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El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
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No había nada que fuera sencillo, por más que Leslie se empeñase en hacerla pensar lo contrario. Ella no se creía que los dos se lo estuvieran pasando bien sin más complicaciones, que aquello fuese una juerguecita, como había dicho él. A veces se asombraba al reparar en los sentimientos contradictorios que tenía hacia él. Por ejemplo,

en la ocasión en que él le dijo que no había el menor riesgo de que ella corriese peligro de quedar preñada, porque tanto su señora como él se habían hecho las pruebas de rigor y se descubrió con ello que él no podía engendrar descendencia. El creyó que ella debería sentirse aliviada, contenta incluso, feliz, y ella supuso que así debería ser, cuando lo cierto era que no se alegró. Sabía que era sumamente improbable que llegase un día en que pudieran tener un hijo juntos, aunque el hecho de que no llegara a suceder, de que fuera imposible, le producía una sensación de vacío en el estómago, como si le hubiesen arrancado una parte de ella.

No, no había nada que fuera sencillo. Y para complicar todavía más las cosas, todas las cosas, además de su vida privada resultó que Leslie y ella tenían también una especie de vida pública, una vida en la que ella debía fingir que él no era más que un socio. El Silver Swan funcionaba bien, mejor de lo que ella o el propio Leslie se habían atrevido a esperar, sospechó ella a pesar de la confianza que transmitía él con sus chácharas. En la ciudad había más mujeres ricas y aburridas de lo que ella nunca hubiera supuesto. Tampoco podría haber imaginado cuántas mujeres, entre todas ellas, tenían tan curiosas inclinaciones: prácticamente no pasaba una sola semana sin que se viera obligada a plantar cara para frenar los avances de una víbora de uñas afiladas como cuchillas y cara de arpía y ojos como esquirlas de hielo. A su debido tiempo dio en pensar que esas mujeres -afirmaban ser mujeres, aunque eran más hombrunas de lo que nunca llegarían a ser muchos hombres- representaban simples gajes del oficio, por todo lo cual les añadía un recargo sustancial a sus facturas.

Y el dinero fue entrando a espuertas. Fue una gran sorpresa comprobar qué astucia tenía ella para los negocios, aunque más vale que fuera así, puesto que Leslie, como bien descubrió relativamente pronto, no tenía remedio:

era encantador, pero no tenía remedio. A decir verdad, su único activo era su encanto, y eran muchas las dientas del salón de belleza, bien lo sabía, aunque no fueran como es natural las de ojos fríos como el hielo, que acudían a valerse de sus servicios con la esperanza de arrinconarlo a él y tener una grata charla como poco, y las charlas gratas a nadie se le daban tan bien como a Leslie. Hizo siempre todo cuanto pudo por no criticarle por su incompetencia o por su pereza. ¿Por qué iba ella a quejarse? Por vez primera en toda su vida se sentía plena, realizada. Tenía confianza en sus posibilidades y tenía seguridad, tenía dinero en el bolso y tenía un Baby Austin recién estrenado, que conducía con gran placer; al invierno siguiente, si las cosas siguieran tal como iban, podría comprarse un abrigo de armiño. Dicho de otro modo, ya no era Deirdre Hunt: se había convertido en Laura Swan. Y en el trato había salido ganando aún más, pues también tenía a Leslie.

Él le enseñó cómo hacer cosas que, antes de él, no habría pensado, no habría llegado a soñar siquiera en sus más secretas fantasías. Eran cosas que al principio la llenaron de vergüenza, lo cual por supuesto formaba parte importante del placer que sentía en ellas, pero que pronto también pasaron a ser casi motivo de orgullo para ella. Fue como aprender una nueva tarea y desarrollar su destreza, adiestrándose en nuevos estadios de osadía y de aguante. Siempre le había dado timidez su cuerpo, suponía que por haberse criado en los Bloques y haber tenido que dormir en el cuarto de sus padres incluso mucho después de haber dejado de ser una niña, sin tener la menor intimidad en ninguna parte, ni siquiera en el retrete, porque su padre nunca quiso reparar el pestillo, que estaba estropeado desde hacía tanto que ya nadie recordaba cuándo se estropeó. Ahora, toda aquella incomodidad casi violenta había desaparecido del todo, de eso se ocupó Leslie.

