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El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
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Aquélla fue la noche en que ella le habló de aquella ocasión en la consulta del doctor Kreutz, cuando tomó aquel té de hierbas medicinales y perdió el conocimiento. Le había dicho a Leslie mientras se estaba vistiendo que suponía que era allí donde conseguía todo aquello, la mosca española y la droga y todo lo demás, que lo conseguía gracias al Doctor -ya no le sorprendería nada de cuanto pudiera saber acerca de aquel hombre al cual había tenido en tan alta estima al principio-, y entonces se oyó sin casi darse cuenta barbotar todo aquello, contarle cómo despertó en el sofá aquel día, con la sensación de que se había llevado un golpetazo en toda la cabeza. Nada más decirlo lo lamentó. De repente, por vez primera vio con toda claridad qué era lo que había ocurrido, y vio lo que había sabido en el fondo, lo que le había ocurrido sin saber que ocurría, y se le heló el corazón. Aquélla era la razón por la cual tuvo la impresión de que llevaba la ropa como si se la hubiera puesto al revés. Caramba, qué guarro el muy… A pesar de estar medio drogado, Leslie la estuvo escuchando, e incluso oyó de sus labios más de lo que ella dijo, pues Leslie tenía un oído infalible para tales cosas. Aún estaba en la cama, tumbado boca arriba, con la sábana hasta la barbilla, como un paciente después de haber sido objeto de una intervención; a ella le produjo un escalofrío ver su cabeza exactamente allí donde tan acostumbrada estaba a ver la de Billy. Se le volvieron los ojos en las órbitas hasta que las dos grandes pupilas enfocaron y la vieron a ella, y esperó, y por supuesto que tuvo que seguir hablando en ese momento, aunque quiso tomárselo a la ligera y quitarle hierro. Algo debía de haberle echado en el té, dijo con una risita que incluso a ella misma le sonó un tanto histérica. Se sentó en la cama para abrocharse las ligas, los dedos nerviosos en los broches.

– Supongo que debe de ser algo relajante que da a sus clientes. Debo decir que dormí sin enterarme de nada.

Leslie no hizo ningún comentario, se limitó a seguir mirándola, y sólo entonces, y muy despacio, le sonrió. Ella conocía esa sonrisa. Le dio miedo, aunque procuró que no se le notase.

– Muy bien, caballero -le dijo, dándose una palmada con ambas manos en los muslos y poniéndose ágilmente en pie-. Ahora mejor será que se largue.

No hizo él ningún ademán de ponerse en pie, y sólo volvió la cara al lado contrario y suspiró. Sus pies, grandes y finos y blancos, sobresalían por debajo de la sábana.

Ella volvió a tener aquella heladora sensación en el pecho. Si Kreutz la había drogado para tomar fotografías suyas, ¿qué pensaba hacer con ellas?

No tardó en descubrirlo. Un par de días más tarde, cuando llegó el correo de la mañana al salón de belleza y vio el sobre grande, marrón, con una caligrafía cuadrada, que parecía del todo inocente, de alguna manera supo en el acto qué era lo que contenía. Tenía una dienta en la mesa -empezaba a ser francamente buena, realmente profesional en los masajes que daba, a pesar de carecer de preparación y de haber leído tan sólo un libro sobre la técnica-, pero tuvo que parar en ese mismo instante y secarse el aceite de las manos y abrir el sobre, por más que estuviera dirigido a Leslie. Cuando vio la fotografía fue como si la sangre le abandonara del todo el cerebro, y estuvo a punto de perder el conocimiento. Debió de respirar ruidosamente al intentar reponerse, puesto que la dienta, una vieja cascarrabias y asmática, se incorporó sobre los codos, con los ojos salidos de las cuencas, tratando de ver qué fotografía era aquélla. Se alejó y se coló deprisa en el cuchitril", tras la cortina, sentándose a la mesa y respirando hondo tres o cuatro veces seguidas. Había vuelto a colocar la foto en el sobre -¿era de veras ella?-, y por más que lo intentó no fue capaz de volver a mirarla. Primero se había puesto blanca, pero en ese momento notó que enrojecía y se ponía coloradísima de vergüenza. ¿Cómo había sido capaz el muy sucio, el muy bruto? Fue como si le hubiesen arrojado a la cara un orinal lleno de excrementos. Hasta las cosas que su padre acostumbraba a hacerle cuando era pequeña parecían muy poca cosa por comparación con la forma en que la había traicionado Kreutz. ¿Cómo había sido capaz?

Leslie tan sólo se echó a reír, por supuesto, y sostuvo la foto ante los ojos con el brazo extendido, fingiendo estudiarla como si fuera un cuadro de uno de los maestros antiguos o algo semejante, cerrando un ojo, ladeando la cabeza primero de un lado, luego del otro.

