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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Bryan se apretó contra el suelo. Tenía que salir de allí. El dique no le procuraba ningún tipo de protección. Al otro lado del río vislumbró una orilla oscura que se extendía unos cientos de metros en dirección norte y volvía a desaparecer en un abismo aún más profundo. Se trataba, pues, de un banco alargado, cubierto de vegetación, que dividía el río en dos cauces.

Aquel golpe de suerte significaba que Bryan podría atacar el río en dos asaltos. La parada en el alfaque le daría un descanso. Antes de que los faros del vehículo cayeran sobre los montones de turba que se alzaban a pocos metros de él, rodó por la ladera hasta alcanzar la vía de agua que lo devolvería a la vida.

Bryan se había equivocado. El agua era más fría que la muerte; tan fría, que el albornoz que llevaba puesto, a pesar de la resistencia y del peso que ofrecía, fue de gran ayuda. Su cuerpo se precipitaba hacia el enfriamiento total. Bryan reconoció los síntomas. Había visto a más de un paracaidista caer al suelo indefenso, incapaz de protegerse de los golpes. Ese tipo de frío se apoderaba del cuerpo insidiosamente, sin que la voluntad ni las ganas de vivir pudieran ofrecerle resistencia. Simplemente, el organismo dejaba de funcionar.

Y luego estaba la corriente. Aunque no podía estar más equivocado, Bryan tenía la sensación de que se encontraba en la estación más caudalosa del año: cuando bajaban cascadas de agua de fusión. Se dejó llevar por la corriente, no pudo hacer otra cosa, y vio pasar por su lado el banco, que acabó desapareciendo envuelto por la oscuridad.

El Rin era muy ancho en aquel tramo. Puesto que Bryan estaba muy hundido en el agua, no pudo evaluarlo con exactitud, pero, de todos modos, era suficientemente ancho para que su cuerpo que se deslizaba por el agua, ora flotando, ora nadando, se mantuviera oculto a posibles oteadores que pudieran encontrarse en las márgenes del río, a no ser que lo atrapara alguno de los conos de luz que, de vez en cuando, barrían la superficie del río.

Los cadáveres aparecieron aparentemente de la nada, llevados por la corriente. Debían de llevar mucho tiempo en el agua, pues estaban muy hinchados. El rostro de uno de los soldados muertos se había agrietado a pesar del frío y el otro estaba tan hundido en el agua que apenas alcanzó a verlo.

Las refriegas en la margen occidental se sucedían sin parar. Bryan se agarró al segundo cadáver e intentó vislumbrar si alguien se movía en la orilla. La temperatura corporal era tan baja que muy pronto, al cabo de pocos minutos, se vería obligado a salir del río, costase lo que costase. A unos pocos cientos de metros apareció el primer puente. Unas luces tenues en dirección norte anunciaban la presencia de otro puente alto. El cuerpo de ingenieros podría haber instalado fácilmente una retahíla de puentes flotantes entre los dos grandes. Aquella noche, la necesidad de lanzar cabos sobre el río era enorme.

Los destellos del fuego de mortero iluminaban el río intermitentemente. El estrépito hizo temblar el aire. Entre una descarga y otra, Bryan oyó gritos.

Al soltarlo, el soldado muerto volteó en el agua y cabeceó suavemente. Fue entonces cuando Bryan descubrió la razón por la que la corriente no se había llevado el cadáver. Unas estrechas rayas verticales de color negro se erguían en la oscuridad del agua: el cadáver se había quedado enganchado en unas rejas. Tal vez fuera una casualidad, pero parecía que la barrera discurría a lo largo del río, dividiéndolo en dos. En cuanto amaneció, aparecieron los primeros cabrilleos en la superficie del agua alrededor de las ramas y los desechos que se habían quedado enganchados en las rejas.

Aquel entramado significaba que podrían verlo en cuanto tuviera que encaramarse a él para pasar al otro lado. La margen oriental estaba tranquila, pero la occidental podía ocultar fácilmente a su asesino. Bryan sólo podía confiar en la vista, ningún sonido humano sería capaz de traspasar la cacofonía de los cañones.

