La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Todos los que se hallaban en la zona debieron de oír aquel ruido infernal y, sin embargo, Bryan no oyó nada digno de mencionar a su alrededor. Se quedó quieto un buen rato, intentando registrar cualquier sonido inquietante antes de retomar el camino. Al dar la siguiente brazada hacia el grupo de juncos más próximo, Dieter Schmidt se precipitó sobre él frontalmente. Sólo Bryan profirió un grito. El hombre enjuto extendió las manos para agarrarlo del cuello mientras intentaba patearle la entrepierna a través del agua. Su cuerpo trabajaba mecánicamente y sin vacilaciones. Cuando cayeron al agua, los pájaros volvieron a levantar el vuelo. Bryan cayó rodando, con tan mala suerte que se le metió en el oído una rama que flotaba en la superficie. El dolor lo hizo irrumpir en un rugido y tomó tal impulso en el fondo que ambos salieron disparados del agua. Furioso por haber tenido que soltar a Bryan, el flaco se volvió a acercar dando tumbos y golpeó el agua con la palma de la mano en un gesto de niño encolerizado y malvado. Bryan echó un vistazo desesperado por encima del hombro. No se veía a Lankau por ninguna parte.
En el momento en que el flaco volvía a dar un salto hacia adelante, Bryan agarró una rama flotante y lo golpeó con ella en la cara. Ni siquiera gritó. La rama le había atravesado la boca y le salía por la mejilla izquierda, sin que por ello mermara el ataque de locura parecido al de un perro enrabietado que se había apoderado de aquel hombrecillo, Bryan saltó a un lado y consiguió recuperar el equilibrio. En un par de pasos alcanzó una posición más segura. El flaco, hundido en el agua hasta las rodillas, le enseñó los dientes. Se quedó un rato así, intentando recuperar las fuerzas. Cada vez que inspiraba, la rama que tenía clavada en la mejilla se movía. A pesar de la gravedad de la situación, su aspecto resultaba ridículo. Al igual que el de Bryan, su cuerpo sólo estaba cubierto por un albornoz grisáceo empapado de agua. Sus piernas estaban desnudas y habían adquirido un color negruzco, muy similar al tono del agua en la que se habían metido. Habían salido del hospital a toda prisa, él y el hombre de la cara ancha. Su presteza y energía eran dignas de admiración.
Y ahora Bryan quebraría la voluntad que los había llevado hasta allí con el único objetivo de matarlo.
El grito de Lankau le llegó de algún lugar cercano. Bryan entrecerró los ojos y enseñó los colmillos como un animal perseguido, lo que llevó al flaco a abalanzarse sobre él con los brazos abiertos. Bryan había dejado de tener miedo. En aquel salto repentino, el flaco perdió el equilibrio momentáneamente y se fue hacia adelante en un intento de recuperarlo. Precisamente entonces, Bryan alcanzó su cuello de una patada.
No fueron muchos los sonidos que escaparon de aquella garganta cuando el cuerpo cayó hacia atrás. Tampoco cuando Bryan lo sostuvo bajo el agua con todas sus fuerzas.
Precisamente cuando la vida estaba a punto de abandonar a aquel hombre flaco, Lankau saltó de entre la maleza con las rodillas muy levantadas, en un salto torpe a través del fango. Volvieron a sonar las metralletas; esta vez estaban muy cerca. Ni Lankau ni Bryan dijeron nada, sus rostros enfrentados expresaban determinación.
Lankau se mantuvo inmóvil. En la mano izquierda sostenía un cuchillo de filo rayado y mate que apuntaba hacia arriba. Era un cuchillo largo. Bryan había tenido uno igual en la mano muchas veces. Un cuchillo normal y corriente de la cubertería del lazareto. La manera en que el hombre de la cara ancha se lo había agenciado era un enigma imposible de descifrar para Bryan; y el afilado, puro misterio. Estaba tan afilado como un punzón.
Lankau examinó a Bryan un buen rato y luego empezó a hablarle en voz baja. Era evidente que sentía respeto por el hombre que tenía delante. Sin embargo, aquella veneración no lo detendría.
