Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– Si estuviera hablando con usted, ya se enteraría -replicó Monroe.
– Voy a llamar a la policía.
– Nada de eso. -El corpulento bajó la vista al periódico. Monroe centró la atención en el napias-. ¿Qué habitación es la suya?
El otro señaló con la cabeza el piso de arriba.
– La primera puerta a la derecha del baño.
Monroe empezó a subir la escalera. La furia que llevaba dentro aumentó de intensidad cuando llegó al rellano y se dirigió a la puerta cerrada para propinarle una patada en la jamba. La puerta se abrió de golpe, y él impidió que volviera a cerrarse y entró. Charles Baker, en calzoncillos, estaba retirando las sábanas y sacando los pies de la cama. Monroe extrajo el destornillador en un solo movimiento, le quitó el corcho de la punta y se arrojó sobre la cama. Golpeó a Baker con un fuerte izquierdazo en la mandíbula que volvió a tumbarlo en el colchón. Acto seguido se sentó sobre él a horcajadas y le apoyó el antebrazo en el pecho para inmovilizarlo, a la vez que le ponía la afilada punta del destornillador en lo alto del cuello. Apretó hasta que el metal perforó la piel y Baker dejó escapar un gemido. Un hilo de sangre le resbaló por la manzana de Adán.
– Cállate -le dijo Monroe en voz baja-. No hables. O te meto este pincho recto hasta el cerebro.
Los ojos color avellana de Baker se quedaron inmóviles.
– No te acerques a Pappas ni a su familia. No te acerques a mi hermano jamás en tu vida. O te mato. ¿Me has entendido?
Baker no reaccionó. Monroe empujó un poco más el arma y vio que la punta se hundía un poco más en la pie! de Baker. Ya le corría la sangre cuello abajo. Baker emitió un leve sonido agudo acusando el dolor, pero sus ojos permanecieron fijos. Fue Monroe el que parpadeó.
Sintió una náusea y un súbito escalofrío. La furia desapareció. Retiró el destornillador del cuello de Baker, se quitó de encima de él y se apartó de la cama.
Baker se limpió la sangre. Se incorporó a medias, con la espalda contra la pared, y se frotó la mandíbula en el punto en que Monroe le había propinado el puñetazo. Miró a Monroe y sonrió.
– No puedes -dijo Baker-. Hubo una época en que podías, pero hoy ya no.
– Exacto -respondió Monroe-. No es mi forma de ser, y yo no soy como tú.
– James y Raymond Monroe -dijo Baker con desprecio-. Los chicos buenos del barrio. Hijos de Ernest y Almeda. Vivían en esa casita tan limpia que todos los años recibía una mano de pintura. Todo tan limpio y tan bonito. Lo único que le faltaba era la tarta de manzana enfriándose en la ventana y los pajaritos revoloteando alrededor de ella. Erais los afortunados.
– Cuando eras joven te hicieron daño -dijo Monroe-, pero eso ya no te sirve de excusa.
– Yo merezco cosas.
– Déjanos en paz, Charles.
– Lo pensaré -repuso Baker.
Monroe volvió a guardarse el destornillador en la cazadora, salió de la habitación y bajó las escaleras. Los hombres que estaban en el cuarto de estar no lo miraron cuando abandonó la casa.
En su habitación, Baker se apretó el cuello con los dedos y salió al rellano de la escalera.
– Trombón -dijo en dirección al cuarto de estar-. Te necesito aquí arriba, tío. Y tráete también ese botiquín que tienes.
Trombón, la madre de aquella casa, cortó la hemorragia de la herida lo mejor que pudo, limpió ésta y aplicó Neosporin y después Mastisol, un adhesivo líquido. A continuación puso encima una gasa. Casi inmediatamente, ésta se tiñó de sangre.
– Será mejor que te lo vea alguien -dijo Trombón.
– Sí, está bien.
