó de cabeza-. ¿Treinta y cuatro? Y es un buen policía, no hace falta que se lo diga.

– Gracias de todos modos. -Se limpió los dedos con la servilleta y sonrió-. E imagino que subiré de rango por el desgaste de mis superiores, así de sencillo. La verdad es que ya no me importa. Dos de mis mejores compañeros estaban haciendo controles de rutina en la frontera una noche. -Puso la mano en el vaso de cerveza, pero no lo levantó-. Por desgracia el camión que pararon llevaba una bomba. -Su voz era desapasionada, sólo la quietud de la mano en el vaso lo delataba.

– Oh, no -susurró Gemma.

Will se encogió de hombros.

– Todos nos habíamos estado quejando de nuestro destino. Las protestas habituales, aburrimiento, comida pésima, escasez de chicas. -En sus mejillas apenas se veían los hoyuelos-. Íbamos a tener grandes aventuras cuando volviéramos a casa. Mi madre solía decir que lo importante era el trayecto, no llegar a la estación. Es un tópico muy usado, lo sé, pero ese día reconocí la verdad que encerraba.

Gemma puso el tenedor junto a la patata comida a medias.

– Le han explicado lo de Jackie, ¿verdad?

– Sí. -Alargó el brazo por encima de la mesa y tocó su mano-. Lo siento, Gemma.

No pudo hacer frente a la sincera simpatía de los ojos de Will y cogió de nuevo su tenedor para acabar jugueteando con la comida. Pensó en la terca negativa de Jackie a dejar las rondas porque le encantaba lo que llamaba «control cotidiano», el contacto regular con las personas de las que era responsable.

– Le hubieras gustado a Jackie -dijo Gemma-. Miró a Will cuando éste centró su atención de nuevo en la comida y se preguntó si él también se sentía responsable de las muertes de sus amigos.

* * *

En la placa que había sobre el escritorio del director del banco se leía Augustus Cokes. El nombre era tan apropiado que Gemma se preguntó si los apelativos dejaban una impronta, como un cromosoma adicional. Se trataba de un hombre pequeño con cara redonda, llevaba gafas y su cabello era ralo. Se levantó para saludarlos con una expresión de inquietud y confusión.

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