Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– ¿Me has oído, chico?
– Sí.
– Estás tan cocido que no puedes ni hablar.
– Qué va, estoy bien.
– ¿No tienes miedo de todos estos pasos que estamos dando?
– No.
– Si tienes miedo, dilo.
– No lo tengo.
– Bien -dijo Baker-. Porque estoy pensando en que esta noche me ayudes con una cosa.
– ¿Cuál?
– Necesito ir a Maryland. Hay un tipo que me debe dinero.
– Ya tenemos dinero, en esta misma mesa.
– Esto es de un nivel totalmente distinto. Ese tipo me lo debe desde hace más de treinta años. Y se le han ido acumulando los intereses. El día de cobro va a ser brutal.
– Tengo que terminar esto. Puedes llevarte mi coche.
– ¿Cómo voy a conducir sin carné? Como me pare la pasma, me vuelve a meter en la cárcel.
Kruger humedeció el extremo de una bolsita con la lengua y selló una onza. Si continuaba trabajando, a lo mejor el señor Charles se olvidaba del plan.
– Le he pedido a un antiguo amigo mío que me llevara él, pero se ha negado con buenas palabras. Estoy seguro de que tú no vas a darme la espalda igual que él.
– Estoy ocupado.
– Pensaba que tenías huevos, tío.
– Tengo unos clientes a los que he prometido producto para mañana por la mañana. Necesito terminar esto antes de ponerme a pensar en otra cosa.
– Vale, pues voy a irme andando hasta la Avenue, buscaré un bar y me tomaré una cerveza. Eso no te llevará más de un par de horas. -Baker se puso la cazadora de cuero-. ¿Cuál es el código de la puerta, para cuando vuelva?
– Ya me lo sé.
– Dilo.
– Golpe, golpe, pausa, golpe.
– Exacto. Hasta dentro de un rato, tío.
Una vez que Baker hubo desaparecido por la puerta, Kruger se dedicó diligentemente a cortar y embolsar. Con gusto se habría quedado allí sentado la noche entera, trabajando, colocándose, oyendo música, pensando en las cosas que iba a poder comprarse con la pasta que le iba a hacer ganar aquella hierba. Las zapatillas nuevas Van y Dunk, las camisetas estilo estrella del rock, las sudaderas Authentic con gorras a juego.
Si Deon estuviera con él, hablarían, bromearían y soñarían con las cosas que iban a poder comprar. Le gustaría saber dónde estaba y por qué no contestaba al móvil. Deon había sido su chico, y ahora parecía ser que se había levantado y se había largado. Lo único que le quedaba era Charles Baker.
Kruger había tirado su pistola a una alcantarilla del aparcamiento de la casa donde vivía Dominique después de trasladar la hierba de la camioneta blanca a su Honda. Le puso enfermo encañonar con un arma a un chaval de su edad mientras el señor Charles hacía lo que hacía. No quería volver a tener una pistola. No quería volver a hacer nada semejante.
Se le empezó a pasar el colocón. Sabía que el señor Charles no iba a olvidarse de que él tenía que llevarlo a Maryland. No tardaría en volver, golpe, golpe, pausa, golpe. Cuando al señor Charles se le metía algo en la cabeza, no había manera de negárselo. Lo llevaría a ver a aquel tipo que le debía dinero porque, con Deon desaparecido, el señor Charles era el único amigo que tenía. Kruger estaba atontado y cocido, y no veía ninguna otra cosa que pudiera hacer.
Capítulo 22
Raymond Monroe, en el interior del taller de Gavin, cerró la tapa de su móvil y se guardó éste en el pantalón del vaquero. James Monroe se encontraba bajo el capó de un Caprice Classic del 89, aflojando una bomba de agua averiada que pretendía sustituir. Al borde de la aleta se sostenía en equilibrio una lata de Pabst Blue Ribbon. James se incorporó, cogió la lata y bebió un largo trago de cerveza.
– Acaba de llamar Rodney Draper -dijo Raymond.