La lucha era inevitable y desigual.
Si no mediaba algún estímulo externo que llevara a uno de ellos a tomar la iniciativa, se quedarían allí, inmóviles para toda la eternidad. Ninguno quería ceder la iniciativa al otro, ni tampoco tomarla. Y, de pronto, un ruido apenas perceptible que provenía del bosque movilizó los sentidos de Bryan. El cuerpo del flaco se ladeó en el agua y el último suspiro abandonó su boca. Las burbujas salieron silenciosamente, recordándole a Bryan que el agua era su aliada. Tenía el agua, la oscuridad y la diferencia de edad a su favor. Las demás ventajas estaban del lado del hombre de la cara ancha.
Sobre la cabeza de Bryan se mecía una confusión de lianas. Unas raíces largas y finas se enredaban entre las ramas; cabos de salvamento que bajaban hacia el suelo en busca de alimento y arraigo. Justo delante de su cara se habían enredado formando un nudo gordiano. El suelo blando y esponjoso que retardó el salto de Bryan también incidió sobre el salto hacia adelante de Lankau.
En tan sólo tres brazadas, Bryan consiguió colocarse encima de su enemigo, listo para dejarse caer sobre él. El cuello de Lankau crujió cuando todo el peso del cuerpo de Bryan dio contra aquella cabeza ancha. Lankau se desplomó como un trapo. No había ofrecido resistencia; sólo tejido blando y pasivo que se había desplazado hacia un lado hundiéndose en el agua.
La lucha había terminado, aun antes de empezar. Bryan dio dos pasos atrás y se dejó caer sobre la ladera. Los remolinos del agua se apaciguaron sobre el cuerpo de Lankau. El paisaje empezaba a definirse con más detalle. Amanecería dentro de menos de una hora. Bryan se sintió vacío. Cuando empezó a extrañarle que no salieran burbujas del cuerpo de Lankau ya fue demasiado tarde.
El hombre de la cara ancha abrió los ojos antes de emerger a la superficie. Las pestañas estaban cubiertas de lodo y la mirada detrás de la máscara expresaba enajenación.
Todavía tenía el cuchillo bien agarrado en la mano. Bryan logró incorporarse antes de que Lankau tuviera tiempo de llevar a cabo su ataque diabólico.
En un reflejo cansino, Bryan adelantó el brazo izquierdo y recibió una puñalada profunda y dolorosa. Retiró el brazo de un tirón y Lankau, que todavía asía el cuchillo que había penetrado en el brazo de su enemigo, cayó hacia adelante. Fue el propio impulso que había tomado aquel cuerpo macizo el que provocó el accidente fatal al introducir Bryan los dedos en los ojos de Lankau.
El alarido de dolor fue instantáneo. Lankau cayó hacia atrás con las manos apretadas contra el rostro. Se quedó tendido en el lodo, indefenso, pataleando y gimiendo, cubierto por el agua sucia y enturbiada. De pronto se oyeron unas descargas de ametralladora muy cerca del lugar. Sin mirar atrás, Bryan salió corriendo ladera arriba, abandonando a su perseguidor a su suerte.
Cuando hubo superado el último seto de abrigo, Bryan se dejó caer de rodillas. Estaba agotado. La herida no sangró tanto como había temido, cuando se sacó el cuchillo del brazo. El corte había sido limpio y afortunado.
A falta de algo mejor, Bryan arrancó un retal del segundo albornoz que llevaba puesto y se vendó el brazo lo mejor que pudo. Hacía un frío de mil demonios, tanto, que el río amenazador que fluía a escasos pasos de él no lo disuadió de llevar a cabo su propósito. Simplemente no podía enfriarse más de lo que ya se había enfriado. Y, sin embargo, la visión que se abrió ante sus ojos al alcanzar el borde del dique fue horrorosa y enigmática.
Más abajo, un vehículo blindado recorría la margen del río. Habían colocado varias barreras a lo largo de las roderas dando así libre acceso a las columnas que se dirigían hacia el norte con provisiones.