Aire muerto [Dead Air - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Mondadori
- ISBN: 84-397-1066-6
- Переводчик: Cruz Rodriguez Juiz
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:
Entorné los ojos y la miré como por encima de unas gafas.
—¿De qué vas colocada?
—Oh. ¿Tanto se nota? Oh, oh. —Soltó una risilla. Se llevó las manos a la espalda y se quedó donde estaba, con la vista en el techo y balanceándose adelante y atrás. Movía la mandíbula de un lado al otro, al mismo ritmo.
Negué con la cabeza.
—Vaya con la mocosa esta… Te has metido un éxtasis, ¿verdad?
—Eso me temo, tío Ken.
—Bueno, pues que lo disfrutes, pero acuérdate de Leah Betts y no bebas demasiada agua.
—Te quiero, tío Ken —dijo, inclinándose hacia delante y con una amplia sonrisa.
Me reí.
—Sí, yo también te quiero, Nikki.
Blandió las pastillas para la garganta delante de mi cara a modo de amenaza.
—¿Te apetece un Strepsil?
—Gracias. Estoy intentando dejarlo.
—Vale.
Dio un paso a un lado y así la manecilla de la puerta, que se había cerrado sola.
—Las damas primero —dije, abriéndole la puerta.
—¡Gra-cias! —dijo Nikki, dando un paso al frente, pero tropezó con el borde de la puerta y cayó contra mi pecho—. Feliz Año Nuevo, Ken. —Levantó la cara a la altura de la mía, sin dejar de sonreír.
Lo cierto es que no se sabía cómo habíamos conseguido evitarnos desde las campanadas.
—Feliz Año Nu…
Apoyó sus labios en los míos y me dio un besazo húmedo y baboso, luego se apartó, con una sonrisa feliz e inclinó la cabeza hacia ambos lados, emitió un ruido que podría haber correspondido a «hum…» y volvió a adelantarse y a besarme. Con cierta franqueza, debo decir. Pero sin lengua.
Ah, Dios mío, mierda, joder, pensaba una parte de mí. Es decir, otra parte pensaba: ¡Siií! Pero la mayor parte de mí pensaba cosas malas de una u otra especie. La rodeé con los brazos y le devolví el beso, saboreándola y oliéndola, absorbiendo su dulce aroma como si anduviera desesperado por una transfusión de juventud. Nikki se retorció entre mis brazos, apretándose contra mí y deslizando los brazos por mis costados y espalda.
Algo se cayó al suelo; las pastillas de naranja.
Entonces Nikki se echó para atrás, parpadeando, y tuve que dejarla ir. La sonrisa desapareció un momento. Luego Nikki sacudió la cabeza y empezó a sonreír tímidamente. Se secó la boca delicadamente con el dorso de la mano.
—¿Qué estoy haciendo? —suspiró, sin dejar de mover la cabeza. Pensé en cómo se habría movido su pelo al hacerlo si todavía lo llevara largo.
—Bueno —dije tragando saliva—. Estás haciendo muy feliz a un viejo, eso es evidente, pero, hum… no creo…
—No, yo tampoco… —dijo en voz baja, luego se rió con fuerza y le dio un ataque de tos. Meneó la cabeza y bajó la vista al suelo. Me agaché y le pasé el paquete de pastillas para la garganta.
La risa ronca de Nikki retumbaba en la habitación.
—Lo siento, tío Ken. No quería… Lo siento.
Alcé una mano.
—No pasa nada. Y, por favor, deja ya de disculparte. A mí me ha parecido bien, te lo aseguro. Pero, ah…
Nikki tosió. La tos áspera rebotó en las paredes desnudas del cuarto. Hizo un esfuerzo evidente por recobrar la compostura.
—Sí —dijo, y carraspeó ruidosamente—. Lo mejor será que finjamos…
—Que no ha pasado nada. Sí. —Asentí.
Ella también.
—Solo hasta que, bueno, nos muramos —sugirió.
—Estoy completamente de acuerdo.
Se estremeció.
—Perdona, Ken, pero es que todo esto es un poco…
—¿Raro?
—Sí, raro.
Volví a abrir la puerta.
—Oh. Hola, Emma.
—¡Mamá! ¡Hola! —saludó Nikki con una amplia sonrisa en la cara.