Baker se puso un pantalón negro y una camiseta color lavanda y se calzó unas botas de cuero que parecían caimanes. Encima se puso su chaqueta morada de pespunte blanco en las solapas. No estaba conmocionado; se sentía casi jovial mientras se preparaba para salir de casa. La visita de Ray Monroe no había hecho más que confirmarle lo que ya sabía. Era como uno de esos animales fuertes que se pasean orgullosos a la vista de todo el mundo, un cazador que no tenía necesidad de disimular sus intenciones. Porque, ¿quién iba a detenerlo? Nadie, al parecer, tenía voluntad de hacerlo.
Charles Baker enfiló Delafield este a pie. Tomaría el 70 en Georgia Avenue para ir al apartamento de Cody. El chico estaba fuera, entregando sus pedidos de mercancía, pero regresaría. Y entonces él redactaría otra carta, esta vez dirigida a Pappas, sin ninguna de las cortesías que incluyó en la carta que le escribió a Whitten. Cody podía ayudarlo con la ortografía y la gramática. No era tan listo como James Monroe, pero tendría que servir.
Iba canturreando por la calle, caminando con seguridad en sí mismo, con las nudosas muñecas sobresaliendo de las mangas un poco cortas de la chaqueta y las manos colgando.
Capítulo 24
Alex Pappas, con la cabeza inclinada, contaba billetes de un dólar bajo el mostrador sin ningún objetivo real, más bien porque le gustaba el tacto del papel moneda al moverse entre los dedos. Mientras trabajaba iba dando la vuelta a los billetes para que la cabeza de George Washington quedase siempre en la misma posición. Para su padre esta costumbre era un fetiche inútil, y para él se había convertido en lo mismo.
Por el poco ruido que había en el local se dio cuenta de que ya había finalizado la hora punta del almuerzo. Lo supo también por el sol, que justo empezaba a penetrar por la cristalera. No le fue necesario mirar el reloj de Coca-Cola para saber qué hora era.
Después de los billetes de uno se puso a contar los de cinco, los de diez y los de veinte, y luego volvió a colocarlos en sus respectivos cajetines. Tomó nota del solitario billete de cincuenta que había deslizado por debajo de la caja registradora. Haciendo un recuento del porcentaje medio del dinero en efectivo en relación con las ventas con tarjeta de débito, era capaz de calcular la facturación del día. Había pasado su vida de adulto trabajando con aquella caja, y se había vuelto un experto en matemáticas al por menor.
Cerró la caja y se alejó por detrás del mostrador, pisando las esteras. Se despidió de Juana y de Blanca, que estaban riéndose de algo que alguna de ellas había dicho en español, y se acercó a John y a Darlene, que estaban hablando del menú de la semana siguiente. Por lo visto, todos estaban de muy buen humor. Era viernes.
– Coge la cazadora -le dijo Alex a John-. Vamos cinco minutos afuera. -Y a continuación le preguntó a Darlene-: ¿Dónde está Tito?
– Ese machote ha salido a entregar un pedido.
– Ya he visto el recibo. Era para la Veintidós y L, así que ya debería haber vuelto. Dale un toque al móvil y dile que deje de socializar. Que se amontonan los platos y los cubiertos.
– Entendido -contestó Darlene-. Te vemos el lunes, ¿no?
– Pienso abrir -replicó Alex-. Como todos los días.
Alex y John cogieron las cazadoras que tenían colgadas en un perchero situado junto al lavavajillas, atravesaron el mostrador y salieron por la puerta principal. Una vez fuera, John siguió a su padre hasta el parapeto decorativamente flanqueado por sendos arbustos. Alex se sentó en el parapeto y se quedó mirando los minúsculos fragmentos de cuarzo incrustados en el hormigón.
– Cuando era pequeño, me pasaba el día entero saltando este muro -comentó Alex.
– Y nosotros también -dijo John-. Gus y yo. Mientras tú trabajabas dentro, nosotros jugábamos fuera.
Alex se los imaginó a los dos, John con unos once años y Gus alrededor de seis, John de pie en el lado ancho del parapeto, preparado para sostener a su hermano pequeño en el caso de que éste se trabara el talón de la zapatilla en el hormigón y resbalara.
– Ya me acuerdo -dijo Alex, frotándose el hombro de manera inconsciente.
– Papá, ¿te encuentras bien?
– Estoy bien.
– Ha sido la carrera que te echaste anoche -rio John-, sin camisa.