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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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John entrecerró los ojos y sintió un calor que le subía a la cara.

– Vaya al grano.

– Uf, pero mírate -dijo Baker con una risita-. Tienes los puños cerrados y la cara toda congestionada, igual que un animalito furioso. No irás a pegarme, ¿verdad?

– Márchese de aquí.

– Muy bien. -Baker lanzó una carcajada-. Me marcho. Pero no porque me lo diga un tío como tú. Di a tu viejo que he venido a verlo. Dile que cincuenta mil dólares. Eso es todo lo que tiene que saber. Dentro de poco me pondré en contacto con él para organizado. Y si llama a las autoridades, el que sufrirá serás tú. ¿Me has entendido, chulito? Pues díselo a él.

Baker emprendió el regreso hacia el Honda. Oyó que se abría la puerta de la casa, luego una voz autoritaria y unas pisadas rápidas sobre el hormigón, pero no alteró el paso y se dirigió al asiento del pasajero del Honda, se volvió y sonrió al tipo descamisado y de mediana edad que venía corriendo hacia él enfurecido y portando en la mano algo que parecía una porra de hierro. Abrió la portezuela y se dejó caer en el asiento.

– Vámonos -ordenó. Kruger aceleró y se alejó del bordillo.

Alex Pappas salió disparado detrás. Corrió unos metros junto al Honda y cuando éste lo adelantó continuó persiguiéndolo, sabiendo que ya no iba a poder alcanzarlo.

– ¡No te acerques a mi familia! -chilló.

El Honda dobló la esquina y se perdió de vista. Alex aflojó la zancada y por fin se detuvo en mitad de la calle. Se inclinó hacia delante y procuró recuperar el aliento. El corazón le latía con dificultad en el pecho.

– Papá -dijo John a su espalda-. Papá, no pasa nada.

Alex se incorporó y dio media vuelta. John había sacado el móvil y estaba haciendo una llamada. Pero Alex se lo quitó de la mano.

– No -le dijo-. Nada de policía.

– ¿Estás de broma?

– Ya te lo explicaré. Venga, vamos a entrar en casa. Se movieron en dirección a la casa, Alex rodeando a su hijo con el brazo.

– ¿Estás bien, papá?

– Sí. ¿Te ha dicho cómo se llamaba?

– Me ha dicho que era el hombre que te hizo lo del ojo.

– No te ha hecho daño, ¿verdad?

– No. -John se fijó en la linterna y dirigió a su padre una sonrisa afectuosa-. ¿Qué ibas a hacer con eso?

– Y yo qué sé. No tenía ningún plan. Nada más ver a ese tipo aquí fuera contigo, la he agarrado y he echado a correr.

Vicki los estaba aguardando a los dos en la puerta de la casa.

Era muy tarde cuando Raymond recibió la llamada en su móvil. Se encontraba en casa de su madre, sentado en el antiguo sillón reclinable de su padre, viendo la televisión sin verla, como les ocurre a las personas cuando están pensando con intensidad. El teléfono le sonó dentro del bolsillo, y al contestar oyó la voz de Alex Pappas. Había desaparecido aquel tono afable que había llegado a resultarle tan agradable y tan cómodo en los dos días anteriores.

Alex describió la visita de Charles Baker, el intento de extorsión y la conversación que había tenido con John.

– Ha estado hablando con mi hijo, delante mismo de mi casa-dijo-. Donde duerme mi mujer. ¿Entiendes, Ray? Ha venido a mi casa y ha amenazado a mi hijo.

– Entiendo -respondió Raymond-. ¿Has…?

– No. No he llamado a la policía. Pero la próxima vez la llamaré. Te lo digo para que quede bien claro.

– Me queda claro -dijo Raymond-. Gracias, Alex. Gracias por pensar en mi hermano.

– Tienes que hacer algo -dijo Alex, ya sin la furia de antes.

– Y voy a hacerlo -aseguró Raymond.

A continuación llamó a James, esta vez al apartamento de Fairmont.

– ¿Dónde para Charles Baker? -le preguntó.

– ¿Por qué?

