La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Detrás de la puerta del retrete alguien tiró de la cadena y se sonó la nariz. Bryan desapareció en el interior de la buhardilla en el momento en que la mujer abrió la puerta. Sus pasos eran cortos y cansados. Al pasar por delante de la siguiente puerta, la golpeó y gritó algo dirigido al ocupante de la habitación. De pronto, un caos de pasos y voces se apoderó del pasillo; una actividad desenfrenada para aquellas horas del día.
Bryan echó un vistazo a su alrededor. Unos montones de ropa blanca, cuidadosamente doblada, aparecieron en medio de los destellos de las detonaciones. Ni un solo zapato. Sólo ropa de cama. Incluso una blusa o unos calzoncillos hubieran servido.
Pero allí no había nada que pudiera aprovechar.
A medida que la actividad del pasillo fue calmándose, los susurros y los zumbidos de las habitaciones fueron sustituyéndola. Las sombras, imposibles de identificar a través del ojo de la cerradura, se desvanecieron. Las posibilidades de Bryan se habían reducido considerablemente. Podía volver a subir la escalera e intentar alcanzar los abetos desde el tejado. Supondría una caída importante. O podía intentar introducirse inadvertidamente en una de las habitaciones, al otro lado del pasillo. Tal vez allí encontraría ropa y un lugar menos peligroso desde el que saltar a los árboles. Ambas opciones lo hicieron estremecerse. «¡Tú sí habrías sabido qué hacer en una situación como ésta, James!», pensó.
Su abdomen se encogió.
Un infierno ensordecedor de estruendos concurrentes hizo vibrar los cristales y las voces de la gente que se encontraba en las habitaciones subieron hasta el piso superior. Se abrieron varias puertas de las habitaciones del lado opuesto del pasillo y unas muchachas se precipitaron hacia las habitaciones orientadas hacia el oeste, que ofrecían mejores vistas. Sin pensarlo más, Bryan abrió la puerta y salió al pasillo. Más abajo, unas jóvenes enfermeras se habían puesto en movimiento. Otra serie de descargas retumbó contra el edificio. Nadie pareció preocuparse por Bryan al verlo desaparecer en el interior de la siguiente buhardilla.
La estancia era pequeña y estaba a oscuras, alguien acababa de abandonar la cama. Una cortina oscura de dibujos discretos de un color negruzco tapaba la ventana por completo. En el armario que había al lado de la puerta, Bryan encontró algo de lo que había andado buscando: una blusa descolorida, unos calcetines largos de lana y unos calzoncillos anchos. Sin dudarlo ni un segundo, abrió la ventana y arrojó sus hallazgos hacia el abeto más cercano, que las descargas de lo que parecían unos fuegos artificiales iluminaban intermitentemente. Los calcetines chocaron contra las ramas y se precipitaron al vacío por el costado equivocado de la alambrada.
Antes de saltar, le vino a la mente si el ocupante de la habitación se daría cuenta de que la ventana se había quedado abierta detrás de las cortinas corridas.
En el chasquido que se produjo cuando Bryan cerró los brazos alrededor de las ramas húmedas, que lo azotaron despiadadamente, la herida que tenía en la mano volvió a abrirse. Había sido un salto horrible. De pronto se precipitó un par de metros más abajo y las agujas del abeto se le clavaron en el rostro. Bryan se quedó colgado un rato de un manojo de ramas punzantes, preparándose para emprender el descenso que tuvo lugar a tirones; el último lo dejó tendido en el suelo tras una vertiginosa caída.
A pesar de haber recibido un golpe en el cuello, elevó la cabeza del suelo y echó un vistazo a su alrededor. A tan sólo un metro de donde había aterrizado se erguía una roca escarpada. Los calzoncillos y la blusa se habían posado a su lado. Justo delante de sus ojos, la alambrada centelleaba con una luz gris. Sólo unas bandas de luz tenue evidenciaban que había vida en el edificio al otro lado de ella.
