El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
– Bueno -dijo Quirke, y se dio cuenta de lo precavida que sonó su voz-, ¿qué tal te va?
Billy bajó el mentón hacia el pecho y eructó.
– Agradezco el favor que me hiciste -dijo. Quirke no dijo nada. Billy Hunt volvió a eructar, esta vez con menos potencia-. Ese detective me llamó para hacerme unas preguntas -dijo. Estaba mirando su reflejo en el espejo de detrás de la barra, encima de una estantería repleta de botellas alineadas. Se frotaba la mano de un lado a otro sobre el mentón, emitiendo un áspero ruido de raspa-. ¿Cómo se llama? Hackett.
– ¿Ah, sí? -dijo Quirke. Johnnie Walker, Dimple Haig, Jameson de doce años. Un rótulo de latón le vino a asegurar que Pruebe Players: Players gusta-. ¿Y bien?
– Haces bien en preguntarlo -dejó el vaso vacío en la barra y miró al camarero, que se lo llevó y sacó uno limpio y lo puso bajo el grifo de la Guinness a la vez que accionaba la palanca de madera en forma de garrote. Los tres contemplaron el chorro de cerveza que se iba volviendo negra en el fondo del vaso-. Me habló del tiempo -dijo Billy-. Quiso que le dijera si Deirdre sabía nadar. Me preguntó dónde estaba yo la noche en que murió -se volvió de pronto y miró a Quirke con sus ojos de buey herido-. No se dejó engañar.
– ¿No se dejó engañar… en qué?
De pronto vio por vez primera y con toda claridad lo iracundo que estaba Billy. La ira, comprendió, era en esos momentos un estado de ánimo para él permanente.
Y eso no podría cambiar nunca. No sólo su esposa, sino el mundo entero lo habían maltratado, le habían hecho daño.
– Sabe que no fue un accidente -dijo Billy.
– ¿Lo sabe? ¿Quieres decir que lo sabe con certeza o que es una suposición?
Llegó la segunda pinta de Billy. La miró de arriba abajo, haciendo girar el vaso sobre su base.
– El juez de instrucción tampoco se lo creyó, ¿no es así? -dijo-. Se lo vi en los ojos. Y sin embargo lo dejó estar -Quirke no dijo nada, pero Billy asintió como si acabara de decir algo-. ¿Tú qué le dijiste?
– Me oíste presentar los resultados de las pruebas.
– ¿Y eso fue todo?
– Eso fue todo.
– ¿No hablaste con él de antemano? -una vez más, Quirke prefirió no responder, si bien Billy volvió a asentir-. No salió nada en los papeles -dijo.
– No.
– ¿De eso también te ocupaste tú?
– No tengo yo esa clase de influencia, Billy.
Billy rió por lo bajo.
– Me juego cualquier cosa a que sí la tienes -dijo-. Me juego cualquier cosa a que tienes algún apaño muy conveniente con alguno de los periodistas. Sois todos iguales, sois gentuza. Sois una banda que vive de apaños y manejos.
Esta vez Billy dio un sorbo a la pinta en vez de ventilarla en un par de tragos, frunciendo la boca y poniéndola en forma de pico, que hundió con delicadeza en la espuma, como un ave acuática que rompiese la superficie espumosa de un charco. Se pasó entonces el dorso de la mano por los labios y frunció el ceño mirando al espejo que tenía delante, cuya superficie lucía un tenue e inexplicable tinte rosáceo.
– Eso es lo que nunca llegaré a entender -dijo-. Ella jamás habría querido montar un número de ese modo.
Nunca habría querido que la encontrasen desnuda y en las rocas -hizo una pausa como si tratase de recordar algo-. Yo nunca la vi desnuda, ¿sabes?, nunca. Cuando estaba viva nunca me dejó verla así.
Quirke tosió.
