El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
– Pues sí, aquella foto -dijo Leslie-. Muy bonita. Has conseguido que la buena de Deirdre salga bellísima. Está como de foto. Tienes auténtico estilo. Se lo dije a Deirdre, le dije que «el Doctor tiene auténtica destreza en esto de las fotos, se le da de maravilla» -sacó el tabaco y un encendedor-. Por cierto que ya la he echado al correo -dijo, y expulsó el humo hacia el techo.
Una especie de ondulación pasó por encima del rostro suave, oscuro y pulido del Doctor; a Leslie le costó un segundo reconocer que era un fruncimiento del ceño.
– ¿Cómo? -preguntó.
– La foto. Ya la he enviado. A quien corresponde. Lo más probable es que te llegue luego a ti. Puse tu nombre en ella, además de esta dirección. Me pareció que podíamos hacer una especie de rueda. Tú me la envías a mí, yo se la envío a otro, y ese otro te la envía a ti. Ya sabes cómo va la cosa, ¿no?
Kreutz no le miró.
– ¿A quién se la has enviado? ¿Por qué?
– Eso es lo de menos -se quitó una hebra de tabaco del labio inferior-. Dime tú por qué me la enviaste a mí en primer lugar. ¿O es que pensaste que me iba a causar inquietud saber que tenías una foto de Deirdre con el cono en primer plano, como las fotos que les haces a todas esas fulanas a las que finges dar tratamiento? -se rió-. Pensaste que me iba a preocupar por la honra de mi chica, ¿no es eso?
Kreutz no le miró.
– Ya no te puedo pagar más -dijo con tristeza-. Es demasiado para mí. Me resulta imposible mantener ese negocio que ella y tú tenéis en marcha. ¿Cuándo empezará a dar dinero? Se supone que me tienes que devolver todo lo que ya te he dado.
Hirvió el agua y sonó el pitido de la kettle, al principio tembloroso, luego cada vez más potente y más agudo.
– Deja, yo me ocupo -dijo Leslie, y dio un paso adelante y apagó la llama del gas. Levantó la kettle y retiró cuidadosamente la tapa del pitorro con el mecanismo del silbato. Entonces, con tal velocidad que lo hizo antes de saber que iba a hacerlo, agarró a Kreutz por la muñeca izquierda y se lo llevó de un empellón al fregadero, donde le vertió un chorro escaso de agua hirviendo sobre el dorso de la mano. Kreutz apenas tuvo tiempo de darse cuenta de qué estaba pasando cuando el agua cayó y le abrasó la piel. Soltó un chillido peculiar, ahogado, y dio un salto a la vez que levantaba al máximo la mano escaldada y la agitaba como si bailase en un ritual de vudú o fuese una especie de derviche raro, pensó Leslie. Este soltó la kettle en el fregadero. Una gota de agua hirviendo le salpicó en la mano, así que abrió el grifo y puso la mano bajo el chorro de agua fría.
– Mira lo que has hecho -dijo malhumorado-. Me has escaldado a mí.
Kreutz se adelantó impetuosamente y quiso poner la mano por encima de la de Leslie, bajo el chorro del agua, a la vez que emitía un gemido agudo, nasal, de queja.
– Anda, deja de armar follón, ¿quieres? -le espetó Leslie-. Vas a conseguir que se nos eche la pasma encima. Además, ¿tú no se supone que eres un budista capaz de aguantar cualquier clase de dolor?
– ¡Me has destrozado la mano! -exclamó el Doctor-. ¡Y yo me gano la vida con las manos!
– Te está bien empleado. A lo mejor así aprendes a no meterlas donde no debes meterlas.
Leslie se estaba examinando la mano, que tenía moteada de manchas rojas, pero que no le habían formado ampollas. Estaba realmente enojado a esas alturas. Agarró a Kreutz por el hombro y le obligó a darse la vuelta, a ponerse de frente, momento en el cual lo agarró por el cuello con la mano buena, empujándolo, hasta que tuvo que arquear la espalda sobre la encimera. No era más que piel y huesos, como un ave larguirucha y de color pardo.
– Escúchame bien, negro de mierda, o alemán de mierda, o lo que quiera que seas, so mierda. ¿A ti se te ha ocurrido que podías chantajearme? ¿Es eso lo que habías pensado?
