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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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– Ya sabes que lo estoy deseando. Pero tengo problemas con mi hermano a los que tengo que echar un ojo. Y también quiero ir a ver si mi madre está bien.

– Un hombre de cincuenta añazos…

– Tengo cuarenta y nueve.

– Y todavía viviendo con su madre. Yo diría que ya es hora de que ese hombre se pare a reevaluar la situación.

– Comprendo adonde quieres llegar, pero mira, precisamente tú… tú acabas de hablar de que hay que asumir responsabilidades, de que todos debemos arrimar el hombro. Cuando una persona se sacrifica, los demás, en fin, tienen que ofrecer su apoyo.

– Ya sé, Raymond. Tú tienes esa carga que vas arrastrando, pero mira, no te estoy pidiendo ni un compromiso ni un anillo. Simplemente estoy cansada de ver tu bolsa de fin de semana en el suelo. Podrías tener un armario para ti, eso sería un comienzo.

– Cierto.

– Y Marcus necesita que haya un hombre presente, a jornada completa.

– ¿Y tú crees que yo reúno las condiciones?

– Deja de jugar. Marcus te quiere, Ray.

– Yo siento lo mismo. Precisamente estaba pensando en llevarlo a un partido de los Wizards. Están a punto de jugar varios partidos seguidos en casa. Las entradas tendrán que ser del gallinero, pero da igual.

– Sólo con que se acerque a ese Verizon Center, ya sonreirá.

– También podrías venir tú.

– Hace falta algo más que una entrada de diez dólares y un perrito caliente para convencerme.

Monroe le apretó la mano.

– Tú dame un poco de tiempo.

Capítulo 21

El presidente de la Sociedad Histórica tenía un despacho en un edificio municipal situado cerca de las tiendas de antigüedades. El edificio se encontraba en un área repleta de construcciones victorianas rodeadas de jardines frondosos y cuidadosamente diseñados. A la vista del edificio municipal se levantaba una casa de seis dormitorios que en otro tiempo había pertenecido a un tal señor Nicholson. Treinta y cinco años atrás, Raymond Monroe, un chaval del cercano vecindario habitado en su totalidad por negros, había lanzado una piedra contra la ventana de uno de los dormitorios porque el señor Nicholson no le había pagado lo acordado por cortar el césped. El policía que fue a casa de Monroe le impuso lo que se conocía como una Investigación sobre el Terreno y una severa advertencia, y al padre del chico, Ernest Monroe, le dijo que su hijo era un «exaltado» al que sólo iban a conceder una oportunidad más.

Alex Pappas, sentado en el pequeño despacho de Harry McCoy, que se había adjudicado a sí mismo el cargo de archivero de la Sociedad, no sabía nada de todo aquello. McCoy era un hombre corpulento, con los antebrazos tatuados, barriga y unas gafas de montura metálica que atenuaban un poco la pinta de estibador que tenía. Había invitado a Alex a entrar en su despacho con gran entusiasmo, feliz por tener aquella oportunidad para hablar de la historia local. Por todo el despacho había fotografías enmarcadas de tiendas, calles, viviendas y residentes que se remontaban a los comienzos del siglo anterior. Todas las personas que aparecían en las fotos eran blancas. Ninguna de las instantáneas, supuso Alex, representaba la vida de Heathrow Heights.

– Usted se refiere a Nunzio's -dijo McCoy una vez que Alex le hubo descrito el comercio del porche de madera.

– Sí, en efecto.

– Ya cerró, como es natural. En el lugar que ocupaba se construyeron casas. El hombre que lo regentaba se jubiló y vendió la propiedad, pero de todos modos, con el tiempo se habría quedado sin negocio. No podía competir con el Safeway que había calle arriba.

– ¿Tiene su nombre?

McCoy había extraído un archivo y estaba inspeccionando el contenido.

– Eso es lo que estoy buscando. Aquí está. -Miró por encima del borde de las gafas-. Salvatore Antonelli. Su padre, el que fundó el establecimiento, se llamaba Nunzio.

