La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
El viaducto estaba a oscuras la mayor parte del tiempo. Sólo de vez en cuando las luces de los furgones cargados de materiales y los coches que transportaban a civiles desde las aldeas más próximas al Rin lo iluminaban. Unas voces apagadas que llegaron desde las fauces del viaducto le hicieron sospechar y recular hacia la autopista. En algunos puntos aislados de la carretera que cruzaba la autopista aparecieron algunos lugareños poco abrigados delante de sus casas que contemplaban el espectáculo con los brazos cruzados.
Confundido por la coincidencia de explosiones fulgurantes que de pronto iluminaron el cielo, el chófer de uno de los camiones no advirtió las indicaciones de los ordenanzas que aconsejaban aminorar la velocidad. Los chirridos de los frenos cuando el conductor divisó, en el último momento, el rótulo retorcido, advirtieron a los ordenanzas del inminente peligro y saltaron inmediatamente a la cuneta profiriendo alaridos. Bryan detectó el pánico en sus voces. En el momento en que el camión hubo superado el viaducto, el conductor bloqueó los frenos y el remolque atravesó la calzada. Finalmente, el camión, llevado por la inercia de la pesada carga, derrapó en esta maniobra y fue a dar contra el rótulo que, dando un bandazo, se desprendió aún más de su soporte y acabó colgando libremente, al otro lado de la valla de protección. Y aquel enorme trasto se detuvo definitivamente. Por entonces, los camiones que lo seguían se encontraban ya tan cerca del lugar del accidente que les fue imposible dar marcha atrás. De esta manera, se formó un embotellamiento que detuvo el tráfico durante un buen rato y, por tanto, el alumbrado intermitente de la calzada.
Bryan miró hacia el sur. Dentro de pocos segundos solventarían aquella interrupción pasajera del tránsito y bloquearían la calzada. Se quedaría atrapado en aquella posición. También tenía vía libre por el norte. Aprovechando las circunstancias favorables que el destino le había deparado, Bryan cruzó velozmente la calzada a la pata coja y desapareció en medio de la oscuridad.
Al mirar hacia atrás, queriendo asegurarse de que ni los aldeanos ni los ordenanzas se habían percatado del asalto a la autopista que acababa de protagonizar, le pareció ver que otras sombras habían aprovechado el momento para cruzarla.
Hacía tiempo que la vendimia había finalizado. Habían arado la tierra entre las cepas, dejando al descubierto numerosas ramas podadas que sobresalían traicioneramente del suelo y que convertían cada paso en un ejercicio de equilibrismo. Bryan tuvo que apretar los dientes y soportar aquel suplicio, si no quería lastimarse los pies. Habría hecho lo que fuera con tal de conseguir un par de zapatos.
El frío era penetrante. Los pies habían dejado de protestar. Era como si el tobillo torcido hubiera desaparecido entre el cuadro traumático de dolor generalizado. Durante un repentino alto en el bombardeo se oyeron los chasquidos de armas ligeras desde la otra margen del río. Cuando éstos también cesaron durante unos segundos, Bryan percibió un ligero susurro entre los árboles del bosque que acababa de dejar atrás. Se incorporó rápidamente y escrutó las cepas desnudas y marchitas. A menos de diez hileras de donde se encontraba, volvió a ver aquellas sombras grises y desconocidas que avanzaban hacia él.
Bryan apretó el paso.
Más adelante se acababan los viñedos, irguiéndose las sombras de un seto de abrigo a lo largo de la linde más lejana, aparentemente infranqueables e infinitamente profundas. Pronto se dio cuenta de que se estaba aproximando al río que atravesaba aquel extraño paisaje. El chapoteo era cada vez más pronunciado. El suelo estaba resbaladizo y Bryan estuvo a punto de caerse. Un pájaro asustado que de pronto levantó el vuelo lo hizo detenerse. Como un eco retardado de sus pasos vacilantes, oyó un leve sonido viscoso a sus espaldas. Se volvió y tensó todos los músculos de su cuerpo.
No estaba solo.
A menos de diez pasos apareció su perseguidor con las manos sólidamente plantadas en las caderas. Bryan no pudo distinguir su rostro pero sí reconoció su contorno. Se quedó helado: era Lankau, y no estaba dispuesto a dejarlo escapar.
