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El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
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– Ah, ya -dijo él-. Y entonces ¿qué hay de Billy, del Chicarrón?

Ésa, según había descubierto ella, era la gran debilidad de Leslie: ella tal vez no tuviera celos de sus mujeres, pero él sin ninguna duda tenía celos de Billy. Sólo de pensar que su marido pudiese siquiera tocarla montaba en cólera. Ella tuvo que fingir ante él, tuvo que jurarle que no permitiría que Billy se le volviese a acercar nunca más. La primera vez que él le exigió esa promesa ella le contestó, risueña, y casi a carcajadas, cómo iba ella a mantener a Billy a raya, si era un hombre fortachón e insistía en que ella satisficiera sus derechos conyugales. Leslie la miró de una manera que a ella le dio miedo, con la cabeza inclinada, los ojos como si se le juntasen más aún, y optó por no decir nada. Sólo algo más adelante, estando los dos en la cama, él le retorció un brazo a la espalda hasta que ella creyó que se lo iba a partir, y le susurró una sola palabra al oído: «Recuerda», le dijo.

Pero también sabía ser considerado e incluso gentil, y a veces muy amable. Ella detestaba las manos que tenía, siempre le habían parecido unas manos sin gracia, achatadas, toscas, aunque ahora las tenía nervudas, con unas venas en el dorso que parecían cordeles, manos de masajista, por más que Leslie siempre dijera que eran unas manos preciosas, y entretejía a la vez sus dedos esbeltos, pálidos, con los suyos, amorcillados, y se los llevaba a los labios para besárselos uno por uno mientras le sonreía con los ojos.

Le llevaba cosas para que se las tomase cuando estaban en la cama, píldoras, gotas de una sustancia aceitosa, de extraño sabor, que guardaba en pequeños frascos de cristal. Había un polvillo que mezcló con azúcar y que le engatusó para probar, que le produjo solamente un picor, y una sensación repugnante, como si tuviera náuseas que no tuvo, y que sólo más tarde le explicó que era mosca española. Una tarde sacó de improviso una funda forrada de terciopelo que contenía una jeringuilla hipodérmica y un puñado de ampollas de un líquido claro como el agua, y le ofreció un chute, así lo dijo. Ella trazó ahí una línea que no pensaba rebasar.

– Te sentará bien -le dijo con esa forma tan suya de canturrearle al oído, la que empleaba cuando quería seducirla o embaucarla-. Está hecho con amapolas. Es como un alimento saludable.

Oh, no, dijo ella; ni hablar. Eso sí que no. No había trabajado todos aquellos años de ayudante en una farmacia para no saber a la primera qué era una droga: la sabía reconocer nada más verla. El insistió: no sabía ella lo que se estaba perdiendo. Con todo y con eso, cuando se remangó para administrarse la inyección, ella reparó en que él le daba la espalda y mantenía el brazo apretado contra el costado -qué desnudo lo vio de pronto, qué desnudo y qué blanco era aquel brazo-, y ella se acordó de un gato cuando trata de hacer sus cosas sin que nadie lo vea. Sin embargo, lo encontró bellísimo de aquella forma, medio vuelto de espaldas a ella, en la cama, con la pierna doblada delante de él y un solo pie en el suelo, la luz pálida y seca del día nublado sobre el lado de su rostro, con la mandíbula larga y aguda, el mentón afilado. Cuando aquello le hizo efecto, se tendió de costado en la cama y ella también se tumbó a su lado y lo rodeó con sus brazos, y así permanecieron largo tiempo, con tanta paz, él con una mano bajo su mejilla y mirando hacia la ventana, ella mirándole a la cara, que con la luz que penetraba por la ventana parecía que fuera de plata, de una plata distinta de la de su cabello, y muy parecida a la cara de un santo, de un santo mártir, en un cuadro antiguo. Durmió un rato respirando como un bebé, y cuando despertó hicieron el amor, y él se mostró tan soñador y tan tierno que ella por poco se echó a llorar en sus brazos.

– A la próxima -murmuró con la boca en su cabello, con una voz ralentizada, subacuática, con un ligero temblor-, a la próxima tú también probarás un chute de zumito de bienestar.

Supuso que en el fondo no debió permitirle que fuera a su casa. Supuso que eso era sin duda lo peor que podía haberle hecho a Billy, y a buen seguro lo habría sido si él se hubiese enterado, cosa que… Dios no quisiera. Billy estaba de viaje en Suiza, codeándose con los peces gordos, y tal vez lo hizo por resentimiento -antes de casarse él le hizo una y mil promesas, le aseguró que un día la llevaría con él a Ginebra, cosa que nunca llegó a suceder-, tal vez por eso le dijo que sí a Leslie cuando éste le preguntó si podía pasarse por Clontarf para verla un rato. Se moría de ganas de meter la nariz en su casa y de echar un vistazo, cómo no, bien que se había dado cuenta ella. Lo dejó pasar desde la callejuela de la parte trasera, temerosa de que alguno de los metomentodos que vivían en la calle pudiera llegar a verlo. Tomó la resolución de decirle que se fuese cuanto antes, pues ya cuando llegó empezaba a tener reservas sobre la idea, pero tan pronto apareció por la puerta de atrás la tomó en brazos y la estrechó y la besó tan fuerte en la boca que ella olvidó el peligro y el daño que podría causarle a Billy.

Leslie se paseó por toda la casa, con las manos en los bolsillos, de puntillas -su manera de andar a ella le recordó a un jugador de tenis-, sonriendo con deleite, diciendo qué fascinante le parecía todo, las fotos de la boda en el aparador, el servicio de té de plata que sus padres le habían regalado, el diploma de vendedor que tenía Billy en un marco dorado, la lámpara del Sagrado Corazón y la reproducción de la Monarca del valle encima de la chimenea. Ella fue tras sus pasos en silencio. En vez de sentirse encantada de que a él le hubiera gustado la casa, su casa, ya que a Billy tampoco le interesaba demasiado, al margen de que era un sitio donde comer y dormir y sentarse en una butaca toda la tarde del sábado, escuchando los partidos de fútbol por la radio, le invadió una duda creciente, una aprensión cada vez mayor. Después de que Leslie lo hubiese mirado, todo aquello le pareció cambiado, empequeñecido, como si al respirar sobre todas aquellas cosas las hubiera cubierto de una bruma fina y grisácea que, al contrario que la bruma de verdad, ya nunca fuera a disiparse. Pero entonces él le indicó que lo llevase al piso de arriba, al dormitorio, el suyo y el de Billy, y allí la desnudó de aquella manera lenta, soñadora, que a ella casi la hacía enloquecer de deseo por él, y se tendieron en la cama y ella perdió conciencia de todo salvo de sus labios y de sus manos, que la acariciaban sin cesar, y de su piel pálida, fresca, brillante y apretada contra la suya.

Después, cómo no, él tuvo que meterse un chute, y ella le pidió casi de rodillas que por favor no se olvidase de llevárselo todo, la jeringuilla y el frasco vacío y la bolita de algodón y el frasquito de alcohol con el que tanto esmero puso en desinfectarse el brazo antes de ponerse la inyección. Sería… Mejor ni pensar qué sería si Billy se encontrase algo de aquello cuando volviera a casa.

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