– ¿Aún vive Salvatore?

– No lo sé, pero eso es bastante fácil de averiguar. Estoy convencido de que vivían aquí. A no ser que haya fallecido o se haya mudado a otra parte, es un apellido que debería figurar en la guía telefónica. Puede echar un vistazo al archivo, si lo desea.

Alex examinó las blancas páginas y anotó algunos datos en una libreta.

– Si necesita más -dijo McCoy-, en Heathrow Heights vive un tipo que es una especie de custodio histórico.

– No veo que aquí haya ninguna fotografía del barrio.

– Bueno, los residentes prefieren que esas cosas no salgan de Heathrow. Tienen una antigua escuela que se transformó en centro recreativo tras la resolución Brown versus Consejo de Educación. Allí dentro están expuestas sus fotografías.

– ¿Tiene el nombre de ese tipo?

– Sí. Y también voy a darle su teléfono. No tiene inconveniente en hablar de su comunidad. Se siente orgulloso de ella, como debe ser. Un tipo simpático, este Draper.

Alex se puso de pie al tiempo que McCoy le entregaba la información de contacto de Rodney Draper, sacada del fichero de tarjetas que tenía sobre la mesa.

– ¿Y dice que esto lo hace por afición? -preguntó McCoy.

– Tengo un negocio que anteriormente fue propiedad de mi padre. Me gusta hablar con personas, inmigrantes y sus antepasados, que hayan tenido negocios familiares parecidos al mío. Están desapareciendo, ¿sabe?

– Como la mayoría de las cosas que recordamos con afecto -repuso McCoy-. Debe de ser usted un apasionado de la historia.

– La verdad es que no -contestó Alex-. Digamos que me interesa el pasado.

Deon Brown cerró el maletero de su Mercury, aparcado en el callejón que había detrás de Peabody Street, muy arrimado a la valla que bordeaba el adosado de su madre. Había cogido la ropa que necesitaba, los útiles de afeitarse y unos cuantos artículos de tocador, la receta de Paxil, una bolsita de hierba, el dinero, la documentación del coche y los escasos objetos especiales de su infancia que pudo embutir en el petate que había comprado en la tienda de excedentes de Wheaton. Había dejado el empleo que tenía en la zapatería del centro comercial Westfield. Había cargado sus cosas en el maletero del coche y ya estaba listo para irse. Pero antes necesitaba hablar con su madre.

El móvil llevaba el día entero sonando, pero no lo había cogido. Había dejado que las llamadas, de Cody y de Dominique Dixon, pasaran al buzón de voz. Escuchando el contenido de los mensajes había logrado hacerse una idea de lo inquietante de la situación. Cody Kruger y Charles Baker habían robado el material a Dominique y estaban intentando torpemente apoderarse de su negocio. Aunque Cody no lo había dicho, dio a entender que tenía una buena noticia para él, Deon, y que debía llamarlo o pasarse por su apartamento lo antes posible para recibir la noticia en persona. «Necesito que estés aquí, colega», dijo Cody. Deon tenía la impresión de que Cody quería que fuera porque no deseaba estar a solas con Baker, que con toda seguridad era quien había puesto aquel plan en marcha. En la voz de Cody había un tono de desesperación que Deon no había percibido nunca. Cody había hecho algo audaz y estaba muy envalentonado por ello, pero al parecer también sabía que la había cagado. Los mensajes de Dominique así lo confirmaban. Dominique decía que Baker y Kruger lo habían amenazado a punta de pistola y también con una navaja. Dominique, con una rabia controlada a duras penas, decía que su hermano y él querían verlo enseguida. Que tenía que cogerles el teléfono. Que si no contestaba, su hermano y él tendrían que suponer que formaba parte del plan.

Hacia el final del día, Deon apagó el móvil y lo tiró a una alcantarilla de Quackenbos Street. Por el camino se compró otro móvil desechable.

En la cocina de su madre se encendió una luz. Acababa de volver del trabajo. Le gustaba prepararse un tentempié al llegar a casa, algo que le permitiera aguantar hasta la cena.

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