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Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
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Mi recién descubierto interés por Israel resultó más duradero. Y por entonces no entendía cómo era posible que alguien no amara Israel. Era la nación más carismática, valiente y pirata del mundo, capaz de desafiar a todos los matones que la rodeaban. La guerra de los Seis Días, Dayan y su parche en el ojo, un primer ministro mujer, los kibbutzim; de niño me henchía de orgullo que hubieran sido tanques de construcción británica los que habían surcado el Sinai con la estrella de David ondeando en sus astas. Solía sacar libros sobre Israel de la biblioteca. Grandes generales judíos… ¡incluía a Trotsky! Hasta sabía que el ejército israelí había mejorado los Centurión sustituyendo los motores diesel británicos por otros de gasolina; me sabía todos esos tecnicismos bélicos de adolescente, me encantaban. Yom Kippur; el triunfo contra todas las probabilidades, robándoles los barcos a los franceses delante de sus narices, el bombardeo de Entebbe; ¡cortaba la respiración! ¡Era de película! ¿Cómo podía no admirarlos?)

—Pero eso fue antes de la invasión del Líbano, antes de Sabra y Chatila…

—¡Fueron las milicias cristianas! —protestó Jude.

—¡Venga, ya! Ariel Sharon los dejó hacer, y lo sabes muy bien. Pero eso fue solo el comienzo; empecé a despertar a lo ocurrido con los palestinos, a todas las resoluciones de Naciones Unidas que Israel había obviado, a las que se le permitía, en exclusiva, obviar; luego a la historia (la novia es bella, pero ya está casada) y los asentamientos ilegales y los bombardeos secretos. Oí lo que creía Rabbi Kehane, lo que sus seguidores todavía creen, vi los cadáveres desangrándose en la mezquita, y me dieron ganas de vomitar. Y ahora se matan civiles al menor pretexto sin ningún proceso legal de ninguna clase. Y he escuchado a israelíes hablar de una solución final para el problema palestino. He escuchado a un ministro del gabinete decir sin el menor rastro de ironía que, si pudieran cazar a todos los terroristas y librarse de ellos, no quedarían palestinos, y no puedo ni creerme que estoy escuchando a una persona con educación sugerir una estupidez tan monumental y tan obtusa desde el punto de vista psicológico.

»Mira; no quiero que nadie salga herido. No creo en los atentados suicidas ni en los ataques a civiles y, por supuesto, los judíos tenéis todo el derecho a defenderos, pero, por Dios, ¿podríamos al menos coincidir en una cosa? El Holocausto no fue malvado y horroroso y el acto de barbarie humana más concentrado y obsceno porque les ocurriera a los judíos, fue todo eso porque le pasó a alguien, a cualquier grupo, a cualquier persona. Como les ocurrió a los judíos y no tenían ningún lugar al que escapar, pensé: Sí, por supuesto, merecen tener un país. Era lo menos que se podía hacer. El mundo entero lo entendió. En parte por culpa, pero al menos lo hizo.

»Pero no era un cheque moral en blanco. Por amor de Dios, si alguien debería saber lo que es ser demonizado, victimizado y oprimido y sufrir bajo un régimen de ocupación militarizado y arrogante y tener la inteligencia de ver lo que les está ocurriendo y lo que les están haciendo a otros, deberían ser los judíos.

»De modo que cuando la juventud palestina apedrea tanques y los tanques lanzan explosivos a las tiendas donde las madres amamantan a sus hijos, cuando arrasan los huertos de todos los poblados árabes, dinamitan sus casas y destrozan los caminos… ¿No ves lo que estáis haciendo? ¡Estáis creando guetos! Cuando el ejército israelí afirma con total seriedad que Mohammed al-Durrah y su padre fueron asesinados por pistoleros palestinos, como si eso no fuera a nivel microcósmico la misma bazofia que asegurar que los campos de exterminio los construyeron los aliados al terminar la guerra… Yo… Yo… ¡Es que me tiro de los pelos, Jude! Y luego los periódicos publican cartas sobre aplacar a los palestinos y comparan Israel con Checoslovaquia justo antes de la Segunda Guerra Mundial, ¡es absurdo! Checoslovaquia no era el Estado mejor armado de la Europa de la época, era uno de los más débiles; no era la única superpotencia de la región con un monopolio de armas de destrucción masiva, no era el vencedor bien equipado de tres guerras previas ocupando los territorios de otros.

