El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
En casa de Kreutz aparcó pegado al bordillo y atravesó la cancela de hierro y aporreó la puerta con los nudillos y esperó a que le abriese. Cuando era preciso hacer una visita como aquélla tenía todas las trazas de ser, un buen puño aporreando la madera y haciendo ruido, consideró, era mejor manera de anunciar su llegada que simplemente tocando el timbre; así descolocaba a quienes se encontrasen del otro lado de la puerta, además de descargar su propia adrenalina. Volvió a aporrear la puerta, pero no le abrió nadie. Regresó sobre sus pasos hasta la cancela y miró a uno y otro lado. La calle estaba vacía a esas horas, a media mañana de un apacible día de verano. Volvió a la puerta y extrajo de un bolsillo con cremallera que llevaba en la cartera un instrumento hecho de alambre endurecido, pero flexible, e intricadamente doblado por varios sitios. Parecía tan inofensivo como una horquilla del pelo. Insertó el artilugio en el ojo de la cerradura y lo giró con delicadeza de un lado y de otro, pensando con ociosa satisfacción lo sabio que había sido al avezarse en tantos conocimientos de utilidad contrastada cuando era joven, y al cabo percibió, con una satisfacción casi sensual, dónde estaba el pasador engrasado, y sin embargo resistente, y notó cómo enganchaba los rodillos y el vástago y cómo cedían poco a poco con cada uno de sus giros. Empujó la puerta apenas el ancho de un palmo y entró de costadillo atento a lo que oyera, con la respiración contenida. Le gustaba allanar una vivienda ajena; le producía una auténtica emoción. En ese momento, el corazón le dio un brinco y poco faltó para que chillara espeluznado. Kreutz estaba de pie, inmóvil, envuelto en las sombras, al final del pasillo, y no le quitaba ojo de encima.
Nunca había entendido del todo a Kreutz. Tampoco es que contara con entenderlo -los guiris eran distintos, no tenían nada que ver, parecían de otra especie en todos los sentidos-, y tampoco es que le importase. Había algo en la manera de moverse que tenía el tipo, o de no moverse, más bien, que le resultaba extraordinario. Y además estaba su silencio, el hecho de que estuviera siempre tan callado. No era sólo que apenas dijera nada y que se moviera de un modo tan ágil y flexible, no; su sosiego era más bien una manera de no estar presente, es decir, de estar allí, pero como si al mismo tiempo no estuviera. Inescrutable, ésa era la palabra, ¿o esa palabra correspondía más bien a la manera de ser de los japoneses? En cualquier caso, Kreutz era un hombre realmente difícil de escrutar, si es que así podía decirse. Ese día estaba descalzo y llevaba una túnica sin cuello de una seda rojo oscuro, abotonada hasta el cuello, y una especie de pantalones voluminosos, de Alí Baba, o unos pantalones de pijama que parecían hechos también de seda. Para disimular el sobresalto inicial que se acababa de llevar, Leslie se rió sonoramente.
– Joder, Doc -dijo-. Por el modo que tienes de estar ahí parado pensé que eras alguien del que habías dado buena cuenta y al que habías disecado. ¿Y por qué no me has abierto cuando llamé?
Kreutz pareció meditar con gran seriedad la pregunta.
– ¿Qué es lo que quieres? -preguntó a su vez.
Leslie suspiró y negó con un gesto ostensible de pena y de pesadumbre.
– Me pregunto, Doc, si ésta es manera de saludar a un buen amigo. ¿Qué ha sido de tu calor humano? ¿Adónde ha ido a parar tu hospitalidad? ¿Por qué no me invitas a tomar ese té especial que preparas? ¿Por qué será que no quieres invitarme, eh?