– Rod el Gallito -dijo James sonriente, recordando el apodo que le habían puesto de pequeño, por culpa de la curiosa nariz que tenía-. ¿Quién iba a pensar que un día aquel chaval iba a dirigir una empresa?
– Rodney siempre trabajó mucho. No me sorprende.
– ¿Qué quería?
– Hoy ha recibido una llamada de Alex Pappas. Le dijo que deseaba hacerle una consulta histórica. Rodney no le dio una respuesta directa, antes quería hablar conmigo.
James miró dentro de su lata de cerveza, la agitó y luego bebió otro trago.
– Alex está intentando dar con la señorita Elaine -dijo Raymond.
– ¿Para qué?
– Para hablar con ella, supongo. Imagino que está intentando acabar de una vez con todo esto.
– ¿Qué le has dicho a Rod?
– Que espere.
– Ray…
– ¿Qué?
– Hoy se ha puesto en contacto conmigo Charles Baker. Buscaba alguien que lo llevara a la casa de Pappas. Quería que yo lo acompañase, me dijo. Pero no dijo por qué.
– ¿Te ha contado qué tal le fue con Whitten?
– No.
– Eso quiere decir que le fue mal. Así que ahora va a intentar sacarle algo a Pappas. Esta vez no será comiendo en ningún restaurante elegante; esta vez Charles va a hacerlo a su manera.
– Pues yo le he dicho que no estaba dispuesto -dijo James-. Le he dicho que no es asunto mío.
– Sí que lo es si Charles le hace algo a ese hombre o a su familia. Y es asunto mío si continúa intentando meter a mi hermano en algo sucio.
– Charles no puede evitar ser lo que es.
– Hay mucha gente que ha tenido una infancia difícil, y ha encontrado la forma de superarlo.
– Charles nunca ha matado a nadie -apuntó James.
– No -respondió Raymond sosteniendo la mirada de su hermano-. Nunca.
– Voy a seguir con esta bomba.
– Muy bien -dijo Raymond Monroe.
Calvin Dixon y su amigo Markos estaban sentados en sendos sillones del salón del lujoso piso de Calvin, ubicado en la calle V, detrás del Lincoln Theater, en el corazón de Shaw. Estaban fumando puros y bebiendo bourbon del bueno, con agua, con la botella entre ambos, apoyada en una mesa de acero y cristal. Tenían todo lo que pueden desear los jóvenes: mujeres, dinero, buena presencia, vehículos que corrían mucho. Pero esta noche no parecían muy felices.
– ¿Has hecho la llamada? -preguntó Markos, un joven atractivo que había heredado la piel etíope de su padre y las facciones leoninas de su madre.
– Estaba esperando a hablar contigo -contestó Calvin, una versión de Dominique más grande y más ruda.
– ¿Quieres un poco más de agua? Voy a buscar más.
– Claro.
Markos se levantó y fue a la cocina, que estaba incorporada al salón y equipada con quemadores y horno Wolf, un lavavajillas Asko y un frigorífico Sub Zero de dos puertas. Vertió agua filtrada en dos vasos de un dispensador empotrado en una encimera de mármol y regresó al sillón con ellos. Con la mano, cogió hielo de un cubo y lo echó al agua.
Calvin sirvió más bourbon de una botella numerada de Blanton's. Chocaron los vasos y bebieron.
– ¿Qué te parece ese tronquito? -dijo Markos, refiriéndose al puro Padrón que estaba fumando Calvin.
– Bueno -contestó Calvin-. El sesenta y cuatro tiene la fuerza del veintitrés, si quieres saber mi opinión.
En aquel momento se abrió la puerta del dormitorio y apareció una mujer en el umbral. Era muy joven, morena y sobrealimentada, una mezcla de Bolivia y África. Los pechos tensaban la tela de la camisa y tenía ese culito en forma de corazón al revés que tantas veces se invoca pero raramente se encuentra. Se llamaba Rita. Calvin la había retirado de una peluquería de Wheaton después de que ella le hubiera lavado la cabeza con champú y le hubiera dado un masaje en el cuero cabelludo.