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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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– Estaba bien atractivo, ¿a que sí?

– En serio, papá. El abuelo murió del corazón. Tienes que cuidarte.

– Aah. -Alex hizo un gesto con la mano para quitarle importancia-. Mi padre fumaba y llevaba una alimentación inadecuada. Yo me mantengo en forma.

– Ya lo sé.

– Pero no voy a durar para siempre. Tenemos que hablar. Del futuro, quiero decir. Quiero dejarlo todo en orden contigo, por si acaso la palmo.

– Papá, no seas tan griego.

– Sólo digo que quiero que sepas cuáles son mis intenciones.

– De acuerdo.

– ¿Ves esa cristalera?

– Sí.

– Si se cuentan los primeros tiempos, cuando empecé a trabajar para mi padre, llevo cuarenta años mirando esta calle a través de ese cristal. Es como si siempre hubiera estado viendo la misma película, una y otra vez. Ya es hora de mirar alguna otra cosa.

– ¿Vas a vender el negocio?

– No. Pero vamos a probar algo nuevo, a partir de la semana que viene. Trabajar los dos juntos no nos va a traer nada bueno. Tú no vas a aprender gran cosa estando yo presente, y teniendo en cuenta lo deprisa que te estás poniendo al corriente de todo, yo me estoy volviendo más inútil que las tetas de una mula.

– No te entiendo.

– Las mulas son estériles. No pueden tener mulitas, de modo que las tetas no les sirven para nada. No va a haber descendientes que mamen de ellas.

– Lo que te pregunto es qué es lo que estás intentando decirme.

– Por qué no hacemos una cosa: a partir del lunes, yo abro la cafetería como siempre. Me gusta esa hora del día, y tú eres un joven que aún necesita tener vida social. Me acuerdo de cuando yo era joven y trabajaba aquí, y tenía que levantarme a las cinco de la mañana. Ello dejaba huella en mi vida amorosa, porque no podía salir por la noche. -Alex se señaló el ojo malo con gesto natural-. Y además tenía esto.

– Pero ninguna de esas cosas te impidió conquistar a mamá.

– Eso fue uno de esos casos en los que funciona la química. -Alex sonrió de manera lasciva-. La primera vez que entró en el magazi, ya no pudo quitarme los ojos de encima.

– Deja de fanfarronear.

– Bueno, pues como digo, abriré, y tú puedes pensar en aparecer a eso de las ocho, para preparar los desayunos. Yo me quedo hasta la primera hora del almuerzo y me voy a la una. Poco a poco, mi horario irá reduciéndose y el tuyo irá ampliándose. Iremos viéndolo sobre la marcha, pero no creo que tardes mucho en ser capaz de dirigir todo el tinglado tú solo.

– Papá, yo… -John se miró los pies.

– Por una vez, te he dejado sin habla.

– No puedo decir que no quiera eso. Sí que lo quiero. Pero no esperaba que me entregaras las riendas. Nunca he pensado que tuviera derecho.

– Lo vas a hacer muy bien. No tengo la menor duda. Pero tienes que comprender la magnitud de dicho compromiso. No somos propietarios del local. El capital que tenemos es el negocio en sí. Todos los días hay que empezar desde cero. Todos los días hay que hacer girar esa llave. Los empleados se ponen enfermos, pero tú no puedes. Ellos toman vacaciones, pero tú no puedes. Si echas el cierre a la puerta y te vas de vacaciones…

– Los clientes se buscarán otro sitio.

– Ríete si quieres.

– No me estoy riendo.

– Te estoy diciendo que te esperan muchos retos. Ya sabes lo que está ocurriendo con las grandes cadenas comerciales. Tú mismo dijiste que no puedes competir con ellas. La gran incógnita es el casero nuevo y la administradora de la propiedad. Están intentando subir la renta. Deja que sea el señor Mallios el que negocie con esos malakas. Los pondrá de rodillas.

John volvió la cabeza. Por la calle N venía Tito, charlando con una mujer que tendría cinco o diez años más que él. Era una profesional vestida de traje y al parecer estaba disfrutando de la compañía del muchacho.

– A ese chico lo vuelven loco las mujeres -comentó Alex intentando mostrarse desengañado, pero transmitiendo admiración.