—¡Pero nos matan! Súbete a un autobús, ve a por una pizza, conduce de vuelta de la sinagoga, elige el camino equivocado en tu propia ciudad…

—¡Y los dos tenéis que parar! ¡Eso ya lo sé! ¡Pero vosotros sois los que tenéis el control de la situación! ¡Sois los que venís de una posición de fuerza! Siempre es el más poderoso el que tiene que ceder más, el que tiene que contenerse más, el que tiene que dar los últimos golpes antes de que todo termine!

Jude sacudía la cabeza, mirándome con la cara manchada de lágrimas.

—Estás tan lleno de mierda que nunca lo entenderás. Nunca lo entenderás. De modo que no somos perfectos. ¿Quién lo es? Luchamos por nuestras vidas. Todo lo que haces y dices apoya a los que nos empujarán al mar. Estás con el enemigo, con los exterminadores. Nosotros no nos hemos convertido en nazis, tú sí.

Hundí la cara en las manos y cuando volví a levantarla, viendo el rostro enfadado y enrojecido de Jude, solo pude añadir:

—Nunca he dicho eso. Existe un movimiento pacifista israelí, Jude. Hay gente, judíos, en Israel que se oponen a Sharon y lo que está haciendo, lo que les hace a los palestinos. Que quieren la paz. Paz por territorios, si hace falta, pero paz. Reservistas que se niegan a luchar en los territorios ocupados. Yo estoy con ellos. Ésa es la gente que respeto. He superado mi amor adolescente por Israel, pero nunca dejaré de respetar y amar al pueblo judío por todo lo que ha hecho… Es solo que no puedo soportar ver lo que ese gordo hijo de puta canoso y criminal de guerra está perpetrando en su nombre.

—Que te jodan. Sharon fue elegido democráticamente. Ha dicho que cambiará paz por territorios. Así que, que te jodan. ¡Que te jodan!

—Jude…

—¡No! Adiós, Ken. No me molestaré en decir hasta la vista porque espero no volver a verte. Y no te molestes en llamarme. De hecho, no te molestes en nada nunca más. Nunca.

—Jude…

—Me avergüenzo de haber permitido que alguna vez llegaras incluso a tocarme.

Y con esto, mi ex mujer me lanzó su bebida, dio media vuelta y se marchó.

Feliz Año Nuevo.

Un poco después. Borracho y lacrimógeno, me llegó la hora de acostarme. Me quedaba a dormir en casa de Craig, en el segundo dormitorio para invitados. Algunos lo habían estado utilizando como guardarropía no oficial, tirando abrigos y chaquetas sobre la cama; los recogí todos y los llevé a la habitación de al lado, el trastero, guardarropía oficial.

—Hola, Nikki.

—Ken —contestó Nikki, sacando algo de la chaqueta. Iba vestida con un suéter rosa esponjoso y vaqueros negros ajustados—. ¿Cómo estás?

—Cansado —dije, soltando los abrigos y chaquetas en el montón de la cama.

La música retumbaba desde el piso de abajo y se oía el jolgorio de la gente. Los únicos muebles del trastero eran una mesa vieja (cubierta también de abrigos y cosas) y una cama estrecha a rebosar de ropa. Montones de estanterías con libros y baratijas mil; una mesa plegable empapelada y una escalera de mano apoyada en la pared. Había una bombilla pelada, sin pantalla. Nikki me sonreía, de pie. Incluso con el pelo corto estaba guapísima.

Levantó la cosita plateada y delgada que había cogido de su chaqueta. Pastillas de naranja para la tos.

—Estoy resfriada —dijo sin dejar de sonreír, casi con aire de suficiencia. Bajo la luz directa de la única bombilla del cuarto, el pelo de Nikki tenía reflejos color rojo brillante y ocre oscuro.

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