El Doctor parecía meditar de nuevo. Leslie se preguntó si estaría pensando en presentar resistencia. Si intentase llegar a las manos iba a ser una risa. Pero no, era imposible, claro está; siendo budista, o lo que fuese, eso estaba descartado. Leslie tuvo conciencia de que en cierto modo lo lamentaba. Tenía ese cosquilleo en las palmas de las manos que demasiado bien conocía de antaño, el cosquilleo de las ganas de golpear algo, o a alguien, siempre y cuando ese alguien, a ser posible una mujer, de ninguna manera fuese a repeler sus golpes y a tratar de asestarle otros, o no demasiado en serio de todos modos. Y Kreutz en ese sentido valía tanto como una simple mujer. Sin mediar palabra giró sobre sus talones, sus talones encallecidos de tanto andar descalzo, y se dirigió al cuarto de estar. Leslie lo siguió, pero se quedó en la puerta y se apoyó en la jamba con una pose negligente, las manos en los bolsillos y los tobillos cruzados. Se miró los zapatos y los admiró distraído: unos mocasines marrones con borla, algo viejos, pero de los buenos. Kate siempre se había burlado de su manera de vestir; le decía que si acaso parecía un vivales al que las cosas le fueran mejor de lo previsto. «Y no en cambio -decía él con una de sus risotadas- un vivales al que no le sale ni una a derechas, que es lo que tú consideras que soy en realidad». Y con eso se armaba la pelea. Sabía plantar pelea Kate en aquellas ocasiones, desde luego. En los viejos tiempos, sus peleas siempre terminaban en la cama; ya no era así. Movió los dedos del pie derecho dentro del zapato. Ay, la buena de Kate…
– ¿Qué es lo que quieres? -volvió a preguntar Kreutz, y así lo arrancó de su ensueño.
– Ya te lo he dicho… Una buena taza de té.
La sala estaba iluminada intensamente, casi de un modo chillón, por el gran panel de luz del sol que caía inclinado desde la ventana y llegaba intacto desde encima del hospital de enfrente. Leslie se dio cuenta de lo muy preocupado que estaba Kreutz, lo notó en su manera de permanecer en pie, con los brazos rígidos y pegados a los costados, moviendo los dedos, y con un brillo intenso en el blanco de los ojos. Bueno, pues mejor que así sea; más le vale estar preocupado.
– Anda y ve a poner la kettle al fuego -dijo Leslie-, pórtate bien.
Kreutz no se movió. Siguió allí plantado junto a la mesita baja, con los brazos rígidos y pegados al cuerpo, como si fuera, pensó Leslie, un soldado raso que ha de ponerse firmes y que estuviera a punto de saludar marcialmente a un superior. No es que Leslie supiera gran cosa de la vida en el Ejército, pues en su día tuvo la inteligencia necesaria para escabullirse de la guerra y, más adelante, también del servicio militar. Kreutz respiró hondo casi como si engullese el aire.
– Ya suponía que ibas a venir -le dijo.
– Vaya, no me digas. ¿Y por qué lo suponías?
Kreutz parpadeó unas cuantas veces con velocidad.
– Te envié una cosa.
Leslie fingió que se esforzaba por recordar, dándose al final una palmada con blandura en la frente.
– Vaya, pues tienes toda la razón -dijo-. ¿Cómo es posible que se me haya olvidado?
– Voy a preparar el té -dijo Kreutz con un gesto de apocamiento, y se dio la vuelta para dirigirse a la cocina a pasos cortos, con sus piernas delgadas, de cigüeña. Incluso cuando estaba en terreno llano, pensó Leslie, Kreutz daba siempre la impresión de que al caminar ascendiera una pendiente inclinada. Oyó ruidos en la cocina, la kettle y el correr del agua, ruido de tazas y platos y cucharillas; el Doctor estaba nervioso, desde luego. Leslie se acercó a plantarse a la entrada de la cocina, de nuevo con las manos en los bolsillos de los pantalones y un tobillo cruzado sobre el otro. Kreutz vertía cucharadas de hojas secas de quién sabe qué en una tetera que tenía un pico alargado, curvo.