Tito se despidió de la mujer, se separó de ella y se dirigió hacia la cafetería.

– Vienes tarde -le dijo Alex cuando lo tuvo cerca.

– Es que he estado…

– Tengo ojos. Tienes platos esperándote. Venga, Tito, mueve el culo. Súbete al caballo.

Tito asintió y se apresuró a entrar por la puerta principal del local.

– Es un buen trabajador -dijo John.

– Lo son todos -repuso Alex-. La mejor plantilla que he tenido nunca. Esto no funciona gracias a ti, ni a mí, sino gracias a los empleados. Has de cuidar de ellos, John. De vez en cuando vendrá una semana floja, facturas que tarden en pagarse. Habrá ocasiones en las que a lo mejor no puedas cobrar tú. Pero, aunque tenga que salir de tu propio bolsillo, siempre tienes que cuidar de los empleados. Cerciórate de que el día de paga no les falte un céntimo. Préstales dinero cuando lo necesiten. En Navidad, mete un poco de dinero de más en los sobres, para que sus hijos y sus nietos puedan tener regalos.

– Sí, señor.

– Voy a conceder a Darlene un aumento de sueldo.

– Desde luego. Se lo merece.

– Y una cosa más: espero de ti que sigas ayudando a los de Walter Reed. La persona de contacto es Peggy, en la casa Fischer.

– Le llevaré postres estupendos al salir de trabajar. Se los llevaré todos los días, si tú consideras que así debe ser.

– A los soldados les gusta lo dulce. Tarta de melocotón, de queso con cerezas, cosas así. No te compliques con cosas raras.

– Entendido. -John miró a Alex con gesto tímido-. Papá.

– Sí.

– Si dejas el negocio en mis manos, te pediría que, en fin, que lo modernices un poco. Que modifiques un poco la decoración.

– Ya me esperaba eso.

– ¿No te importa?

– Hay dos cosas que te pido que no cambies -dijo Alex-: Una son las lámparas del mostrador. Ya sé que no te gustan, pero las colgamos tu abuelo y yo juntos, hace muchos veranos. Esas lámparas significan mucho para mí.

– Conforme.

– Y el letrero. El letrero se queda.

– No pensaba tocarlo, papá. Estoy orgulloso de él.

– Yo también.

John Pappas tenía los ojos brillantes de emoción. Alex se levantó del parapeto y se plantó delante de su hijo.

– ¿Qué ocurre? -le preguntó.

– Que voy a irme a vivir por mi cuenta -respondió John-. A un apartamento. Pienso que ya es hora.

– Si te apetece.

– Tengo veinticinco años. No mola nada que tú todavía me esperes despierto por las noches. Veo que apagas la luz de tu habitación cuando aparco delante de casa.

– No puedo evitarlo, Johnny. Pero mira, si quieres irte de casa, mi idea es que has de hacerlo.

– Llevo una temporada pensándolo. Si no me he ido antes ha sido porque creía que era mejor que viviera con mamá y contigo. Que tú querías tenerme en casa, después de que muriese Gus.

– Lo sé.

– Estabas hecho polvo. Porque Gus era… en fin, sé que Gus era la persona más importante de tu vida.

– John, no digas eso.

– No pasa nada por que lo reconozcamos todos. Gus era especial. No pasa nada por decirlo.

– John…

– Así que pensé que era importante que yo siguiera viviendo con vosotros. La verdad es que también os necesitaba, porque por dentro me sentía muy mal. Yo también quería a Gus, papá. Gus era mi hermano pequeño.

– Ya lo sé. Pero ya estamos mejor. Y así vamos a continuar.

John dio un paso hacia su padre.

Alex lo atrajo a sus brazos y lo estrechó con fuerza. Ambos permanecieron unos instantes abrazados bajo el letrero del local.

Alex regresó en coche a Maryland. Una vez más hizo un alto frente al edificio que tenía en propiedad para estudiar ciertas cuestiones de espacio y de viabilidad que lo llevaban preocupando desde por la mañana. Cuando terminó de medir y calcular el interior, quedó satisfecho al ver que su instinto no andaba equivocado.

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