El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
Ella pensó en todas las mujeres que allí mismo habían yacido desnudas, mostrándose. Se preguntó qué se sentiría al exponerse así, no exactamente delante de un hombre, sino delante de una cámara. Y con esa pregunta en los labios cayó en un sueño profundo y en el que no tuvo sueños.
Capítulo 6
Maisie Haddon -o la enfermera Haddon, que es como le gustaba que la llamasen, tanto en público como en privado- tenía debilidad por Quirke y a menudo se lo confirmaba, sobre todo después de una segunda o una tercera ronda de ron con zumo de grosellas, su bebida de preferencia. Habían convenido en verse, como hacían por lo común, en un pub pequeño y más bien turbio, en una bocacalle, a espaldas del Gaiety Theatre. Llegaron simultáneamente, él a pie, ella en su deportivo descapotable, un coche que más era una miniatura, rojo, que a él siempre le recordaba una mariquita un tanto abollada y ligeramente deslucida. Apareció con unas gafas de sol de montura blanca, fumando un cigarrillo en una boquilla de ébano. A pesar del calor del día, llevaba una chaquetilla de armiño y una larga pañoleta amarilla al cuello, uno de cuyos extremos se había echado con dramatismo sobre el hombro derecho. Aparcó en la cuneta con un chirrido de los neumáticos y el cochecito montó en la acera y se detuvo con un último y estruendoso rugido del motor antes de que lo apagara.
– Hola, guapo -dijo, alargando por encima de la portezuela baja una mano enguantada con ribetes de encaje.
El se inclinó y rozó los labios contra un nudillo huesudo, captando al tiempo una vaharada de su perfume.
– En serio te lo digo, Maisie -le dijo-; cualquier día vas a terminar igual que Isadora Duncan.
Recogió el bolso del asiento del copiloto y salió del coche.
– ¿Y quién es ésa? Lo digo porque la conocerán en su casa a las horas de comer…
– Era una bailarina. Se le enredó el fular en el eje trasero del coche, un deportivo, y murió cuando se le partió el cuello.
– Dios santo -dijo ella-, qué manera de largarse de este mundo.
Entraron en el pub. Era sábado por la tarde y se había reunido allí dentro la multitud de costumbre, ruidosa y jaranera. Cuando Maisie hizo una pausa a la entrada para otear el interior con los ojos protegidos tras las gafas de montura blanca, se volvieron hacia ella media docena de cabezas; pocos de los presentes no estaban al tanto de quién era la enfermera Haddon. Llegó hasta la barra con Quirke y se encaramó en un taburete alto, alisándose la falda sobre las rodillas con un gesto de recato que arrancó una sonrisa de labios de Quirke. A su manera, él también sentía debilidad por aquella persona que rozaba la ridiculez. Se preguntó qué edad tendría exactamente, porque era imposible hacerse una idea a partir de su apariencia o de su figura. Su rostro grande, cuadrado, de campesina, apenas contenía una sola arruga, y el cabello, si es que lo llevaba teñido, era rubio hasta la raíz al menos por lo que él atinó a ver; no se habría atrevido a propasarse en su examen, pues era fama el mal humor de Maisie, de quien se decía que una vez tumbó de un puñetazo a un detective de la Garda que se empeñó en proceder a su detención. A Quirke le hizo gracia pensar, y no por primera vez, que casi con toda certeza estaba poniendo en grave riesgo su reputación profesional por el mero hecho de dejarse ver con ella, y además en un lugar abierto al público. Y es que Maisie Haddon era la más notoria, la más fiable, la más conocida y la más ajetreada de las abortistas clandestinas que ejercían en la ciudad.
El pidió las copas, su ron con grosellas y un zumo de tomate para él.
– ¿Te has quitado de la priva? -dijo ella con incredulidad.
– Hace seis meses.
– Santo Dios -todavía tenía un acento marcado, plano, del lugar del que procediera, de algún rincón del Oeste-. ¿Qué ha sido, una conversión o algo así? -llegaron sus copas y ella entrechocó la suya con el vaso de Quirke-. En fin, ojalá te valga por un buen sitio en el Cielo.
