Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
Mientras cruzaba Wheaton, en dirección a la residencia de ancianos en la que se encontraba Elaine Patterson, pensó en su hijo John y en el dolor que venía sufriendo desde la muerte de Gus. En lo egocéntrico y egoísta que había sido él. Le dolía que Johnny supiera que Gus había sido su hijo preferido. Él no lo había negado, y aquello era algo con lo que John iba a cargar en adelante, tal vez durante el resto de su vida. Ya llegaría un momento en que pudieran hablar sin trabas de su relación; pero de momento, entregarle las riendas del negocio, cosa que constituía un gesto y una afirmación, ya era algo con lo que empezar.
«Pero ya estamos mejor. Y así vamos a continuar.»
No era del todo mentira. Era cierto que él estaba mejor de lo que había estado. Había terminado aceptando su tristeza. Se había resignado a la idea de que jamás iba a curarse de la muerte de Gus, de que lloraría por él hasta que él mismo muriese.
Pero tenía a Vicki y a John. Las heridas que había sufrido a los diecisiete años estaban comenzando a sanar. Por delante tenía un nuevo reto. Había sitio para el dolor, y también para las cosas buenas.
Capítulo 25
Lady, la perrita de color castaño que vivía en la sala de Terapia Ocupacional del centro Walter Reed, cruzó al trote el suelo enmoquetado para acercarse al sargento Joseph Anderson, que la había llamado chasqueando los dedos de la mano derecha. La perrita le olisqueó la mano, se la lamió, y permitió que Anderson la rascara detrás de las orejas. Cerró los ojos como si estuviera disfrutando de un sueño placentero.
– Cuando la rasco aquí, se vuelve loca -dijo Anderson.
– Y eso que ni siquiera tiene que servirte de guía -comentó Raymond Monroe.
El sargento Anderson tenía el antebrazo izquierdo apoyado en una tabla acolchada. Raymond Monroe tomó asiento a su lado y se puso a masajearle los músculos. Aquel brazo terminaba en una prótesis en forma de mano decorada con un tatuaje de continuación, la palabra «Zoso», que abarcaba carne y prótesis.
– No me gusta que una mujer me diga dónde poner la mano -dijo Anderson-. Me gusta buscar el sitio yo mismo.
– Te van los retos, ¿eh?
– Cuando se ponen a gemir es como decir, sí, he logrado algo especial. Como decía el carteclass="underline" misión cumplida. Monroe no dijo nada.
– ¿Usted cree que me irá bien, Papi?
– ¿A qué te refieres?
– A las mujeres. ¿Voy a poder hacerlo cuando salga de aquí?
Monroe miró al joven a los ojos. Deliberadamente, no miró las cicatrices enrojecidas y abultadas que se entrecruzaban por todo el lado izquierdo de la cara.
– Te irá de maravilla -respondió.
Lady se apartó y se fue al otro lado de la estancia para acudir junto a un soldado que la había llamado por el nombre.
– Ya no soy precisamente lo que se dice un tipo guapo, ¿verdad?
– Yo tampoco soy Denzel Washington.
– No, pero seguro que de joven era usted un tío bueno. Fardaba de lo lindo al sol, ¿a que sí?
– Pues sí. Y eso mismo harás tú. Vas a tener que quitarte de encima a las mujeres, chaval. Con esa personalidad que tienes. ¿Cómo la llaman? Contagiosa. Te irá estupendamente.
– Ya veremos -repuso Anderson-. De todas formas, últimamente tengo la sensación de que, no sé, de que ya se me han pasado los buenos tiempos. ¿A usted le ocurre alguna vez?
– Claro -dijo Monroe-. Pero eso forma parte del hecho de ser de mediana edad. Tú acabas de empezar.
– Pues a mí no me lo parece, señor.
– A lo mejor deberías hablar de todo esto con la loquera.
– Es más fácil hablar con usted.
Monroe frotó los pulgares de Anderson profundizando hasta el braquiorradial, el músculo principal del antebrazo.
