Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– ¿Me llamabas? -dijo Rita a Calvin.
– No, nena. Déjanos un poco de intimidad un ratito más, ¿quieres?
Ella hizo un gesto mohíno, y acto seguido volvió a meterse en el dormitorio y cerró la puerta.
– Esa chica debe de haber creído que estábamos pronunciando su nombre -comentó Calvin.
– Yo te he preguntado qué te parecía ese tronquito -dijo Markos-. No he dicho «chochito».
Calvin sonrió apenas, sin ofenderse. Rita era despampanante, y también una furcia. Los dos tenían la misma opinión respecto de las mujeres, incluso de las novias ocasionales que tuviera el uno o el otro.
– ¿Qué tal está Dominique? -dijo Markos.
– Actualmente vive en casa de mis padres. No quiere estar en su apartamento. Y puede que no vuelva nunca. No lo sé.
– Podemos encontrar a otra persona que nos mueva la mercancía.
– Estoy de acuerdo.
– La cuestión es qué vamos a hacer con nuestro problema. -Ese viejo ha estado a punto de violar por el culo a mi hermano pequeño. Y el blanco lo tenía encañonado y miraba.
– Estar a punto no es violar.
– La diferencia es tan pequeña que casi no se ve. Dile esa gilipollez a Dominique.
– ¿Y qué pasa con el otro que los acompañaba en el negocio?
– ¿Deon? Dominique dice que no participó. Hemos intentado dar con él para confirmarlo, pero no coge las llamadas. Lo más probable es que a estas alturas su móvil esté sonando en el fondo del río Anacostia. Si es inteligente, lo habrá tirado al marcharse de la ciudad. Pero él no me preocupa. Son los otros dos.
– Lo cual nos lleva a la pregunta del principio: ¿qué vamos a hacer?
Markos dio una calada al puro y miró a su amigo. Los dos eran luchadores duros y diestros que en su juventud habían llevado a casa con cierta regularidad trofeos de The Capitol Classic, el torneo anual de artes marciales que se celebraba en el Centro de Convenciones. Nunca se habían arredrado ante ningún tipo de confrontación o reto físico, pero esto era diferente, un paso que aún no habían dado. Ninguno de los dos lo consideraba una decisión moral. Simplemente adoraban su estilo de vida y no deseaban ponerlo en peligro con la posibilidad de ir a prisión.
– He hablado con Alvin -dijo Calvin. Alvin trabajaba en la gerencia de seguridad de un local que ellos frecuentaban. Tenía un historial personal que lo relacionaba con el inframundo de la ciudad al norte.
– ¿Y qué ha dicho?
– Que estos chicos preferirían una inyección letal antes que traicionarnos. Esa promesa y la forma en que la cumplen, así es como cultivan el negocio.
– ¿Eso es lo que quieres hacer?
– No me lo cargues todo a mí -protestó Calvin-. Necesito que tú también estés de acuerdo en esto.
Markos indicó con un gesto de cabeza el Razor que descansaba sobre la mesa.
– Haz la llamada.
Calvin abrió la tapa de su móvil.
– ¿Cuánto tiempo vamos a seguir aquí sentados? -preguntó Cody Kruger.
– No mucho, espero -respondió Charles Baker.
– ¿Sabes con seguridad que ésta es su casa?
– La página buscapersonas me indicó esta dirección. En esta zona había tres Alexander Pappas, pero sólo uno de la edad apropiada. Y esto está cerca de donde se crio. Tiene que ser él.
– Vale, pero ¿por qué piensas que va a salir?
– Porque soy muy listo -respondió Baker-. Mañana es el día que recogen basuras en Montgomery County. ¿Ves todas esas latas y cubos de reciclaje que hay en la acera?
Kruger contestó:
– Aja.
– Pues el señor Alexander Pappas todavía no ha sacado el suyo. Pero lo sacará. Todos estos urbanitas del extrarradio lo hacen la noche anterior para no tener que molestarse por la mañana.
Llevaban aproximadamente una hora en la calle. Dado que no había nadie caminando por aquel vecindario, limpio y de clase media, y que muchas de las casas ya estaban a oscuras, parecía muy tarde. Había llovido, y a consecuencia de ello las farolas presentaban un halo de neblina irisada.