—¿Qué es raro? —preguntó Emma entrando en la habitación con un aire claramente desconfiado. Minúsculo modelito negro. Pelo negro azabache con diadema cual tiara blanda, collar de perlas grises. Con un abrigo negro en el brazo.
Agité una mano como quitándole importancia al asunto y señalé con la cabeza las pastillas de la tos que tenía Nikki.
—Intentaba ligarme a tu hija ofreciéndole drogas, pero no ha aceptado. —Sonreí con tristeza y hundí los hombros mientras Emma me miraba a los ojos—. En realidad, intentaba irme a dormir, Em; estoy hecho polvo. ¿Tú también te vas?
Emma titubeó, pero al final decidió que yo parecía bastante despreocupado. No pasaba nada. Desde luego, nada con lo que quisieras comerte la cabeza.
—Sí —contestó, luego miró a su hija—. ¿Estás lista, Nikki?
Nikki sacó una pastilla, la lanzó al aire y dio un paso adelante con la boca abierta. Cerró los dientes con un chasquido. Volvió a retroceder con el dulce para la tos entre los dientes.
—Lista. —Dio media vuelta, rebuscó entre la pila de abrigos hasta dar con su chaqueta—. Buenas noches, Ken —dijo poniéndose la chaqueta y besándome suavemente en la mejilla.
—Buenas noches, pequeña.
—Enseguida bajo —le dijo Emma a Nikki.
—Vale —contestó Nikki al tiempo que la puerta volvía a cerrarse—. Voy a despedirme de papá.
Emma me miró.
Oh, oh, pensé. Y ahora, ¿qué?
—Una gran chica —le dije a Emma, gesticulando hacia la puerta que se cerraba—. La quiero muchísimo.
—¿Estás bien? —preguntó Em.
Parecía preocupada de verdad. Me relajé.
—Estoy cansado —dije sinceramente.
—Me han dicho que Jude te ha hecho pasar un mal rato.
—Ha sido mutuo, pero sí. —Suspiré, bostecé—. Vaya. Lo siento, perdona.
—No pasa nada.
—Jude y yo nos hemos puesto de acuerdo en que no estamos de acuerdo. Aunque, bien mirado, no estoy seguro de que hayamos coincidido ni siquiera en eso.
Emma asintió, me miró brevemente al pecho. Alargó una mano y me tocó en el brazo, dándome palmaditas.
—Descansa.
—La mejor idea de toda la noche. —Sostuve la puerta abierta para ella.
—Buenas noches, Ken. Cuídate.
Me dio un beso en la mejilla, igual que su hija. Se volvió al llegar a las escaleras, justo cuando yo abría la puerta de mi dormitorio, y me dedicó una sonrisa valiente y breve. Alzó una mano dubitativa, luego bajó rápidamente los escalones.
Me quedé en ropa interior y me metí en la cama. Me dormí pensando en Celia, deseando que estuviera bien y a salvo con su familia en la Martinica. Lo hacía con bastante frecuencia. Una parte de mí albergaba la esperanza de que, si me dormía pensando en ella, la vería en sueños, pero hasta el momento no había funcionado.
Dormí bien durante una media hora hasta que varias personas entraron en la habitación y encendieron la luz para recoger los abrigos. Les dije dónde estaban los abrigos; luego, en cuanto se marcharon, me levanté, me puse los pantalones y fui al guardarropía oficial, recogí todos los abrigos y chaquetas de la cama y los colgué fuera, en la barandilla de la escalera. Lo cual no impidió que otro grupo de borrachos entrara en la habitación, encendiera la luz y buscara sus abrigos.
Saqué la bombilla de la luz principal y la siguiente vez que alguien volvió a entrar, murmurando sobre abrigos y dándole al interruptor de la luz unas diez veces, me puse a roncar muy fuerte hasta que se fueron.
Cuando me despierto voy vestido de oficial de las SS con la polla colgando por fuera. Estoy esposado a la cama y amordazado con cinta de electricista, igual que Jo; la violan, le rebanan el cuello y la dejan tirada encima de mí. Se han llevado varias cosas para simular un robo que se ha complicado y han abierto diversas brechas en el barco, de modo que al subir la marea me ahogaré.
—¡Ah!
—¿Ken?
—¡Joder! ¡Mierda! ¡Joder! ¡Hostia!
—¡Ken! ¡Despierta! Solo es un sueño. Lo que sea. Solo es un sueño, una pesadilla. Vamos, vamos…