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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Bryan frunció la nariz cuando el humo le dio en la cara.

– No lo sé, sir. Creo que estaba loco, pero no lo sé. No soy médico.

– Estuvo en aquel hospital durante más de diez meses. Debe de haberse formado una idea de quién estaba loco y quién no.

– ¿Eso cree?

Bryan volvió a cerrar los ojos. Estaba cansado. El capitán Wilkens le habla hecho las mismas preguntas una y otra vez; buscaba respuestas sencillas. Volvió a darle una profunda calada al cigarrillo y retuvo el humo en los pulmones un buen rato mientras contemplaba a Bryan con la cabeza gacha. Alzó la mano con la que sostenía el cigarrillo e hizo un movimiento brusco hacia Bryan como queriéndolo ayudar a soltar la lengua. La ceniza aterrizó en el borde de la cama de Bryan.

– ¡Pero si ya he declarado en más de una ocasión que el general estaba loco! ¡Al menos, eso creo! -Bryan bajó la mirada al suelo y prosiguió desapasionadamente-: Sí, estoy convencido de que así era, que estaba loco de verdad.

– ¿Cómo va todo? -El médico había entrado en la habitación sin que nadie se hubiera dado cuenta-. ¡Progresamos, señor Young, sin duda progresamos!

Bryan se encogió de hombros. Wilkens se echó hacia atrás en el asiento. No dejó que se notara su irritación por aquella interrupción.

– No me gusta hablar; sigo notando la lengua rara.

– Tampoco es tan extraño, ¿no es cierto?

El médico sonrió y con un gesto de la cabeza saludó al capitán, que ya estaba recogiendo sus notas.

Bryan reclinó la cabeza contra la almohada. Desde que los soldados de infantería norteamericanos lo habían recogido, tres semanas atrás, había llegado a aborrecer su lengua materna. Lo habían interrogado incesantemente. Los largos meses de aislamiento idiomático lo habían hecho hipersensible a las preguntas; las respuestas le resultaban tediosas.

Aunque los médicos le habían asegurado que su estancia en el hospital psiquiátrico no le acarrearía daños irreparables, Bryan sabía que no era verdad. Tal vez las cicatrices en el cuerpo se cerrarían, quizá los inexplicables cambios de humor remitirían y el tejido encefálico se restituiría de los tratamientos de choque recibidos, quizá el miedo persistente a perder la vida aflojaría. Sin embargo, la verdadera herida, la sensación de haberle fallado a James, se hacía más profunda cada día que pasaba. Esa herida no podían curarla.

Las noches se hicieron interminables.

Mientras estuvo ingresado en el lazareto norteamericano de Estrasburgo, le llegaron noticias de que el centro de Friburgo había sido reducido a escombros. «En menos de veinte minutos», habían añadido con orgullo. Desde entonces, James había ocupado sus pensamientos día y noche.

Desde que se estrellaron. James y él habían sido declarados desaparecidos. Sus familias habían sido inconsolables durante meses. Lo más difícil sería mirar a los Teasdale a los ojos. Jamás volverían a ver a su hijo, Bryan estaba convencido de ello. Todo lo demás era incierto.

– Ya verá cómo la lengua no le causará problemas. Sólo es cuestión de tiempo y de entrenamiento, ¡Pero si se decidiera a hablar más durante estas sesiones, el proceso de recuperación sin duda se aceleraría! Tiene que obligarse a hablar, señor Young, eso es lo único que puede ayudarlo.

La lluvia había sustituido la escasa nevada, el vaho impedía que el médico pudiera mirar por la ventana. A menudo adoptaba esa postura cuando hablaba, dándole la espalda a Bryan mientras frotaba el cristal de la ventana.

– Lo han propuesto para una medalla al Mérito Militar. Por lo que tengo entendido, piensa negarse a recibirla, ¿es eso cierto?

– Sí.

– ¿Es la historia de su compañero, que le sigue rondando por la cabeza?

– Sí.

– Supongo que sabrá que tendrá que colaborar con los oficiales de inteligencia, si quiere volver a ver a su compañero algún día.