Kreutz, presa del dolor y del miedo, emitía ruidos indescifrables, y los ojos se le salían muy blancos de las cuencas, además de tener una cara tan hinchada que la sangre congestionada se le iba tornando más oscura. Leslie lo soltó y dio un paso atrás, secándose la palma de la mano con el faldón de la chaqueta, y torciendo la boca con asco.
– Quiero el negativo de esa fotografía -dijo-, y quiero todas las copias que hayas podido hacer. Si la veo en donde sea, en manos de otros y no en las mías, vuelvo aquí y te parto el cuello de mierda que tienes, pedazo de negro repugnante. ¿Lo has entendido? -el Doctor había vuelto a poner la mano bajo el grifo. Leslie se adelantó con velocidad y estampó el tacón de uno de sus zapatos de borlas en el empeine descalzo de su pie izquierdo-. ¿Lo has entendido?
Kreutz volvió a emitir un grito ahogado, y a pesar de la cólera que lo invadía Leslie tuvo que reírse, pues el otro le pareció demasiado cómico, dando saltos sobre un pie y sacudiendo la mano llena de ampollas en lo alto, más parecido que nunca a un pájaro flaco con un ala rota.
– Venga -dijo Leslie-, trae esas fotografías.
Había media docena de fotos impresas y el negativo. Se las dio todas a Deirdre cuando acudió aquella noche a Percy Place, y ella las quemó en la minúscula chimenea de la habitación, llenándola de un hedor a papel abrasado y a productos químicos en combustión. No le dijo lo que había hecho con la primera foto impresa, la que le había enviado Kreutz a él, y tampoco le dijo que se había guardado otra para Sí, por los viejos tiempos, pensó, y en ese momento se sorprendió de su propia idea: ¿qué viejos tiempos? Sin embargo, cuando sopesó la situación cayó en la cuenta de que era verdad: el tiempo que les tocaba pasar juntos había terminado, había terminado para él y para Deirdre. Había estado bien, había sido divertido, ella era una buena chica y lo era en múltiples sentidos. Se hizo el haragán en la cama fumando un cigarrillo y la contempló acuclillada ante la chimenea, empujando los restos todavía en ascuas de las fotografías con la hoja de una navaja. Distraído, admiró la curvatura tensa y plena de su trasero, la nariz respingona y pecosa, el pecho mullido a la vez que terso. Ella le estaba diciendo algo, pero él no la oyó. Fue como si estuviera muy lejos, tanto que no alcanzaban a llegar sus palabras a sus oídos. De pronto apenas la conocía: podría haberse tratado de una perfecta desconocida, de una criada que le atendiera en la habitación, o una chiquilla abandonada que acabara de llegar de la calle. En realidad podría haber sido cualquiera. Qué extraño, el modo en que las cosas se resolvían por sí solas mientras un cuerpo seguía dichosamente ajeno a lo que estaba ocurriendo. Se había servido de ella sin saberlo, y ahora estaba hecho. Estaban por llegar las protestas de costumbre, las lágrimas, las súplicas, los chillidos y las recriminaciones, todo lo cual no estaba llamado a durar. Tenía sobrada experiencia en poner fin a las cosas.
Capítulo 8
Maisie Haddon llamó por teléfono a Quirke y le dijo que quería verle. Propuso que se reunieran en el Hotel Gresham para variar un poco. Él trató de que le dijera de qué se trataba, pero ella se negó.
– Allí nos vemos -dijo con su truculencia de costumbre-. En el bar.
Era media tarde cuando llegó al hotel, y nada más entrar, tras estar expuesto a la luz del sol, quedó unos instantes medio ciego, pero no por eso dejó de ver a Maisie Haddon. Habría sido imposible no reparar en ella. Vestía un traje blanco con hombreras de relleno y solapas anchas, unos zapatos blancos, grandes, de tacón alto, una blusa carmesí y un fular de gasa, de una seda verde limón. Además llevaba un sombrero, un artilugio en forma de barco, de fieltro verde, inclinado con picardía y desenvoltura, sobre las ondas de cabello amarillo intenso, cardado con una permanente. Estaba sentada en un taburete alto, en la barra, con las piernas cruzadas. En deferencia al lugar de la cita había pedido un brandy con oporto.