– ¿Por qué, simplemente, no vas y llamas a la puerta?
– Porque podría caerme una acusación de allanamiento -contestó Baker en tono paciente-. Quiero que salga a la calle, que es una propiedad pública.
Por detrás de ellos pasó un coche cuyos faros barrieron el interior del Honda. Baker y Kruger observaron cómo pasaba junto a ellos, luego aminoraba la marcha y por fin se detenía delante de la residencia de Pappas. Era un Acura coupé de color azul claro, bien cuidado, un coche de mujer, pensó Baker, hasta que vio que del asiento del conductor se apeaba un muchacho elegantemente vestido.
– Quédate aquí-ordenó Baker. Había captado la situación de golpe y decidió moverse deprisa porque era lo que debía hacer un hombre con decisión. Aquél tenía que ser el hijo del tipo en cuestión, y era buena cosa. Entregando un mensaje al chico, se enviaría un mensaje bien claro al padre. «Haz lo que te digo, porque puedo acceder a tu familia. Puedo acceder y accederé.»
Baker recorrió unos metros de calle mientras el joven, que debía de tener treinta y tantos, cerraba el coche con uno de aquellos artilugios que tenía en la mano. Vio a Baker, que venía hacia él, y procuró no parecer asustado, en vez de eso miró a Baker a los ojos y lo saludó con la cabeza, pero no se detuvo y rodeó el coche con la intención de llegar a la acera y meterse en casa.
– Espera un minuto, amigo -dijo Baker bloqueándole el paso, teniendo cuidado de no tocarlo ni acercarse demasiado.
– ¿Sí? -dijo John Pappas en tono amistoso pero cauto.
– ¿Éste es el domicilio de la familia Pappas?
– Sí. Yo vivo aquí. ¿Qué puedo hacer por usted?
¿Qué puedo hacer por usted? Baker estuvo a punto de soltar una carcajada. Ahora el muchacho adoptaba un tono de lo más firme, como si fuera a defender el castillo y esas gilipolleces. Intentando ser lo que no era. Baker lo estudió: limpio y acicalado con ropa buena, camisa negra con los faldones por fuera, tal como les gustaba a todos aquellos jóvenes tan estilosos. Al mirar a John Pappas, en su mente vio la palabra, brillando igual que un letrero luminoso a la puerta de un bar que se llamara Presa.
– Sólo quisiera robarte un minuto de tu tiempo -dijo Baker-. ¿De acuerdo?
Alex Pappas estaba acostado en la cama al lado de su mujer ya dormida, esperando que volviera a casa Johnny, cuando de pronto oyó detenerse el motor del Acura. A continuación oyó las portezuelas de dos coches que se cerraban, la una detrás de la otra. Y poco después de eso, voces. Se levantó de la cama. Johnny nunca traía a nadie a casa a aquellas horas de la noche, ni amigos ni chicas. En aquel sentido era respetuoso.
Por la ventana del dormitorio que daba a la fachada de la casa, vio a Johnny de pie en la calle, al lado de un hombre negro y mayor que él. Estaban hablando. El negro sonreía, pero Johnny no. Dos casas más adelante había un Honda viejo con el motor al ralentí, echando humo por el tubo de escape. Parecía haber un joven blanco sentado al volante.
Alex se puso rápidamente unos vaqueros y unas zapatillas New Balance. Como no tenía en casa pistolas ni armas de ninguna clase, agarró la linterna, pesada y de mango alargado, que tenía junto a la cama, sin hacer caso de Vicki, que se había despertado y le preguntaba:
– ¿Qué pasa? Alex, ¿qué es lo que pasa?
Pasó junto a la habitación de Gus y corrió escaleras abajo.
– ¿Y dice que es amigo suyo?
– Bueno, no estoy diciendo que seamos amigos, exactamente -respondió Baker-. Conocidos, más bien.
– Disculpe -dijo John-. La verdad es que tengo que entrar.
Intentó rodear a Baker, pero éste volvió a colocarse delante de él.
– No he terminado -dijo Baker. Se llevó el dedo índice al rabillo del ojo y tiró hacia abajo hasta que el párpado descendió de manera pronunciada-. El que le hizo eso a tu papá fui yo. Como lo oyes. Yo.