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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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En el momento en que una llamada desde la sala de guardia arrancó a Petra de la puerta, Gisela Devers giró la cabeza y miró a Bryan a los ojos. Sus labios se separaron. Dejó caer al suelo el libro que tenía en el regazo y cerró la puerta cuidadosamente. Se quedó un rato apoyada en el vano mirándolo fijamente. Entonces adelantó la rodilla y empezó a suspirar profundamente. Aquellos suspiros se hicieron audibles.

El escalofrío liberó el cuerpo de Bryan de la tensión que había acumulado, dejándolo ardiente y traspuesto. Entonces Gisela dio un paso adelante y se le acercó tanto que los pliegues de su traje que moldeaban la curva de sus muslos ocuparon el campo visual entero de Bryan. Gisela se inclinó hacia adelante y subió la rodilla hasta el borde de la cama. Bryan la tomó en sus brazos cuando ella le rodeó el cuello. Todas las capas de ropa eran lisas, flexibles y frescas. Su piel estaba húmeda.

Aquellos abrazos se repitieron muchas veces, aunque por poco tiempo. Los ritmos que regían la sección cambiaban constantemente. Resultaba difícil encontrar un momento de tranquilidad en medio de todo aquel ajetreo. Ambos tenían razones más que sobradas para mostrarse cautelosos.

Al final eran capaces de contentarse dejando pasar las horas con la mirada fija en el otro. Sólo en contadas ocasiones sus cuerpos se rindieron al deseo. La voz de Gisela emanaba amor. Todas las demás mujeres dejaron de existir para Bryan, se tornaron borrosas.

Uno de aquellos días, su gorjeo se especió con un nuevo matiz; un matiz concreto y directo.

La alarma se disparó en el interior de Bryan. En un primer momento, había entendido que el Gruppenführer Devers pronto recibiría nuevas visitas.

Más tarde se dio cuenta de que Gisela le estaba hablando de él, de Amo von der Leyen; que lo admiraba y que estaba segura de que volvería a casa antes de Navidad; que pronto recibiría una visita importante de Berlín. Que lo echaría en falta.

Miró hacia su marido con desprecio.

Eran noticias aterradoras, si es que lo había comprendido todo correctamente.

Después del traslado, a Bryan empezó a costarle mantenerse al corriente de los días que iban transcurriendo y llegó a odiarse a sí mismo por aquella negligencia. Al oír el retumbo de la última gran ofensiva contra Karlsruhe, Bryan había calculado que era el 5 de noviembre, dos días antes de su cumpleaños. Desde entonces debían de haber pasado unos quince días, más o menos.

Ya no pasaban desapercibidas las batallas al otro lado del Rin, aunque no podía saber de qué lado estaba la fortuna. Lo que, en cambio, había quedado bien a las claras era que los pacientes del lazareto podían ser trasladados en cualquier momento, si el avance de los aliados llegaba a suponer una amenaza para la región.

Esta vez lo conseguiría.

Todas las noches, mientras hacía su guardia, que debía resguardarlo de los ataques de los simuladores, le daba vueltas a los planes de fuga y pensaba en James.

Había que meditar sobre varios inconvenientes: la ropa y el calzado; la manera de superar todas aquellas miradas despiertas y de escapar de aquel edificio; las patrullas de perros y la nueva alambrada eléctrica; la pared rocosa en medio de la oscuridad; el tránsito de los caminos del valle, ahora que habían extremado la vigilancia al máximo; el frío de la tierra mojada, y los arroyos y riachuelos; la amplia y llana región que se extendía hacia el Rin de, por lo menos, seis millas; la duda de si todavía estaban en época de vendimia, a pesar de lo avanzado del año.

Y luego estaban las aldeas y los pueblos allá abajo, y todas las sorprendentes coincidencias y extraños quehaceres de las pequeñas sociedades del valle. Había que superar todo aquello.

Bryan sabía que ya no podría dirigirse hacia el sur. La concentración de tropas cerca de la frontera suiza probablemente fuera la más densa del mundo. Tendría que optar por escapar en dirección oeste, tomando el camino más corto, en un intento de cruzar las vías del tren que atravesaban el valle del Rin, a lo largo del margen montañoso. Luego intentaría llegar hasta el río.

