El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
Quirke encogió un hombro con un gesto inapreciable.
– No es. Era -dijo.
– Ah. Suele pasar -cerró la agenda dando una palmada con la tapa y la introdujo de nuevo en las profundidades de su bolso-. En ese caso, con toda certeza no conozco ni he conocido nunca a ninguna persona o personas que respondieran por esos nombres. ¿Entendido? -se terminó la segunda copa y dio con ella un golpetazo al dejarla en la barra.
Quirke levantó un dedo para llamar al camarero.
– La verdad -dijo, e hizo una pausa con toda su intención, como si acabara de tener escrúpulos por la apreciación que acababa de hacer-, la verdad es que no es ella, Deirdre Hunt, quien me interesaba de manera especial. Es imposible que haya sido una de tus dientas -ella lo miró-. Le practiqué la autopsia -dijo-. Nunca tuvo mayor interés por formar una familia.
Un hombre menudo, con una corbata morada, se trastabilló al pasar camino de los lavabos y chocó con el codo de Maisie, con lo que parte del ron de su copa le salpicó el fular de chifón.
– Hatajo de maricas -masculló Maisie, fulminando al hombre con la mirada y arreglándose como una gallina a la que se le hubieran erizado las plumas. Volvió a atender a Quirke-. Entonces, ¿qué pasaba con ella, eh?
Las vaharadas de ron que desprendía su aliento estaban provocándole a Quirke cierto mareo. Tenía la boca seca y notaba en las articulaciones de los dedos el dolor que le sobrevenía cuando más necesitado estaba de beber. ¿Es que nunca iba a desaparecer, se preguntó, esa ansia desmedida? Tal vez a fin de cuentas sí que era un alcohólico, y no sólo el bebedor de pelo en pecho que siempre había creído ser. De pronto quiso estar lejos de allí, de aquel lugar maloliente, de aquella gente que hablaba por los codos y sin que él entendiera nada, que iba dando tumbos, de aquella mujer con la sangre de incontables embriones en las manos, y también la de más de una madre infortunada, caso de que los rumores que de ella se contaban fueran fieles a la verdad.
– ¿Conoces…? -comenzó a decir, pero tuvo que callar. Su sed era un alarido, tenía la boca más reseca que nunca, y la frente húmeda, perlada de sudor frío. Se pasó una mano sobre los ojos, la nariz, la boca-. ¿Conoces a un hombre llamado Kreutz? -preguntó, y apretó los puños bajo el borde que sobresalía de la barra, clavándose las uñas en las palmas de las manos.
Ella se concentró en él frunciendo el ceño.
– ¿Cómo se escribe?
El se lo deletreó.
– Ah, claro que lo conozco -dijo, y rió por lo bajo-. El llamado «Doctor» Kreutz. El morenito. Tiene un sitio en… ¿En dónde era? En Adelaide Road, eso es -volvió a reír-. Algunas de las pacientes de ese caballero me han venido a consultar.
– ¿A qué se dedica?
– No lo sé. Paparruchas. Sanación por el espíritu. Incienso y dietas a base de frutas, esas cosas. Van a verle las mujeres.
– ¿Y él te ha enviado a algunas?
Maisie se puso recelosa, miró el vaso y se encogió de hombros.
– Un par. ¿Por qué?
– ¿Lo de siempre?
– ¿A qué te refieres?
– La razón por la que te envió a esas mujeres, ¿fue la de costumbre?
– Qué va -dijo ella con sarcasmo-. Es que estaban necesitadas de más consejos espirituales y de alguna recomendación para que les mejorase el cutis -acercó la cara a la suya. No estaba borracha, pero tampoco estaba ya sobria-. ¿Por qué cono te crees que me las envió, eh? -dio otro trago de su copa. Se le ocurrió algo-. ¿Y qué tiene que ver ése con la otra, cómo se llama, con esa tal Hunt?
– No lo sé -dijo Quirke. Se deslizó con cuidado para bajarse del taburete. Así terminaban casi siempre sus encuentros, con una Maisie achispada, taciturna, y con el gesto que hacía él al escabullirse del taburete y escapar de allí, encogiéndose de hombros. A espaldas de Maisie, y con un dedo sobre los labios, pagó al camarero otra ronda para ella y se alejó con agilidad de la barra. Maisie lo miró por encima del hombro y lo vio marchar. Para ser un tipo tan grandullón, se dijo con los ojos empañados, sabía moverse deprisa.
En la calle, la luz del sol le cegó. Un número de la Garda, un hombre de tamaño monumental, estaba examinando el coche de Maisie, aparcado en ángulo, con dos ruedas sobre la acera. Quirke lo esquivó y siguió de largo.