– Billy…
– No, no, no pasa nada -dijo Billy, y agitó una de sus manos grandes y cuadradas. Volvió a inclinar sobre la pinta su rostro de ave zancuda y bebió y de nuevo se frotó los labios con los nudillos-. Ella era así, eso no tiene vuelta de hoja. Por eso no puedo entenderlo, no entiendo lo que hizo -miró a Quirke-. ¿Tú lo entiendes?
Quirke estaba encendiendo un cigarrillo.
– Yo no conocí a tu esposa, Billy -dijo-. Seguro que era…
Billy seguía mirándolo con atención.
– ¿Qué?
Quirke respiró hondo. Tuvo la extraña y seguramente errónea sensación de que Billy se estaba riendo de él. Bebió un sorbo de agua con gas.
– No sirve de nada, Billy -dijo-. Quiero decir, no sirve de nada seguir dándole vueltas. Lo pasado, pasado está. La muerte es como es. Nunca desvela sus secretos.
Billy dejó pasar un instante sin responder, y entonces le salió de dentro un sonido amordazado, ahogado, que tras unos instantes Quirke comprendió que era, en efecto, una carcajada.
– Esa sí que es buena -dijo Billy-. «La muerte es como es y nunca desvela sus secretos.» ¿Eso lo traías ensayado o lo has improvisado sobre la marcha?
Quirke notó que se ponía colorado.
– He querido decir… -empezó, pero Billy volvió a interrumpirle levantando su mano carnosa y poniéndola con pesadez y complacencia sobre su hombro. Quirke se encogió. Nunca le había gustado que nadie le tocase.
– Sé lo que has querido decir, Quirke -dijo Billy.
Volvió a hacer girar el vaso lentamente sobre su base. El posavasos de corcho sobre el que reposaba tenía una caricatura de un pelícano, o un tucán de pico anaranjado. Guinness sienta bien, sí, Pruebe Players: Players gusta. Qué lugar tan agradable podría ser el mundo con tan sólo algún pequeño ajuste.
– Una de las cosas que pasan cuando uno está en mi lugar -dijo Billy, de pronto relajado, al menos en apariencia, y con un tono de llana conversación- es lo curioso que resulta el modo en que te habla la gente. Más bien debería decir el modo en que no te hablan. Se les ve mirar de canto cada palabra que van a decir, temerosos de meter la pata y de recordarte «tu pérdida», que así la llaman, o «tu problema», y acto seguido de pronto te sueltan cualquier dicho, cualquier proverbio, ya sabes, «está ahora en un lugar mejor que éste», o «ahora descansa en paz», o «el tiempo lo cura todo», esa clase de cosas, por las que se supone que tú, encima, tienes que estar agradecido -asintió otra vez, entre divertido y sardónico-. Y otra cosa que tiene gracia es que tienes que escuchar todo lo que te digan y, encima, estar agradecido, y no decir nada que les pueda molestar. Como es natural, cuando alguien se te ha muerto tienes que estar amabilísimo, perdonar a todo el mundo, comprender. Tienes que ser la persona más inofensiva de este mundo -agarró el vaso sin levantarlo de la barra y Quirke vio que los nudillos se le ponían blancos-. Pero yo no soy inofensivo, Quirke -añadió con una especie de lúgubre alegría-. Yo no soy inofensivo, en absoluto.
Se marcharon poco después. Billy Hunt había vuelto a cambiar de estado anímico. Se le había apagado una bombilla y tenía de nuevo aspecto de estar envuelto en la bruma. Parecía, a ojos de Quirke, saciado, saciado e incluso cómodo, ¿no?, como si supiera a ciencia cierta algo que ni Quirke ni el resto del mundo pudieran siquiera soñar. Se despidieron en la puerta del pub, y Billy se alejó en dirección hacia Baggot Street. Quirke cruzó el puentecito de piedra. Los árboles, a lo largo del canal, parecían inclinarse más que antes, agotados por el calor del día, si bien para Quirke la luz del sol había menguado, como si una fina polvareda se hubiera esparcido en el aire, ademándolo y ensuciándolo.