La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Y por fin tuvo una visión completa de aquellos árboles.
A sus espaldas, Lankau y Kröner se habían colocado entre las dos camas, barrándole el paso. Kröner estaba tan tranquilo y expectante como Lankau tembloroso y excitado. Bajo la sonrisa torcida del hombre del rostro picado de viruela, el pañuelo de Jill adornaba coquetamente su cuello. En el mismo instante en que Kröner se dio cuenta de que Bryan lo había visto, acarició el pañuelo con el dorso de la mano y esbozó una sonrisa diabólica. Los simuladores habían despojado a James de su último resto de dignidad. Bryan miró a James y el hombre de los ojos inyectados en sangre los contempló con interés desde la cama vecina.
James ni siquiera pestañeó cuando Bryan le sonrió taimadamente.
Entonces Bryan se levantó el camisón y enseñó su trasero desnudo. Tanto Kröner como Lankau se rieron hasta que Bryan contrajo el abdomen, lo que resultó en un largo y ofensivo pedo que fue a darles directamente en las narices. La risa de Kröner se heló al instante y el hombre dio un paso atrás. Sin embargo, el rugido de Lankau tuvo un efecto contagioso y cuando Bryan tuvo la osadía de mirarlo por encima del hombro con una expresión ingenua de duendecillo, Kröner no pudo más que estallar en risas.
Bryan posó la mirada una última vez en James. Resultaba difícil determinar si le había guiñado el ojo ligeramente. Su rostro estaba pálido. La delicadeza y el tormento que éste reflejaba obligaron a Bryan a apartar la vista. Bryan se repuso rápidamente y se acercó tanto a Kröner que sus frentes incluso llegaron a rozarse. Y entonces soltó un eructo.
El semblante de Kröner se transformó, como si lo hubiera atravesado un rayo. La leve parálisis que se produjo le brindó el tiempo y el espacio suficiente a Bryan para que su golpe alcanzara el pómulo de Kröner de lleno. El hombre del rostro picado de viruela se fue hacia atrás y aterrizó entre los brazos de Lankau. La cólera de los dos simuladores se desató inmediatamente y ambos saltaron sobre Bryan, sin hacer caso de los gritos del hombre de los ojos inyectados en sangre.
Sin embargo, Bryan había conseguido lo que había pretendido desde que entró en aquella habitación.
Apenas lo hubo agarrado Lankau, cuando soltó un grito desgarrador, como si quisiera convocar a sus antepasados para la lucha. Todos los ocupantes de la sala despertaron de golpe y fueron testigos de las tres figuras rodando por el suelo y de los guardias entrando atropelladamente por la puerta como sombras tenebrosas. Los guardias se abalanzaron inmediatamente sobre los combatientes. Tanto el hombre del rostro picado de viruela como el de la cara ancha se habían dejado llevar por la rabia. Uno de los guardias logró liberar a Bryan de las garras de los simuladores, sin que tuvieran ningún efecto los golpes que Lankau dejó caer sobre su uniforme.
Y, de pronto, todos se quedaron inmóviles. Bryan, que se había quedado sentado en el suelo con las piernas abiertas hacia los lados, empezó a sollozar. El hombre de los ojos inyectados en sangre había tirado del cordel y los gritos de los enfermeros que se acercaban por el pasillo hicieron que el flaco se dejara caer contra la almohada con un suspiro irritado de resignación.
Bryan dirigió una mirada a James cuando, entre sollozos, reculó hacia la puerta. Sin embargo, por entonces, James ya se había vuelto, abandonándose al abrazo de la manta.
Bryan cruzó el pasillo en un par de pasos ágiles. Antes de que les hubiera dado tiempo a las enfermeras a abrir la puerta giratoria del hueco de la escalera de servicio, Bryan ya había cerrado la puerta a sus espaldas y había detenido sus sollozos. Ahora se encontraba en la habitación del medio que ocupaba el paciente misterioso.
La habitación estaba a oscuras.
Bryan permaneció inmóvil hasta que se hubo acostumbrado a la penumbra. Ahora, sin duda, administrarían un sedante a Kröner y a Lankau. Era impensable que el personal sanitario abandonara la habitación de James durante los próximos cinco o diez minutos.
Desde su habitación al otro lado de la pared se oyó el sonido de la puerta al abrirse. Las voces de los guardias atravesaron la pared con nitidez. Parecían aliviados; ya habían tomado nota de que Bryan se había vuelto a acostar.
Su vecino inconsciente, Herr Devers, no se había movido. La dosis de sedantes que le había suministrado había resultado suficiente.