Se agarró con decisión al entramado, saltó por encima de los pinchos erosionados y se dejó caer de espaldas por el lado de la salvación. Su respiración era pesada cuando volvió a asirse a las rejas para inspeccionar la orilla.

Intentaría salir del río por allí. Una ligera brisa sacudió los árboles. La vegetación parecía densa y le procuraría protección. Allí entraría en calor antes de emprender el último tramo de la fuga.

Sólo un animal se habría percatado del peligro. Bryan estaba tan desprevenido como un anciano que se desploma a causa de un ataque cardíaco cuando una mano lo agarró del brazo.

La sensación de que algo o alguien había emergido de entre los muertos para apoderarse de él no era nada comparado con lo que sintió Bryan al ver la cara medio desleída y feroz de Lankau. Bryan sólo alcanzó a soltar un grito ininteligible. La mano que se había cerrado alrededor de su cuello tiró de él y el agua se cerró sobre su cabeza. Su vida había llegado a su fin. Así lo había querido su contrincante.

En un último y desesperado acto de voluntad, Bryan logró posar el pie en una de las barras transversales de la verja y tomar ímpetu para dar un salto. El hombre de la cara ancha no tenía intención de soltarlo y rugió de dolor cuando sus brazos se quedaron enganchados en la reja que los separaba. Fue la salvación de Bryan.

Los disparos llegaron desde atrás haciendo aullar a Lankau aún más. De pronto enmudeció y se desplomó, y soltó a su presa. Parecía un hombre normal y corriente agarrado como estaba a la reja, viendo cómo Bryan seguía adelante hacia la orilla; mortal y vulnerable. La descarga de tiros se detuvo con la misma rapidez que había empezado.

Los soldados alemanes tenían otras cosas más importantes de las que preocuparse.

Antes de llegar a la orilla, Bryan tuvo que rendirse. Los miembros de su cuerpo ya no le respondían. La corriente no era suficientemente fuerte para sostenerlo de pie. A pesar de que la orilla salvadora se encontraba tan cerca, Bryan tuvo que doblar las piernas. Unos remolinos lo hicieron bailar en el agua. Entonces se hundió.

Más tarde, Bryan recordaría que había empezado a reír. En el preciso instante en que el agua se lo había tragado, sus pies habían chocado con el fondo.

Las últimas brazadas hasta la orilla estuvieron acompañadas por el abrazo fresco del alba. De pronto, el chasquido de las armas portátiles le llegó desde el lado sur. A pesar de la densidad de la vegetación, los claros en la maleza de aquella orilla evidenciaban que los ataques nocturnos también se habían cobrado sus víctimas en aquella margen del río. Bryan se estremeció al ver el uniforme.

El terreno era llano. El soldado norteamericano había sido sorprendido por la repentina y traicionera desaparición de vegetación. Todavía parecía estar sorprendido. Bryan se echó al suelo muy cerca del cadáver y se pegó a él. En aquella postura frotó las manos amoratadas contra la ropa del soldado para que, poco a poco, se fueran desentumeciendo.

Las ropas del soldado le aportarían un calor que lo devolvería a la vida.

Bryan miró a su alrededor. El banco en medio del río estaba muy lejos. Varias gabarras ornaban la punta del islote. Más arriba, en la orilla occidental del río, había otra gabarra amarrada; estaba cargada de abono. El hedor que le llegó le recordó tiempos pasados. Los estampidos lo devolvieron a la realidad, relegando a un segundo plano los momentos de tranquilidad que la visión de la gabarra habían evocado.

El rostro de Lankau no era más que una mancha en medio del río.

CAPÍTULO 28

– ¿Podría volverá hablarme de aquel Obergruppenführer? ¿Estaba bajo custodia? ¿Estaba encerrado o realmente estaba loco? ¿Qué sabe de todo eso?

Las puntas de los dedos del oficial de inteligencia al que llamaban Wilkens tenían un color amarillento. Encendió otro cigarrillo. Sin duda, sus colegas le habían prevenido. Bryan Underwood Scott Young no era especialmente comunicativo.

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