No le quedaba sino una preocupación, y era que Billy pudiera darse cuenta de que había cambiado. Una noche, en la cama, se olvidó de todas sus precauciones y lo guió a un lugar que probablemente él pensó que ella jamás le dejaría tocar siquiera -su fantasía, en esos momentos, era que estaba en la cama con Leslie-, y cuando él se quitó de encima de ella y se dejó caer sobre el vientre, jadeando, le preguntó con voz apagada dónde había aprendido esa clase de cosas. Presa del pánico, contestó que lo había leído en una revista que le había prestado alguien, a lo que él resopló y repuso que bonita clase de revistas las que leía de vez en cuando. A la mañana siguiente, cuando se miró en el espejo, por vez primera notó algo en su cara, una dureza nueva, una especie de brillo metálico; peor incluso, encontró en sus facciones una mirada que nunca había visto. Aunque le trastornase tener que reconocerlo, era la mirada de su padre.

Sí, ese sitio al que Leslie la había llevado era un sitio distinto, un sitio cuya existencia ella desconocía del todo, si bien en cierto modo no le resultaba extraño, sino todo lo contrario. Era como un lugar que hubiera visitado durante la infancia y que hubiera olvidado con el tiempo y que de pronto hubiera aparecido de manera inesperada. Lo que sentía cuando pensaba en Leslie era parecido al sentimiento que tenía cuando jugaba a la gallina ciega, por Navidad, en casa. Era una mezcla de anticipación emocionante y de terror delicioso, que le cosquilleaba en toda la piel y le espesaba la garganta. O tal vez fuera un sentimiento que había conocido incluso antes, cuando era bebé, sí, eso tenía que ser: con Leslie volvía a ser un bebé, una niña pequeña en brazos de otro. Quiso explicárselo a él un día, aunque él, cómo no, se echó a reír y se mofó de ella y le dijo que claro que sí, que era un bebé, era su bebé, y le pellizcó tan fuerte en el pecho, con las largas y nacaradas uñas del índice y el pulgar, que la dejó sin respiración.

También era extraño que no tuviera celos de la mujer del abrigo de zorros, de la mujer a la que vio citarse con Leslie en la librería del puente, la mujer que se había mostrado con tantísima desfachatez en la foto. Cuando preguntó a Leslie por ella, él le dedicó su sonriente encogimiento de hombros y le dijo que por supuesto que se la había follado -la palabra hizo que se le agolpase la sangre en las mejillas-, y luego tomó otras fotografías y las esparció delante de sus narices, como si fueran las cartas de una mano, y sonrió con la frialdad que a veces asomaba a sus ojos cuando quería hacerle daño y le dijo: «A todas esas me las he follado yo, ya ves tú». Ella no supo si creerle o no, aunque eso tampoco tenía mayor importancia: le daba igual que dijera en eso la verdad o que mintiera con ánimo de tomarle el pelo. No, no le importaba nada; no tenía celos. En el sitio en que ella se encontraba ahora ya no tenían vigencia las reglas antiguas. No tenía la menor importancia que Leslie se hubiera acostado con la Zorra -ése fue el apodo que se inventó para la señora T, ya que Leslie seguía negándose a decirle el verdadero nombre de la mujer-, e incluso aunque se hubiera acostado con todas las mujeres de las fotos tampoco pasaría nada del otro mundo. Fuera como fuese, no tenía importancia, eran como las personas que poblaban las fantasías que ella elaboraba por escrito para él, no tenían existencia real. Leslie, por su parte, dijo que no le importaba que ella fuese con otros hombres. A decir verdad, quería que encontrase a otros con los que acostarse, hombres, mujeres, quien fuera, con tal de que luego se lo contase todo con pelos y señales. Sobre ese punto ella fue inflexible: nunca se iría con nadie, sólo quería estar con él.

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