– Es curioso -dijo Anderson-. La gente cree que allá estábamos viviendo un auténtico infierno. Y desde luego, era muy duro. Pero en medio de la confusión de la guerra y del caos general que nos rodeaba, también había… en fin, yo me sentía en paz conmigo mismo. Se hace raro decirlo, pero es cierto. Todas las mañanas me levantaba sabiendo exactamente en qué consistía mi trabajo. No cabía ni la duda ni la posibilidad de elegir. Mi misión no era liberar al pueblo iraquí ni llevar la democracia a Oriente Próximo, sino proteger a mis hermanos. Y eso era lo que hacía, y jamás me he sentido más feliz. No se ría de mí, pero el año que pasé en Iraq fue el mejor de toda mi vida.
– No me río -repuso Monroe-. Dicen que los hombres necesitan tener una meta. Tú tenías tu misión, y por eso te sentías bien.
– Eso es lo que me tiene deprimido, Papi. Debería estar allí, con mis hombres. Porque no he terminado. Ahora, cuando me despierto por la mañana, tengo la sensación de que me falta un motivo para levantarme de la cama.
– ¿Quieres hacer algo? Pues sal y cuéntale tu historia a la gente. Cuenta lo que hiciste. En estos momentos, los habitantes de este país están tan divididos que necesitan muchachos buenos como tú que les digan que formamos una sola comunidad. Que tenemos que reconstruir.
– No me coloque en un pedestal. No me siento orgulloso de todas las cosas que he hecho.
– Yo tampoco. -Monroe dejó de trabajar el brazo de Anderson-. Mira, sargento. A medida que vayas cumpliendo años irás dándote cuenta de una cosa. Con suerte, la comprenderás más deprisa que yo. Que la vida es larga. La persona que eres ahora, las cosas que has hecho, esa sensación que tienes de que el mundo ya jamás será tan bueno como antes; nada de eso tendrá importancia cuando vayas haciéndote mayor. La tendrá sólo si tú lo permites. Yo no soy la persona que era de joven. Precisamente hoy he tenido un incidente que… digamos que he tenido que caminar muchos kilómetros para darme cuenta de lo mucho que he cambiado. Lo que uno haya hecho anteriormente ya no importa. Lo que importa ahora es de qué manera uno va a realizar el cambio radical. No te va a pasar nada.
– ¿Todo eso lo ha sacado de una tarjeta de felicitación, Papi?"
– Que te den, tío. -Monroe se sonrojó-. Ya te digo que hables con un profesional.
– Debería haberme dado cuenta de que un fan de los Redskins tenía que ser un optimista. Yo no veo en su futuro ninguna Super Bowl, estando al mando el entrenador Gibbs. ¿Cuántos años tiene, noventa?
– ¿Te parece viejo? Pues si el entrenador de los Cowboys llevara los pantalones más arriba, se asfixiaría él solo.
– Ya nos veremos este otoño.
– Dos veces -dijo Monroe.
Volvió a aplicarse a la tarea. Le dio la vuelta al brazo de Anderson y comenzó a trabajar los flexores del cubito y del radio.
– Sabes, me parece a mí que tienes una depresión de verdad -dijo Monroe-. Deberías hablar con la loquera del centro.
– No es tan divertida como usted -gruñó Anderson-. Eso da gustirrinín, doc.
– No soy médico.
– Pues lo parece.
– Gracias.
Alex Pappas llegó a la residencia situada en Layhill Road y halló a la señorita Elaine Patterson en el comedor colectivo, ubicado no muy lejos del mostrador de recepción en el que se había registrado. Un celador le señaló una anciana de cabello blanco y ralo y gafas que estaba sentada en una silla de ruedas ante una mesa redonda en compañía de otras mujeres de su edad. Llevaba puesto un babero y le estaban dando de comer con una cuchara. Alex se sentó, se presentó, y como reacción recibió únicamente contacto visual. Al salir de la ciudad había comprado unos claveles en una tienda de comestibles, y le dijo a la anciana que eran para ella, pero los conservó de momento sobre las rodillas.
Una vez expresadas las cortesías debidas, no intentó trabar conversación con ella. No deseaba hablar del incidente delante de la mujer que le estaba dando la comida, una africana, a juzgar por su acento. Quería que disfrutase de lo que estaba comiendo, por poco apetecible que pareciera a la vista. Además, en aquel comedor había mucho ruido: conversaciones repetidas, órdenes y peticiones trasmitidas a gritos a los empleados y la voz de una mujer que estaba lanzando tacos igual que un rapero sin que nadie le hiciera caso. En una sala contigua al comedor había una mujer tocando el piano y cantando One Love, One Heart en tono desafinado.