Él le ofreció su pitillera y abrió la tapa del encendedor. Ella apretó los labios y expulsó el humo de ladillo, llevándose con delicadeza la yema del meñique a una comisura de la boca y luego a la otra.
– Bueno -le dijo-, ¿y qué andas buscando?
El fingió no entender.
– ¿Qué quieres decir?
– Te conozco bien… y tú siempre andas en busca de algo.
– Sólo busco tu compañía, Maisie.
Ella flexionó una ceja con escepticismo.
– Seguro.
Maisie había pasado dos temporadas entre rejas. La primera vez fue veinte años antes, cuando fue acusada de dirigir un sanatorio, así lo llamaron, en el que ingresaban en secreto las mujeres que habían tenido un inconveniente embarazo, y en donde se libraban de los bebés, muchos de los cuales quedaban en manos de Maisie, que era quien debía disponer de las criaturas, a menudo envolviéndolas en una manta y dejándolas en una cuneta en plena noche. Cuando cumplió condena, rápidamente alquiló una habitación en Hatch Street y comenzó a dedicarse al negocio del aborto. Al poco tiempo su clínica, que así la llamaba ella, fue pasto de una redada de la brigada antivicio y hubo de cumplir otros dos años en la cárcel de Mountjoy. De nuevo en libertad, e impertérrita, se puso a trabajar de inmediato. Maisie era custodia de muchos secretos. Conocía a Malachy Griffin y afirmaba haber trabajado con él en el Hospital de la Sagrada Familia en los tiempos en que aún era enfermera de verdad, afirmación esta, reflexionó Quirke, que de seguro Malachy preferiría no tener que oír muy a menudo, ni que se dijera en voz muy alta.
– ¿Qué tal va el negocio? -le preguntó Quirke.
– Mejor que nunca -dio un trago de ron y encajó uno de los cigarrillos de Quirke en su boquilla de ébano-. En serio te lo digo, Quirke: las mujeres de esta ciudad no han debido de oír en la vida que existen los paracaídas.
– Deben de ser duros de conseguir.
Ella soltó una carcajada y le dio con el dedo índice un par de veces en el pecho.
– Duros de conseguir… Esa sí que ha sido buena, muy buena -se le había quedado la copa vacía, y él hizo una seña al camarero para que se lo volviera a servir-. De todos modos, te aseguro que no es para tanto -dijo-. Conozco a un tío que trae maletas llenas, las hace pasar por Holyhead. Yo se los ofrezco a mis dientas. «Ten», les digo, «llévate un par de docenas de paquetes, porque no quiero volver a verte por aquí en mucho tiempo. Preferiblemente, no quiero verte en la vida nunca más por aquí». Y digo yo: ¿se los llevan? -adoptó un tono de plañidera-. «Es que el cura me va a armar una que no vea usted, enfermera. Y mi hombre no quiere ni oír hablar del peluquín, enfermera.» Pandilla de mentecatas…
Quirke jugueteó con su vaso.
– ¿Has tratado alguna vez a una mujer que se apellida Hunt? -preguntó-. Deirdre Hunt. Me pregunto si la conoces.
Ella lo miró con malicia.
– Oh-oh -dijo-. Allá viene.
– También se hacía llamar Laura Swan.
Ella lo seguía mirando con dureza, de lado, con aire de desdén.
– ¿Sabes lo que pasa, Quirke? -le dijo-. Pasa que eres un hombre terrible -adoptó una visible expresión de haber claudicado en contra de su voluntad y revolvió en el bolso hasta sacar una agenda de direcciones con los cantos doblados, forrada en cuero, muy estropeada. Era su famosa agenda negra, que, como proclamaba a menudo cuando se pasaba de copas, tenía la intención de vender un día a People, o a News of the World, para pasar con desahogo sus años de declive. Hojeó bastantes páginas, leyendo los nombres para sí. Todo fue un puro paripé, y Quirke se dio cuenta: no había una sola mujer a la que Maisie hubiera tratado, durante las más de tres décadas que llevaba dedicada a su oficio, cuyo nombre, dirección y número de teléfono no fuera capaz de recitar de corrido en cuestión de segundos-. No -dijo-, no hay ninguna Hunt. ¿Cómo dices que es el otro nombre? ¿Swan? Pues tampoco hay ninguna Swan. ¿Quién es?