Desde la cama sumergida en la oscuridad fue emergiendo el contorno de un hombre que lo miraba fijamente.
Ése era, pues, el hombre al que intentaban ocultar con tanto ahínco.
La inexpresividad de su rostro preocupaba a Bryan. Su falta de reacción resultaba tan incomprensible como tantas otras cosas en aquella sección. Bryan se llevó el índice a los labios y se puso en cuclillas al lado del lecho de aquel hombre. La respiración del enfermo se había hecho pesada y el ritmo se había acelerado, como si se estuviera preparando para prorrumpir en un grito. Su respiración, febril y ardiente, se fue haciendo cada vez más profunda a medida que pasaban los segundos. El labio inferior le temblaba.
Entonces Bryan retiró la almohada de debajo de los codos del enfermo de un tirón y lo empujó contra el colchón. El hombre misterioso ni siquiera pareció sorprenderse al ver a Bryan alzar la almohada sobre su cabeza. Bryan volvió a bajar los brazos, tapó el rostro del enfermo con la almohada y apretó.
Fue como ver a su mayordomo en Dover agarrar a una paloma y exprimirle la vida lentamente. El hombre no opuso resistencia, ni siquiera pataleó. El cuerpo laxo e indefenso parecía haber sido abandonado, parecía estar tan solo.
Unos brazos delgados se alzaron ligeramente eliminando la voluntad de Bryan de acabar con aquella vida. Se apresuró a retirar la almohada y miró fijamente a aquellos ojos asustados que acababan de ver cómo cedía la muerte.
Bryan le acarició la mejilla, aliviado. Cuando le sonrió, recibió a cambio una mirada triste.
Del colgador sólo pendía el albornoz reglamentario. Bryan se lo puso por encima del suyo y se ató con fuerza el cinturón alrededor de la cintura. Aunque no le faltaron las ganas de encender la luz y así poder registrar la habitación en busca de cualquier objeto que pudiera serle útil, no se atrevió a hacerlo.
La ventana se abría en el sentido equivocado, lo cual impedía el acceso al canalón. El paciente soltó una risa ahogada, apenas perceptible, cuando Bryan descolgó la ventana de su marco y la depositó cuidadosamente detrás de la cortina, al lado del lavabo.
El tumulto que se había creado en la sección se había calmado definitivamente. El personal sanitario había dejado de vociferar. Las risas de los guardias le llegaban atenuadas desde el pasillo. Habían demostrado su valía.
O, al menos, eso creían.
Bryan contaba con que, si todo iba como de costumbre, pasarían por lo menos unos siete u ocho minutos hasta que se dieran cuenta de su fuga.
Y, de pronto, antes de que diera tiempo para que aquel pensamiento se asentase en su mente, Bryan se quedó helado. Una intuición inexplicable lo había llevado a soltar la cortina antes de subir el pie al alféizar de la ventana; tal vez sólo fuera el leve tintineo de unas llaves en el bolsillo de alguien.
Antes de que el guardia hubiera agarrado el pomo de la puerta, Bryan ya se había arrojado hacia atrás escondiéndose detrás de la puerta. Había estado a punto de caerse. El tobillo le latía de dolor y sus ojos estaban desorbitados. A su lado, un estrecho haz de luz atravesó la estancia y le rozó los dedos de los pies.
A menos de diez centímetros de donde se encontraba, uno de los guardias asomó su rostro oscuro. La luz que entraba a sus espaldas rodeó su cabeza en una aureola diabólica. El más mínimo ruido o movimiento, y Bryan estaría acabado. El hombre misterioso seguía tendido en la cama, con la nuca apretada contra la almohada y una sonrisa dulce en los labios. La cortina ondeaba ligeramente. Bryan percibió el aire que entraba por la ventana con una rotundidad inoportuna y vio, para su desesperación, cómo el haz de luz atrapaba el pie del marco de la ventana detrás de la cortina. El guardia soltó un gruñido y abrió la puerta un poco más y, hasta que sus ojos no se hubieron acostumbrado lo suficiente a la oscuridad para poder ver al enfermo recostado en la cama, no se rindió. Ahora el tobillo le dolía tanto que Bryan estuvo a punto de derrumbarse. Tal vez era lo mejor que le podía pasar; dejarse caer, sin más. ¿Acaso todavía le quedaba alguna posibilidad de salir victorioso de aquella situación? Se deshizo rápidamente de aquel sombrío pensamiento y recuperó el equilibrio. Encontrarían un albornoz en la cama de Devers y a Devers en la cama de Arno von der Leyen. Bryan llevaría puestos dos albornoces.