El hombre de la cara ancha no dijo nada, ni tampoco se abalanzó sobre Bryan, a pesar de que se encontraba a escasos pasos de él. Su actitud era respetuosa, aunque no sólo eso; era expectante. Bryan aguzó el oído. Se oyó un leve susurro proveniente de la maleza. Jamás había visto una cosa igual. El terreno que lo separaba del Rin era, a la vez, pantano y jungla; arroyos y bosque en una sola y enmarañada obra maestra botánica; un lugar perfecto en el que desaparecer en una noche perfecta. Sin duda, unas condiciones que entraban en los cálculos de su perseguidor.
Permanecieron un buen rato examinándose mutuamente; teniendo en cuenta la gravedad de la situación, más tiempo del que podía considerarse razonable. De pronto, Bryan comprendió que Lankau disponía de todo el tiempo del mundo. Bryan volvió a echar un vistazo por encima del hombro. Volvió a oír susurros entre la maleza. Y entonces fue cuando se dio cuenta de la situación, en todas sus dimensiones: alguien estaba a punto de caer sobre él desde la espesura del bosque. En lugar de refugiarse en la oscuridad de aquella maleza intransitable, Bryan optó por dirigirse hacia el sur, bordeando la linde del bosque. Su maniobra cogió desprevenido a Lankau, que tuvo que saltar por encima de unas cuantas cepas, hasta encontrarse en el lugar que Bryan acababa de abandonar.
De pronto, la ventaja que Bryan le había sacado era considerable. Se escabulló por el primer claro que apareció. Dio unos pasos hacia adelante y se hundió en el agua, que le llegaba a la cintura. El fondo era firme aunque viscoso. La pregunta era si podrían cerrarle el paso desde el otro lado y, tal vez más relevante aún, si el fondo seguiría soportando su peso. La idea de una muerte lenta en el fango lo llevó a tantear el fondo a cada paso con la punta del pie, a pesar de que con ello perdía unos segundos preciosos.
A sus espaldas se oyeron unas voces exaltadas. Era evidente que Lankau no estaba solo. De momento habían perdido su rastro y Bryan intentó aprovechar las circunstancias abriéndose camino por el agua sin hacer movimientos bruscos que pudieran llamar la atención. A la larga no podría resistir el frío del agua. Dentro de muy poco tiempo, su organismo se habría enfriado tanto que dejaría de funcionar.
Uno de los hombres profirió un alarido cavernoso y penetrante a sus espaldas. Ellos también se habían hundido en el agua fría.
Los chasquidos de las metralletas que antes habían llegado desde algún lugar delante de él ya no se propagaban nítidamente por el espejo del monte bajo. La defensa ligera de los alemanes era móvil y estaba contenida contra el Rin y, en aquel momento, no estaba siendo atacada directamente.
Aquel lugar debía de ser maravilloso en un día de verano: pájaros, flores y colores por doquier; en aquel momento resultaba terrorífico.
Bryan se arrastró por encima de un banco cenagoso donde las ramas podridas, con el paso del tiempo, se habían ido trabando, dando lugar a nuevas sedimentaciones.
El tiempo empezaba a apremiar. Tal vez ya llevara unas seis o siete horas en camino. Podían ser las tres, pero también las cuatro.
Bryan rezó por que no fueran las cinco. En tal caso, el sol saldría al cabo de un par de horas.
Un vehículo pasó muy cerca de allí, como si atravesara el aire volando. Bryan se encontraba muy cerca del dique.
Los sonidos habían cambiado, ahora le llegaban más nítidos y claros que antes. Sólo podían separarlo unos doscientos o trescientos metros del terraplén. Aunque tenso y nervioso por no saber cómo alcanzaría el otro lado del dique y proseguiría el camino hasta llegar al lecho del río, y febril al pensar en que la otra margen del río era un hervidero de tropas acorraladas, Bryan logró sobreponerse sumergiéndose lentamente en el pantano para cubrir el último tramo.
Como en una explosión, el aire se oscureció a su alrededor en movimientos aleteantes y cascadas de graznidos agudos. El hedor le llegó instantáneamente. Era acre y putrefacto. Uno de los numerosos cormoranes no pudo alzar el vuelo y empezó a propinarle picotazos, Bryan se quedó inmóvil en el agua en medio de la luz de la luna, viendo cómo volvía a juntarse la bandada sobre las copas de los árboles y se iba posando lentamente. Todos los pájaros habían levantado las cabezas, como si esperaran la llegada de un enemigo desde el cielo. Las copas de los árboles eran su fuerte, y las lianas que colgaban de las ramas, su escudo. Era como estar en medio de una jungla.