Bryan bajó la comisura de los labios.

– En fin. De todos modos, he decidido que permanezca un tiempo más en el hospital. Sus heridas físicas estarán curadas dentro de un par de semanas. Estoy convencido de que los tendones del brazo no están tan dañados como supusimos en un principio. En general, las heridas están sanando, tal como era de esperar. -El médico le dirigió una sonrisa artificiosa y prosiguió-: Pero el alma también tiene derecho a sanar, ¿no es así?

– ¡Entonces envíenme a casa!

– Pero así no obtendremos las respuestas a nuestras preguntas, ¿no le parece, señor Young?

– Es posible. -Bryan dirigió la mirada hacia la ventana. Los cristales se habían vuelto a empañar-. Pero yo ya no tengo nada más que contarles; ya les he dicho todo lo que sabía.

Una joven de gran estatura se volvió desde la cama de enfrente, que ocupaba su hermano, gravemente herido. Era una muchacha modesta del país de Gales, de cabellera gruesa y con un postizo en la nuca; inspiraba confianza y le infundía sosiego. Le sonrió con una mueca promisoria.

Unos días después de Año Nuevo empezó a correr el rumor de que Bryan pronto volvería a casa. Se había sentido muy solo durante aquellas Navidades. Las ganas de recuperarse rodeado de sus seres queridos eran cada vez mayores.

La muchacha galesa era la única persona a la que echaría en falta.

Dos semanas más tarde cesaron las preguntas. Bryan ya no guardaba cama. Ya no tenía nada más que contar.

La última visita que le hizo el oficial de inteligencia Wilkens tuvo lugar un martes. La noche anterior le habían comunicado que sería dado de alta al día siguiente, el 16 de enero de 1945, a las 12.00 horas, y que esperaban que se presentase en la base de Gravely el 2 de febrero, a las 14.00 horas. Una vez se hallara en su casa de Canterbury, recibiría instrucciones directamente desde Castle Hill House.

Bryan contestó mecánicamente a las preguntas de aquel interrogatorio. La idea de que tendría que volver a volar le resultaba insufrible. Dudaba de que pudiera soportarlo.

– Nos gustaría asegurarnos una última vez de la posición exacta del lazareto, señor Young.

– ¿Por qué? Ya se la he indicado más de diez veces.

Bryan echó un vistazo a su alrededor. El oficial chupaba el cigarrillo tan cerca de las uñas que las náuseas que aquella visión le provocaron lo hicieron salir corriendo al pasillo. Había una actividad inusitada en los pasillos. Empezaba a resultar imposible determinar dónde había mayor número de pacientes, si en las habitaciones o en los pasillos. La escalera ancha llevaba directamente desde el piso hasta la planta inferior, donde las camas se agolpaban, una al lado de la otra, de tal forma que resultaba imposible saber dónde empezaba una y dónde acababa otra.

– ¿Por qué queremos saberlo, señor Young?

Wilkens salió al pasillo y siguió la mirada de Bryan sin mostrar demasiado interés.

– Pues porque debemos asegurarnos de que hemos borrado aquel nido de víboras de la faz de la tierra.

– ¿Qué quiere decir?

Bryan se dio la vuelta dejándose atrapar por la mirada fría del oficial.

– Pues quiere decir que Friburgo de Brisgovia fue bombardeada ayer por ciento siete B-17. Soltaron 269 toneladas de bombas, lo que a mí, personalmente, no me dice nada, pero que, por lo visto, son muchas. También puedo decirle a este respecto, señor Young, que un par de estas toneladas estaban destinadas a su antiguo lazareto. Por lo que ya no creo que tengamos que temer que esa casa de locos vaya a incubar más carne de cañón para el frente. ¿Qué cree usted?

Si fue o no una reacción consciente, eso no se supo nunca, ni siquiera el mismo Bryan. La joven galesa sólo pudo contarle que en aquel mismo momento Bryan cayó hacia atrás y se precipitó escaleras abajo. Los médicos dijeron que se había roto un hueso por cada peldaño que había tocado en la caída.

En el expediente médico anotaron que había sido un accidente.

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