No se veía a una alma, excepto en una ventana de la segunda planta, donde le pareció vislumbrar una figura borrosa aunque también conocida.
CAPÍTULO 27
Tuvo que pasar un rato hasta que Bryan se vio con fuerzas para ponerse las prendas de vestir que había robado. Echaba en falta los calcetines; sus pies estaban tan fríos que habían empezado a arder. En cuanto pusiera los pies sobre una superficie que no fuera rocosa, echaría a correr para recuperar el calor. Aunque todavía tenía el tobillo hinchado y estaba lesionado, el dolor había desaparecido. El frío había acudido en su ayuda.
Una actividad desenfrenada recorría la zona.
Desde las aldeas del interior llegaban camiones por la carretera estrecha, en dirección oeste, que lo obligaron a correr por el borde de las zanjas.
Durante el primer tramo de la ruta siguió un arroyo traicioneramente oscuro y tan frío como un infierno invertido. Sólo aquí Bryan se sentía seguro de que los perros no podrían rastrearlo.
Aquella seguridad valía por todos los tormentos y peligros que había atravesado.
El aire vibraba con las órdenes prorrumpidas incesantemente por soldados dispersados por toda la zona. Desde el nornoroeste le llegaron los profundos bramidos de los cañones. Esa noche, el aire tenía vida propia.
Unos tejados anunciaron la proximidad de la aldea y obligaron a Bryan a retomar las laderas. En noches como aquélla, todo el mundo estaría despierto. Cada estampido significaba que un hijo, un marido o un padre no volvería jamás a casa.
En una noche como aquélla se aprendía a rezar.
Al otro lado de la aldea se hallaba un pueblo de mayor tamaño y, más allá, los viñedos que se extendían hasta la orilla del Rin. Aquel paisaje, en toda su exuberancia idílica, sólo era deslucido por el nervio vital de Renania, una ancha carretera de hormigón que dividía el valle en dos. Ése era el terreno que tendría que superar.
Por delante de las arterias de salida del pueblo se diseminaban algunos edificios. Ganado inquieto en los establos, ropa olvidada en los tendederos, palas que despuntaban de la tierra, listas para la siguiente palada en el patatal. Todo ello evidenciaba que la vida seguiría a la mañana siguiente, y a la otra también. Más adelante aparecieron nuevos edificios, chozas abandonadas, almacenes destartalados, más zanjas.
A sus espaldas resonaba el fragor de los cañones en suaves ecos que llegaban de la Selva Negra. No había estado nunca tan cerca de una batalla terrestre. Varios cañones que estaban enterrados a aquel lado del Rin intentaban replicar en vano. La zona parecía un abismo vibrante de muerte y adversidad, a pesar de que Bryan no vio caer ni una sola granada.
Y aquello tan sólo era la antesala del infierno.
La irrealidad, el ajuste de cuentas con la razón y el amor al prójimo hecho realidad estaban teniendo lugar al otro lado del río.
Y finalmente apareció la carretera.
A Bryan le resultaba casi imposible imaginar que lograría cruzarla sin ser visto. La calzada estaba mojada y reflejaba la luz de los estrechos faros de los vehículos. Los pedazos de hormigón formaban una larga banda sobre la que destacaría inevitablemente. Aunque las farolas no estaban encendidas, el riesgo de ser descubierto parecía inminente.
Una interminable sucesión de camiones transportaba tropas y material bélico hasta las zonas calientes. A escasos cien metros de Bryan, varios ordenanzas motorizados intentaban moderar el insistente flujo de vehículos, envueltos en largos abrigos de piel. Detrás, un enorme rótulo roto se retorcía sobre el carril derecho de la calzada. En sus tiempos, había anunciado la proximidad de una vía de acceso desde las montañas, un par de kilómetros más allá.
Bryan se dirigió hacia el rótulo. La razón que lo llevó a decidirse fue la tenue luz que atravesaba la calzada intermitentemente, precisamente en el punto en el que se encontraban los ordenanzas. Si los vehículos podían cruzar la autopista, él también podría hacerlo.