Teniendo en cuenta la escalada bélica que se había vivido durante las últimas semanas, las tropas aliadas debían de encontrarse justo al otro lado del Rin. Pero ¿cómo conseguiría llegar tan lejos?

Aquel grandioso río, que Bryan había utilizado tantas veces como referencia en los vuelos de reconocimiento, probablemente era el río más vigilado del mundo. El pobre desgraciado que fuera atrapado allí no tendría que devanarse los sesos pensando en el destino que le aguardaba. Cualquier civil sospechoso que pillaran tan cerca de la línea del frente sería tomado por un desertor y ajusticiado en el acto.

Y cuando finalmente tuviera el Rin a sus pies, ¿cómo se suponía que lo cruzaría? ¿Qué anchura tenía realmente? ¿Y qué profundidad? ¿Y la corriente, cómo sería?

La última pregunta que se hizo tampoco lo volvió loco de alegría. ¿Y si lograba llegar al otro lado del río? ¿Acaso no abrirían fuego contra él sus propios compañeros? ¿Acaso no dispararían contra cualquier cosa que se moviera?

A fin de cuentas, no las tenía todas consigo. De niño, Bryan había aprendido de su padrastro que la gente tonta no era capaz de apreciar la importancia de calcular las probabilidades de éxito de sus vidas. Por esa razón, esa gente siempre acababa optando, una y otra vez, por los sueños, las fantasías y las ilusiones, que, a fin de cuentas, nunca llegaban a hacerse realidad, en vez de conducir sus vidas hacia unos marcos más seguros aunque, tal vez, también más banales. Así, muchas veces se quedaban paralizados, incapaces de tomar una determinación. Las probabilidades que tendían a obviar a menudo los conducían a un callejón sin salida, ofreciéndoles unas posibilidades miserables y convirtiéndolos en perdedores.

Y aun así, Bryan optó, esta vez y a pesar de la educación que había recibido, por dejar a un lado las probabilidades desfavorables de salir airoso de aquella situación y aplicar otro aspecto importante de su aprendizaje que, en cierto modo, contrarrestaba las expectativas sombrías.

Ese aspecto era, ni más ni menos, el axioma según el cual los problemas están para ser solucionados.

Naturalmente, Bryan no conocía el terreno, de la misma manera en que era innegable su desconocimiento de la lengua. Sin embargo, ésta era, por así decirlo, la terminología misma de la fuga. Y puesto que ya no podía quedarse allí por más tiempo, tendría que hacerlo lo mejor que pudiera y hacerlo pronto.

Si finalmente se daba el caso, sería determinante alcanzar el Rin antes del amanecer.

La cuestión que quedaba por determinar era si James lo seguiría.

Bryan habría dado su brazo derecho por poder dar un paseo alrededor de los edificios o por tener una mejor vista desde su ventana.

La alambrada eléctrica constituía el primer obstáculo que debería salvar. Incluso si se decidía por dirigirse hacia la pared rocosa, se encontraría con aquella alambrada. Y si finalmente conseguía superar las rocas por otra vía, se vería obligado a bordear el complejo hospitalario para alcanzar el camino en dirección oeste.

La manera más sencilla de salir sería atravesando el portal. Bryan la desechó; también sería la manera más fácil de conseguir que lo mataran.

La siguiente posibilidad de escapar era cavando un túnel. Sin embargo, todas las alas que daban a campo abierto eran barracones. Allí no conseguiría cavar sin que lo descubrieran. Y según los cálculos de Bryan, el resto de la alambrada estaba fijada en suelo rocoso.

Por tanto, debería superar la alambrada sin tocarla.

El recuerdo del frío paseo desde la plaza de actos el día del cumpleaños de Hitler y los grandes abetos que se inclinaban sobre la alambrada por el costado oriental seguía estando presente en su mente. Un solo paseo, y sabría con toda seguridad si el salto desde allí era posible.

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