– Tú dímelo.

– No lo sé exactamente. Duerme en una casa compartida situada en Delafield. Una de esas viviendas para gente que está con la condicional. Dijo que estaba ubicada en el bloque 1300, en el distrito Noroeste.

Raymond cortó la llamada con brusquedad. Se levantó del sillón y fue al sótano, sin hacer ruido para no despertar a su madre. Allí, sobre un banco de trabajo, encontró las herramientas de su padre guardadas en una caja de acero. Ernest Monroe, el mecánico de autobuses, las conservaba ordenadas y limpias. Desde que falleció, Raymond las había utilizado muy pocas veces y las había dejado cada una en su sitio, tal como hubiera querido su padre.

Ernest nunca había tenido una pistola en casa. Decía que era peligroso e innecesario, que habiendo críos no sería más que una tentación que daría lugar a una tragedia. Pero en cambio había modificado algunas herramientas y se las había señalado a sus hijos, por si acaso la familia tuviera necesidad de protegerse. Una de ellas era un destornillador de mango fuerte y cabeza plana cuyo extremo Ernest había fresado en el banco de trabajo hasta darle una forma en punta.

Raymond sacó el destornillador de la caja.

Capítulo 23

De camino al trabajo, muchas veces Alex Pappas se detenía a llenar el depósito de gasolina de su Cherokee en la estación autoservicio de Piney Branch Road. Y tenía dos razones para ello: en aquella estación en particular la gasolina era relativamente barata, y, si quería, mientras estaba allí podía echar un vistazo a su inversión inmobiliaria, que se hallaba situada justo detrás.

No era inteligente tener una propiedad sin alquilar, ya que la ausencia de inquilinos dejaba al dueño a merced de los vándalos y posiblemente hasta de los okupas. Pero Alex no tenía muchos motivos para preocuparse, puesto que su propiedad se encontraba en un vecindario decente y era visible desde una calle muy transitada. Además, estaba bien fortificada por su diseño de ladrillo liso y sin ventanas. La compañía eléctrica había construido la subestación con la intención de confundirla, en la medida de lo posible, con las demás viviendas de aquel barrio.

Así y todo, por más seguro que fuera el edificio, necesitaba encontrar una persona que lo alquilase, aunque sólo fuera para que Vicki dejara de darle la lata. Vicki llevaba razón, por supuesto; casi siempre llevaba razón cuando se trataba de dinero.

Alex estaba sopesando estas cosas, contemplando su edificio, mientras tenía la boquilla del surtidor dentro de la toma de gasolina de su vehículo. Veía el portón ancho y de chapa corrugada que tenía el edificio en la fachada y el pequeño aparcamiento que se extendía delante, el cual el iraní, el último inquilino, había ampliado pagando él el gasto, a fin de alojar a los clientes a quienes vendía alfombras y moquetas.

Cuando el depósito ya estuvo lleno, Alex fue con el coche hasta la fachada del edificio y aparcó. Sacó de la guantera su cinta métrica Craftsman y un juego de llaves que incluía una que abría el portón.

Un poco más tarde bajaba conduciendo por Piney Branch Road, tamborileando con los dedos sobre el volante. Piney Branch Road se convirtió en la calle Trece, y un poco más adelante giró para tomar New Hampshire Avenue y dirigirse hacia Dupont Circle. Era la misma ruta que llevaba tomando desde hacía más de treinta y cinco años. La mayoría de los días, llevaba el pensamiento puesto en las minucias cotidianas y en cosas sin importancia. Pero hoy, no.

Raymond Monroe encontró a su madre en el cuarto de estar, viendo un telediario matutino en la televisión. Llevaba en la mano la bolsa de fin de semana.

– Me voy, mamá.

– ¿A trabajar?

– Sí.

– Te he oído hablar por teléfono con esas personas del hospital. Decías no se qué de un compromiso.

– Sí, tengo que ocuparme de un asunto. Estaba diciéndoles que iba a llegar un poco más tarde.

– Y, por lo que veo, esta noche no piensas venir a casa.

– Voy a quedarme con Kendall y su hijo.

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