En cualquier rincón que husmeara por lo relacionado con Deirdre Hunt, todo lo que parecía tener sustancia se evaporaba y se hacía humo y aire, y todo lo que parecía una puerta de entrada abierta, una invitación, de golpe se le cerraba en las narices.
Cuando dobló la esquina de Merrion Square y ya caminaba por Mount Street vio a una figura sentada al sol, en las escaleras del portal del número treinta y nueve, y en el acto supo quién era. Ni siquiera a esa distancia pudo confundir la cabeza grande con el remate de pelo crespo, color zanahoria, y la tonsura monacal. Pensó en dar la vuelta antes de que lo viera, pero en cambio siguió adelante, por flaquearle la fuerza de voluntad. El ansia que tenía de beber había mermado, aunque sentía una especie de resaca seca, y le palpitaban las sienes y le abrasaban los ojos en las cuencas.
Billy Hunt estaba sentado en los peldaños de la entrada, con la espalda encorvada y la mano en el mentón, como el Pensador de Rodin. Quirke se preguntó qué bicho se había apoderado de él para llevarlo a involucrarse con gente como la familia de Deirdre -¿cómo era su apellido de soltera?-… Deirdre Ward. Claro que… ¿qué se apodera de un hombre para que se obsesione por una mujer, y qué se le mete a ella en la sangre para obsesionarse con él? En el caso de su matrimonio, la respuesta había sido bien simple, y Sarah, la difunta Sarah, hermana de su difunta esposa, la había enunciado con toda claridad: Delia había estado dispuesta a acostarse con él, e incluso deseosa de hacerlo sin una alianza de casada, mientras que Sarah no quiso, y sobre esa base él tomó su decisión. Sin embargo, Delia, la adorable, deliciosa, insatisfecha, peligrosa Delia, ¿por qué lo había aceptado a él, a sabiendas, como sin duda sabía -pues Delia era lista, no se le escapaba ni una-, que él en realidad había deseado en todo momento a su hermana? ¿Lo habría hecho -nunca se le había ocurrido ese pensamiento-, habría dado ese paso por incordiar a su hermana? Delia, desde luego, habría sido muy capaz de una cosa así; Delia, pensó, habría sido capaz de cualquier cosa.
Hizo un alto ante el número treinta y nueve y puso un pie en el primer peldaño, con el sombrero echado hacia atrás y la chaqueta al hombro, sujetándola con el pulgar de la tira del cuello.
– Hace calor -dijo.
Billy se llevó la mano a la frente para apantanarse los ojos y lo miró.
– Ah, Quirke, aquí estás. Te dije que un día te invitaría a una copa, no sé si te acuerdas.
Quirke negó con un gesto.
– Y yo te dije, Billy, que no bebo.
– ¿En serio? De un tiempo a esta parte se me olvidan las cosas, hay que ver. Tengo una especie de neblina permanente en la cabeza. De todos modos, algo beberás. ¿Té, café? ¿Un agua mineral?
Quirke sonrió. Una guamín erial. Billy siempre seguiría siendo un chico de Waterford.
Rodearon la iglesia de St. Stephen Peppercanister y cruzaron la calle hacia el canal. No se dijeron nada. Los árboles, palpitantes de calor, pendían sobre las aguas quietas y encajonadas. Una furgoneta de Lavandería Swastika, cómicamente alta y estrecha, apareció por Huband Bridge con un ronroneo de motor eléctrico. Billy Hunt era alto, Quirke no le sacaría más de dos o tres dedos de estatura, y caminaba con la desenvoltura de quien va sobrado de músculo, todo un deportista. Percy Place estaba hendida por la mitad, el sol resplandeciente a un lado y una cuña de sombra oscura en el otro. En la puerta del 47 a Quirke le llegó el conocido pestazo de alcohol y sudor varonil y tabaco rancio que tantas veces había saboreado y que ahora le producía náuseas. Cuando estuvieron acodados en la barra Billy Hunt le preguntó qué quería tomar y él dijo que un agua con gas -a esas alturas pensaba que tal vez nunca sería capaz de tomarse otro zumo de tomate-, que Billy pidió sin añadir comentarios, además de una pinta de cerveza tostada para él. Quirke lo vio ventilarse la pinta en dos tragos. Parecía que no tuviera mecanismo de deglución, que meramente abriese la boca tanto que se le convertía en una cavidad imposible y que inclinase el líquido negro y denso para vertérselo directamente en el gaznate.