– No cabe duda de que tiene estilo el viejo Kreutzer -dijo-. Debería dedicarse a esto profesionalmente -sonrió-. A la fotografía, quiero decir.

Estaban en el cuarto de Percy Place, y estaba tumbado boca arriba en la cama, con la chaqueta puesta y una pierna flexionada, con el delgado tobillo de la otra apoyado encima. Caía una tormenta de verano y el viento venía cargado de lluvia que descargaba en láminas diagonales por delante de la luz de las farolas de la calle. Ella había comprado queso, un panecillo vienes y una botella de Liebfraumilch para cenar los dos. Leslie seguía riéndose. Ella le dijo que no tenía ninguna gracia, y le preguntó si acaso existía alguna cosa de la que él no se riera. ¿No podía quizás entender cuánta vergüenza le causaba verse así, con el vestido subido hasta el estómago y abierta de piernas y con todo a la vista?

– Yo creo que te ha sabido convertir en una muñeca de verdad. Un bombón -dijo Leslie-. Toda una chica de calendario.

Ella dijo que no parecía nada de eso, y que aquello no era más que lo que era: una fotografía guarra.

– Oh, yo no estaría tan seguro -dijo con astucia-. Seguro que podría encontrar yo a un experto conocedor, capaz de pagar un buen dinerito por una copia enmarcada.

– Leslie White, ¡eso ni lo sueñes! -gritó.

Supo que la idea de ponerla a la venta era una broma, pero a pesar de ser tan sólo una idea peregrina la puso enferma y se sintió acalorada. Cuando le estaba pasando a él una copa de vino cayeron sus ojos de nuevo en la foto, que él sostenía cerca de la luz para estudiarla, y tuvo un escalofrío. De un modo extraño, lo peor de todo, aunque no lo dijera, era que en esa foto estaba con los ojos cerrados. La foto le daba la apariencia de un cadáver.

– Me pregunto qué te pudo dar -dijo Leslie-. Tuvo que ser algo muy bueno, pues te quedaste así traspuesta mientras él montaba la escena -le lanzó una mirada diabólica, con la punta de la lengua asomada entre los dientes-. ¿Estás segura de que no estabas fingiendo?

Ella no se dignó contestar. Todo aquello era lisa y llanamente un asco, si bien en lo más profundo de sí, muy, muy al fondo, una llamita se inflamó cuando pensó en su imagen allí espatarrada, inconsciente, en el sofá, sobre la manta roja, y Kreutz con la cámara colgada del cuello, inclinado encima de ella, retirándole el vestido, quitándole las medias, separándole las piernas… Leslie la estaba mirando. Siempre sabía qué era lo que ella tenía en mente. Se dejó la fotografía posada sobre el pecho y tendió una mano hacia ella.

– Ven aquí -le dijo en voz baja. Ella quiso decir que no, que estaba demasiado molesta, que se sentía sucia y avergonzada. Pero al final, por descontado, no pudo resistirse. Cuando le desabrochó los botones del vestido tarareaba algo para el cuello de su camisa, igual que hacía siempre, como si ella fuese algún trabajo que él tenía pendiente y que se disponía a zanjar.

– Quiero esa foto -dijo.

– ¿Mmm?

– La voy a hacer pedazos. La voy a quemar.

– Pero él tendrá otras copias. Tendrá el negativo.

– Tú podrías hacer que te lo diera. ¿Lo harás por mí? Anda, consigue las fotos y quémalas, quémalas todas, ¿quieres?

– Mmm.

A Leslie le pareció que no dejaba de ser gracioso que Kreutz tuviera la osadía de intentar chantajearle -de lo contrario, ¿por qué había enviado la foto de Deirdre desnuda?-, y habría desechado todo el asunto de no ser porque Deirdre le había insistido tanto. Al final, y sólo por hacerla callar, le dijo que se pasaría a la mañana por allí, a visitar a Kreutz y a endilgarle una buena bronca. No contaba con cumplir su promesa, pero al día siguiente, a primera hora -al menos, a lo que era para él la primera hora de la mañana-, se encontró rodando por Adelaide Road al volante del Riley. Había escampado del todo la tormenta de la noche anterior, y lucía el sol, y el olor de la lluvia secándose en la acera, además del aspecto de los árboles recién aclarados, y con todo su follaje limpio, le dio ánimos renovados. Había hecho un alto en un buzón de Fitzwilliam Square y había introducido el sobre por la ranura después de cambiar las señas para reenviarlo a otra dirección, y una chica con una blusa blanca que en ese momento pasaba por allí lo miró con avidez. Siguió su camino silbando entre dientes y sonriendo para sus adentros, mientras el viento despeinaba sus largas guedejas.

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